@MendozayDiaz

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martes, 20 de agosto de 2019

Vivir al revés.


Sin perder una mirada esperanzada sobre la realidad actual, es innegable que algunas leyes que se han ido promulgando en los últimos decenios en la mayoría de los países del mundo occidental atentan contra la dignidad de la persona humana, la institución del matrimonio y de la familia, la libertad religiosa y de educación. Ámbitos conquistados por una indiferencia vital, que desconoce el bien y el mal, la verdad y el error. Se niega hasta la existencia de la misma naturaleza humana. Vivimos inmersos en una “dictadura del relativismo”. La gran influencia del pensamiento cartesiano en la mentalidad moderna ha llevado a que el propio pensamiento se convirtiera, para muchos, en la única ley para todos los órdenes; cerrándose de este modo a la verdad, a lo objetivo y real: si hay algo que no-ven-con-su-cabeza: no será.

Personas que anhelan manifestar en conciencia y de forma pacífica lo que creen y son impedidas en nombre de la “no discriminación”: se puede hacer gala de ateísmo, pero no se pueden mostrar públicamente símbolos religiosos; se puede afirmar que cada uno decide su propia identidad sexual, pero no que uno es varón o mujer por naturaleza. La “no discriminación” acaba discriminando a una inmensa mayoría de personas, que no se atreven a expresar lo que en conciencia consideran justo, porque tienen miedo de ser juzgados, multados, e incluso encarcelados. Todo esto sucede no solo en los regímenes totalitarios sino en las supuestas naciones “libres” del mundo occidental. Libertad sí, pero no para todos.

El principio de que el deber ser viene definido, exclusivamente, por el voto de la mitad más uno me parece uno de los más insignes absurdos del pensamiento político dominante. Los números, torturados adecuadamente, te dirán cualquier cosa que desees: la democracia como absolutismo del número. Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de veneno: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y, al cabo de un tiempo, se produce el efecto tóxico. El individualismo es un falso humanismo. El hombre no vive en sociedad por medio de un “contrato”, sino por una exigencia primaria de su modo de ser. La libertad no consiste en hacer cuanto a cada uno le apetezca, pues la libertad, en tal caso, se identificaría con la ley del más fuerte, que impondría sus antojos a los más débiles. Se trata simplemente de una actitud ante la historia y ante el problema de la condición humana. Entiendo la historia como una aventura de la que somos protagonistas, no sólo los hombres de hoy, sino la totalidad de los que han vivido.

Necesidad de acabar con lo que se denomina “impunidad verbal”. Esta idea me parece esencial y es importante no interpretarla, únicamente, en clave punitiva. La impunidad verbal exige responsabilizarse y responsabilizar a cada cual de aquello que afirma. La intransigencia, el silencio, la coacción y el rencor están reñidos con el liberalismo fundamental. No juzgar a las conciencias, sino a las ideas; no a la intimidad, sino a la conducta intencionadamente pública; no a las vidas, sino a las obras. Una vez más: el liberalismo no es una mera ideología, sino el ambiente indispensable para que todas ellas respiren. 

La fuerza transformadora de la memoria que evite en el futuro la legitimación de violencias pasadas y de las ideologías que las han sustentado. El principio democrático, el principio de legalidad y los derechos humanos sólo alcanzan su pleno significado si se piensan de forma conjunta: no hay democracia sin disfrute de los derechos humanos, pero tampoco puede haber tal disfrute sin un respeto escrupuloso a la ley democrática, en tanto expresión de la voluntad popular. Si la civilización quiere sobrevivir, tiene que optar por el respeto, garantía de un mundo mejor.

jueves, 15 de agosto de 2019

Aprender a convivir.



“Éxito” y “fracaso” dos palabras que pueden entenderse de un modo defectuoso si se observan desde una actitud superficial. De hecho, muchas veces, ante una cuestión cualquiera que se nos proponga, nuestra pregunta no es si aquello que se nos propone es una meta nueva para nosotros, o si es verdadera, o si la meta es bella, o el camino es noble, si tiene relación con una futura plenitud en nuestra vida, sino que nos preguntamos: ¿eso-es-difícil? Porque parece que, de antemano, renunciamos a enfrentarnos con la dificultad. Por eso sería interesante que cada uno viese desde qué ánimo se relaciona con la dificultad. Si la dificultad le agobia, si le entristece o si le irrita. El ganador de cualquier carrera deportiva por lo general es una persona que se ha esforzado mucho. Se ha vencido una y otra vez; especialmente si desea mantenerse como un ganador. Ha hecho sacrificios y se ha evaluado de manera honrada y muchas veces dolorosa. El realizar una cosa por-amor-a-la-misma es considerado hoy día, en muchísimos casos, como una tontería.

Sería interesante que cada uno fuese viendo qué impresión le produce que se diga de una cosa que es difícil; si es una impresión desagradable, de agobio, de preocupación, de cansancio inicial… Porque, al estar viviendo tiempos de escasa esperanza, no tendría nada de particular que tuviésemos un cansancio tan íntimo que las cosas difíciles fuesen, sin más, realidades a las que renunciamos, como si hubiésemos adquirido el hábito de abandonar las metas arduas. En algunos ámbitos de la sociedad en la que nos movemos, parece como si no hubiera espacio para las equivocaciones, y si uno comete un error termina siendo devorado cruelmente por un sistema inhumano basado en la competición. También hay personas que no se perdonan a sí mismas no haber alcanzado las metas que se proponían, y se culpabilizan provocando a veces disturbios psicológicos graves. A principios del siglo XIX, Federico Mohs estableció la famosa escala de durezas. A medida que se avanza por ella, desde el talco hasta el diamante, los cuerpos se van ennobleciendo, porque la dureza es una propiedad positiva de la materia.

Tenemos que ir advirtiendo que la palabra “difícil” no tiene por qué ser una palabra que nos excluya. Tenemos que situarnos ante la verdad de las cosas con una mirada un poco nueva.  Una vida con aprensiones de derrota puede ser convertida en una vida con proyectos de nuevas victorias. Una vida de cansancio puede ser reanimada con un nuevo vigor. La clave: que la gente quiera: seres “motivados”. Estar motivado facilita el camino hacia la felicidad.  Lo grande y lo pequeño. La vulgaridad consiste quizá en apartarnos de estas dos cosas, quedarnos ciegos para la grandeza y ciegos para las cosas maravillosamente pequeñas del vivir cotidiano. Nuestra-sociedad-cansada necesita que muchos transmitan esa alegría de vivir. Una apasionada defensa de la libertad. El respeto a la libertad de los demás no es nunca indiferencia, sino consecuencia del amor que sabe valorar a cada hombre en su concreta realidad. Sin libertad no podemos amar. Amor a la libertad, libertad para amar.

Un amigo es alguien a quien conoces bien y a quien, a pesar de eso, sigues queriendo. En esto de juzgar al otro antes de conocerlo, cuanto menos se sabe de él más libertad hay para errar. Miedo como una de las causas del aislamiento del hombre. Es el miedo el que hace que vayamos volando puentes y estableciendo distancias. Ha habido que aprender la tesis del antagonista; más que aprender ha habido que aprehenderla, pero no para asumirla, sino para comprenderla y oponerle razones. Que lo entienda no quiere decir que lo asuma. Hay fanáticos que pueden amargar la convivencia, observando con desprecio a los que no comparten sus puntos de vista, como si no tuvieran el derecho de existir. Aprender a convivir. Las palabras, a veces, matan más que los estoques. Los gestos amables cuestan poco y rinden mucho. Las buenas maneras son manifestaciones externas de respeto hacia la humanidad de los demás. 

lunes, 22 de julio de 2019

Candiles y oscuridades.

Publicado en "Diario de León" el domingo 21 de julio del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/candiles-oscuridades_1350355.html

Algunas veces parece que las escaleras que conducen a nuestro propio hogar son un lugar de increíble transformación: los rostros alegres se ponen serios, las caras animadas se vuelven monótonas. Cuántas veces ocurre que hay personas ocurrentes, simpáticas, amables con los amigos, y que al llegar a casa son unas personas serias, calladas, que no dicen nada. Están dedicando lo mejor de sí mismos a la gente, a la que, por supuesto, también hay que dedicar lo mejor de uno mismo, pero no con descuido de aquella gente, más entrañable, que es nuestra familia. Como dicen en mi querido México: candil de la calle, oscuridad de la casa.

Qué pena que un hombre desligase estas dos cosas: un horizonte cada vez más universal y una actividad cada vez más íntima referida a la familia. Qué pena que quien parece inquieto por los grandes problemas universales esté, al mismo tiempo, descuidando los problemas de ese pequeño espacio, sagrado, que cobija su hogar. En lugar de quejarnos constante e inútilmente sobre nuestra sociedad en general, deberíamos, más bien, preguntarnos qué estamos haciendo nosotros por mejorarla. Casi siempre que hablamos de ética nos referimos a asuntos actuales de carácter político o económico, o a la ética -que suele ser la falta de ética- de los otros. Rara vez a nuestras actividades cotidianas. Puede que en el conjunto humano de las cosas de la vida seamos una pieza de escasa importancia, pero en el conjunto de nuestra propia familia cada uno de nosotros es decisivo, una pieza importante. Uno no puede coger su propia vida y considerarla desligada de toda una serie de maravillosos vínculos que nos ayudan, nos cobijan y que nos sirven también para ejercitar nuestra capacidad de ayuda, de solicitud para con los demás. En nuestro hogar es necesaria nuestra puntualidad, llegar a tiempo, tener tiempo de vernos, tener ganas de escucharnos. ¡Tener tiempo! Llegar en punto a casa, no por una especie de sentido más o menos teórico del deber, sino por cariño, para poder hablar, para poder charlar, para la comprensión; dejar hablar, saber escuchar, tener paciencia. 

Una vida agitada no es más que la parodia de una vida intensa. Dejamos de hacer cosas que impactan en la vida de los demás. A veces no se tiene conciencia: falta formación. El hombre es libre, pero no independiente. La limitación y la dependencia son connaturales al hombre, por el mero hecho de serlo. La preocupación desordenada por uno mismo es la que nos lleva a tender los obstáculos que nos apartan de una convivencia sencilla con los demás. Tiempo, contacto personal, comunicación, paciencia… Desacelerarse. Nuestra auténtica calidad de vida (¿qué es para ti?) depende de que nos esforcemos por vivir serenamente, todos-los-días. Hay quienes centran su vida en el fin de semana, y procuran soportar las fatigas del trabajo con el consuelo de que pronto llegará el merecido descanso. Así, se condenan a una semana de cinco días de sufrimiento y dos días de alegría pasajera, pues inmediatamente se les presenta en el horizonte la monotonía grisácea del lunes siguiente. 

No tengo tiempo, no es fácil… Perdonar es difícil, comprender es difícil, aprender es difícil, vivir con orden es difícil, sin duda; pero todas estas palabras deberían levantar dentro de nosotros la ilusión, porque son metas que nos esperan. La grandeza de ánimo frente a las cosas difíciles. No tenemos que pensar que lo difícil hace al hombre desgraciado, y que, en cambio la felicidad del hombre sea lo cómodo, lo llano, lo que no cuesta esfuerzo. Nuestra propia existencia personal nos indica lo contrario. Nosotros hemos pasado los momentos más dichosos de la vida, por lo menos de un modo general, después de haber vencido metas difíciles. Quien tiene un para qué siempre suele encontrar un cómo. Y no olvidemos que no-actuar-es-otra-forma-de-actuar.

sábado, 20 de julio de 2019

El lápiz de dos colores.

Publicado en "Diario de León" el lunes 15 de julio del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/lapiz-dos-colores_1349054.html

Opinión-de-un-opinante: las relaciones humanas, en muchas ocasiones, no están regidas por la amistad, por la simpatía mutua. Sino que cada vez más parece que uno mira a los demás, o tiene la impresión de que le miran, como a alguien que puede ser utilizado. La utilización del hombre por el hombre, la mercantilización de la mirada con que nos contemplamos unos hombres a otros. La presencia entre nosotros de una cierta utilización del hombre como si fuese una mercancía. Si queremos convivir hace falta que ejercitemos la comprensión y la paciencia de aceptar la realidad. Sin paciencia no se puede amar, sin paciencia no se puede comprender, sin paciencia no se puede respetar, ni aprender, ni enseñar. El prejuicio nos separa a los unos de los otros, creando abismos de división, y también, a la larga, creando una cierta indiferencia o un cierto pesimismo respecto a nuestras posibilidades de convivir. Clasificamos a un hombre con solo nuestro modo de mirarle. Hace-aquello-por-alguna-razón-interesada. Entonces se produce con frecuencia una artificial incompatibilidad. Empalizadas de suspicacias, de complicaciones, de recelos, de sospecha. 

Interesante descubrir cuáles son las fronteras que nos separan a unos de otros. Convivir es un arte. Un arte en el que hay que ejercitar, día a día, la paciencia. Aprender a respetar, a comprender… Aprender a disculpar. Aprender a aceptar a la gente como es. La inclinación a la intolerancia o la inclinación al fanatismo nacen de suponer que se tiene la verdad. Que uno mismo tiene la verdad. Que uno mismo tiene la solución a los problemas y que esa solución es la única solución valida, la solución mejor para todos. Hay personas que consideran que las cosas son necesariamente como ellos las piensan. No admiten matices y hacen dogmas de cuestiones discutibles: “Esto es así, porque lo digo yo”; o “Esto es así, y punto”, afirman. Sus opiniones son “evidentes”, y sonríen con desdén cuando alguien se atreve a llevarles la contraria. Lo opinable se extiende a casi todos los ámbitos de la vida, y la tentación de no respetar la libertad de los demás es, lamentablemente, bastante corriente. Se dan actitudes despóticas en la política, pero no solo ahí. Son muchos   (lamentablemente, cada vez más) quienes instalados en sus caducas opiniones humanas, se encierran en ridículas torres de marfil pensando que son los dueños de verdades incontrovertibles. 

Hace falta que sepamos medir con una medida que sea la medida amplia de una mirada amistosa: entonces conviviremos mejor. Y a lo mejor mañana, al salir a la calle, podemos darnos cuenta de que la vida de los hombres está llena de colorido, de riqueza y de atractivo, ensayando esta actitud íntima del respeto y de la admiración. Tenemos que liberarnos de la costumbre de manejar únicamente el-lápiz-de-sólo-dos-colores. Nuestra sociedad cansada necesita de personas que irradien la alegría de vivir. Todo ciudadano debe contribuir al interés general. A veces, una sonrisa, una palabra amable, un servicio desinteresado puede ser el desencadenante de otras acciones destinadas a favorecer un mundo mejor. La vida de cada uno de nosotros es importante desde el punto de vista de los demás, y conviene no perder el propio fuego, porque puede haber otros que lo necesiten; ese fuego modesto, ese fuego humilde, puede ser necesario. 

Como dice mi amigo Mariano, nos estamos convirtiendo en una civilización de malas maneras y de malas palabras, como si fuese un signo de emancipación. Lo escuchamos decir muchas veces, incluso públicamente. La amabilidad y la capacidad de dar las gracias son vistas como un signo de debilidad, y a veces suscitan incluso desconfianza. Esta tendencia se debe contrarrestar, en primer lugar, desde la familia. Debemos convertirnos en intransigentes en lo referido a la educación, a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan, ambas, por esto. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá.

domingo, 30 de junio de 2019

sábado, 29 de junio de 2019

Huérfanos de padres vivos.

Publicado en "Diario de León" el miércoles 26 de junio del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/huerfanos-padres-vivos_1345192.html

Aprovechar el tiempo es clave. A veces, nuestros sueños, nuestras ilusiones, se quedan sólo en proyectos. Esperamos que se cumplan, pero no nos esforzamos lo suficiente para hacerlos realidad. Como si el simple paso del tiempo nos los fuera a regalar. La vida no funciona así. El tiempo es el recurso más valioso y escaso con el que contamos. Y, en ocasiones, nos comportamos como si ignoráramos esta verdad fundamental. Aprovechar el tiempo es básico. Y se puede aprender, hay experiencia documentada -buenas prácticas- y técnicas probadas. Lograr que nuestros sueños dejen de ser proyectos y se transformen en realidades, pasa por administrar nuestro tiempo con inteligencia y con intensidad. Como dicen los economistas el tiempo es un bien escaso. Quizá el más escaso de todos, y desde luego de los pocos que no se pueden comprar. El tiempo es breve. El manejo efectivo del tiempo es un factor clave para que una persona viva una vida digna de tal nombre. Una óptima gestión del tiempo aumenta la capacidad de hacer más cosas, y mejor. Y, muy importante, disminuye tensiones innecesarias en la vorágine actual. Suele ocurrir que, en el dinamismo de nuestras vidas, tengamos una lista interminable de tareas y no sepamos por dónde empezar. Interesarse por el buen uso del tiempo no es sólo una moda sino una necesidad.

Durante los últimos meses, casi todos los periódicos han publicado en sus suplementos de fin de semana algún artículo o reportaje sobre el aumento de las enfermedades psiquiátricas por exceso de trabajo. Ya no son enfermedades como úlceras, gastritis o cefaleas, sino serios trastornos psicosomáticos como las depresiones. Las causas de este tipo de enfermedades, en muchos casos, se encuentran en la enorme presión social y laboral que se ejerce en los colaboradores de muchas organizaciones. La presión por cumplir los objetivos, por ganar una compensación extraordinaria, la ambición legítima por un ascenso que supondrá un mayor sueldo y reconocimiento social, pretensiones muy legítimas, pueden desequilibrar nuestra vida.

Lo mejor es luchar por mantener un equilibrio entre familia y trabajo. Trabajar en horarios adecuados, intentar llegar a casa a una hora razonable para estar con nuestro cónyuge e hijos, comer con ellos algún día entre semana, aunque suponga para nosotros un esfuerzo por el desplazamiento de ida y vuelta, etc. son algunas buenas prácticas recomendadas por personas con experiencia. Si somos capaces de armonizar un intenso trabajo profesional y una dedicación real a nuestra familia lograremos vivir-una-vida-digna-de-este-nombre y, sin duda, habremos ganado la batalla a depresiones, estrés, afecciones cardiovasculares y otras enfermedades desgraciadamente en aumento.

El tiempo es el recurso más escaso con el que contamos; de tal manera que cómo lo aprovechamos marca la diferencia. Hay quienes piensan que aquellas personas que trabajan muchas horas son los-verdaderos-líderes-de-la-vida... Sin embargo, a veces, resulta chocante observar, por un lado, el éxito de un líder para administrar una empresa y, por otro, su incapacidad para solucionar problemas familiares. En otras palabras, un auténtico líder debiera ejercer con éxito su influencia en todos los ámbitos de su vida; de lo contrario, el desequilibrio en alguno de ellos, irremediablemente, afectará a los otros. Un pensamiento común de la humanidad sobre la familia y la sociedad puede encontrarse ya formulado en la “Antígona” de Sófocles: “Quien es bueno en la familia es también buen ciudadano”. Los mil pequeños asuntos cotidianos son la vida de cada día, es decir, la vida misma, que transcurre habitualmente a través de detalles mínimos que pueden parecer insignificantes, pero que van configurando el carácter, las actitudes y el modo de ser de los hijos. Y el tiempo para educar y compartir con los hijos es un tiempo que sólo cuando ya ha pasado se echa en falta… Hoy-es-siempre-todavía.

sábado, 15 de junio de 2019

domingo, 17 de marzo de 2019

Ser feliz.

Para que puedas ser feliz hay un requisito indispensable: querer serlo. Y, claro, el gran enemigo es darse por vencido. La sabiduría de la antigua cultura oriental nos ha legado el siguiente apólogo. Un hombre rico en tierras, en ganados y en ciencia, al verse próximo a la muerte, llamó a sus tres hijos: “-Hijos, estoy acabando mis días. Decidme cada uno cuál es vuestro mayor deseo, que procuraré satisfacerlo. El hijo mayor contestó: -Padre, yo quiero ser rico. -Te dejo -respondió el anciano- todas mis tierras y todos mis rebaños. Tuyos son. Cuida este patrimonio, auméntalo, y serás el hombre más rico de la tierra. El segundo hijo dijo: -Padre, yo quiero ser sabio. -Te dejo todos mis libros y todas mis sentencias. Estúdialas, profundízalas, y serás el hombre más sabio de la tierra. El hijo menor dijo impetuosamente: -Padre, yo quiero ser feliz. -Hijo mío -gimió el padre-, si quieres ser feliz, no puedo dejarte nada. Tú mismo debes encontrar el camino de tu felicidad”.

Los apólogos de la cultura oriental ofrecen siempre un material inagotable de reflexión. Cada persona tiene un tiempo, el de su vida. La personalidad no se forja aparte y luego se ejercita fuera. No-hay-un-yo-sin-un-tú. Y, por otra parte, el tú no es nunca uno solo. La personalidad, para que pueda enriquecerse, debe afrontar la prueba de los “tús”. Hay muchos “humanismos”. Pero yo desconfío de toda etiqueta humanista que no deje claro, en la teoría y en la práctica, el factor insustituible de la libertad personal y de la responsabilidad. Como dice mi amigo Mariano: con libertad y responsabilidad se empieza bien. El paso siguiente se llama trabajo. Una persona normal debe amar y trabajar. La libertad ha de tener siempre un terreno real de ejercicio, de modo que no sea nunca separada de su inmediata consecuencia, que es la responsabilidad. 

La conciencia del valor de cada persona lleva también a otra consecuencia: a destacar más la exigencia de derechos que el cumplimento de las obligaciones. En teoría, la filosofía jurídica dirá que todo derecho lleva anejo de algún modo la obligación; y es cierto. Pero en la práctica se realiza fácilmente la escisión: la posibilidad de mantenerse vitalmente en la exigencia de derechos, silenciando el cumplimiento de obligaciones. Esta posibilidad se comprende no sólo teniendo en cuenta la tendencia natural al bien propio, sino recordando situaciones pasadas en las que primaban el cumplimiento de obligaciones sin la posibilidad de exigir los derechos teóricamente correspondientes. 

Se trata de una de las posibles deformaciones de la conquista positiva de la dignidad de cada persona. La persona se erige en principio y razón de todo; pero no la persona entendida en profundidad -es decir, abierta, para ser completa, al tú y, por tanto, a todos; con obligaciones-, sino la persona entendida como dotada de una especie de infalibilidad social. Esta “infalibilidad social” se convierte en actitud, al afirmarse que todo lo que me parezca conveniente o exigible es conveniente y exigible hasta el punto de que puede ser arrebatado. Se comprende así, me parece, que puedan coexistir una continua predicación de fraternidad y de solidaridad con un real egoísmo personal. La entrega al tú puede hacerse en muchos niveles: en casi todos. Pero difícilmente se llega al último: el de entrega entera del yo. Otra posible deformación del valor de la dignidad de cada persona: la contestación de cualquier autoridad, por el mero hecho de serlo. Si la persona es todo, no hay nada ni nadie por encima de ella.

La sociedad humana está hecha de una multitud de personas libres, cada una de ellas más importante que el universo entero, y ninguna puede ser tratada como una cosa. La autoridad es servicio; la obediencia es servicio. Y ha de haber un perfeccionamiento en los controles que impida que el servicio de autoridad se convierta en tiranía. En otras palabras, la democracia está todavía en mantillas; nos hemos contentado con admitir cuatro slogans manidos y ha faltado una profundización constante en la verdadera dirección. Obligaciones que se traducen en una vida de servicio a la otra parte, conociendo y aceptando libremente y con total responsabilidad las consecuencias que su entrega lleva consigo. En la sociedad humana, por tanto, no todos mandan, porque todos sirven. La revolución que hace falta es, antes que nada, una revolución interior. Para cada uno, su vida será todo lo importante que se quiera. Vivir es elegir entre las diferentes posibilidades que nos ofrece nuestra circunstancia. Hay que estar optando sin cesar. El mundo no es una representación; es una realidad. Y no está terminado, sino haciéndose. Y sólo se le domina en la medida en que se le conoce. La vida suele tener más amarguras que felicidad. La clave está en sacar felicidad de la amargura; sacar felicidad de la felicidad, no tiene ningún valor. Lo difícil, como una vez le escuché decir a mi amigo Urbano González (Urzapa), es hacer como las abejas, que de una cosa amarga como el romero sacan la miel.

Publicado en "Diario de León" el sábado 16 de marzo del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/ser-feliz_1321146.html

jueves, 14 de febrero de 2019

Nostalgia de lo humano.

Las componendas democráticas, la desorientación intelectual y política son hoy, en muchas partes, los verdaderos enemigos de la libertad. El político no sólo necesita principios generales e intemporales, sino también una visión extraordinariamente aguda de los problemas de su época. Me doy cuenta de que esa confusión entre la realidad deformada y la realidad real es frecuente en los últimos tiempos. Las preguntas son muy fáciles. Lo difícil son las respuestas. 

El hombre se ha ido acostumbrando a mirar el bien o el mal de las cosas desde un punto de vista exclusivamente amoral y técnico. Y esta es también la situación de la política. Pero el hombre empieza a sentir la nostalgia de lo humano. Es la ley de su naturaleza, esencialmente moral, que no encuentra un lugar adecuado en una civilización cada vez más mecanizada y que se devora incesantemente a sí misma. Los prodigios de la tecnología son cada vez mayores, y mayor es aún la prodigiosa indiferencia con el que el hombre actual recibe las noticias de los nuevos descubrimientos. Las modas filosóficas pueden servir para una brillante tesis doctoral e incluso para vivir, pero casi nunca son verdad. Durante mi vida he visto pasar y desaparecer una decena de “ismos”. La conciencia es como la piel. Al principio, se muestra delicada como la epidermis de un recién nacido. Perfectamente sensible a cualquier estímulo. Pero si se descuida, si se expone, si se desprecia, acaba endurecida, ajada y vieja, como la piel callosa de las manos de un campesino. Incapaz de sentir si tiene una picadura, un corte o una herida incurable.

No es suficiente votar y opinar, cada uno debe hacer lo que mejor pueda para mejorar las cosas.  Superarse a sí mismo. El hombre virtuoso, dueño de sí mismo. Es precisa una formación que tenga esa trascendencia política y social, y la tenga preparando a todos para la intervención en la vida pública. Asumir una parte de responsabilidad en el desarrollo actual de la sociedad: el desinterés por los asuntos públicos; el fraude fiscal, que repercute sobre la vida moral, el equilibrio social y la economía del país; y la crítica estéril de la autoridad y la defensa egoísta de los privilegios, con perjuicio del interés general. La propiedad privada para nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario.

El liberalismo no es una mera ideología sino el ambiente indispensable para que todas ellas respiren. La política no es en sí misma un sistema de normas inflexibles que no atienden a las circunstancias de la vida humana y de los hombres; pero no es tampoco una pasional y arbitraria veleta, que se muda a todos los vientos, sin estabilidad y sin firmeza. Aspira a ser de esta suerte la conjunción armónica de lo ideal y lo real, el ensamblaje del caballero y el escudero, la síntesis de Don Quijote y Sancho. Le preguntaré su opinión a Eduardo Aguirre, experto en pensar y escribir sobre ellos.

El pasado ya no está en nuestra mano, aunque en su día lo estuvo; el presente, en cuanto presente, tampoco nos permite hacer simultáneamente dos cosas contradictorias, o hacer una y al mismo tiempo no hacerla. De ahí que la única salida que posee la providencia humana sea el prevenirnos y prepararnos con anticipación para lo porvenir. El hombre sólo tiene en su mano el porvenir, las contingencias, y únicamente puede prevenirlas mirando hacia adelante, porque nada es contingente para el hombre más que lo futuro. Dos dimensiones del tiempo -lo pasado, lo presente- que están ya excluidas de las posibilidades del hombre. Lo que ha sido, ha sido; lo que es, es. ¿Qué le queda entonces por hacer a nuestro vivir? Anticiparse, hacerse dueño de lo que todavía es sustancia lábil y movediza, antes de cristalizar en definitiva forma. Para eso la previsión humana; y ella para la prudencia.

Hasta ahora sólo se ha descubierto un remedio, y aun ese no agrada a todos: dejarse enseñar por los demás, particularmente por los ancianos de verdadera senectud, más encanecidos por la experiencia que por los años, y a quienes ésta les indica el rumbo que suelen tomar las cosas. Dicen que a la hora de la muerte viene la lucidez. Quizá es que a la hora de la lucidez viene la muerte. A estar bien dispuesto para recibir estas lecciones, sin desoírlas por pereza o despreciarlas por soberbia, se llama docilidad. ¡Lástima que las resoluciones más importantes de la nuestra vida -la carrera, el estado- hayan de ser tomadas en la primera edad, destituida de ciencia y experiencia! Intentar cambiar -mejorar- el mundo, poco a poco. Lo que no es normal en estos tiempos de compromisos y cobardías. Mejor realidades que esperanzas. Creo sinceramente que el éxito, muchas veces, huye de quien lo persigue. Con el honor se puede ganar mucho dinero, pero con el dinero no se puede comprar el honor. El éxito sin honor es el mayor de los fracasos. Dichosa vanidad, cómo nos complica la vida.

Publicado en "Diario de León" el miércoles 13 de febrero del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/nostalgia-humano_1313591.html


miércoles, 30 de enero de 2019

Nosotros.

Resulta un espectáculo triste el de tantos matrimonios que comenzaron llenos de ilusiones y que al cabo de un poco tiempo (unos pocos años o quizá unos pocos meses) van languideciendo, para convertirse en una especie de obligada sociedad de dos personas aburridas; así como da gozo contemplar el espectáculo de algunos matrimonios a los que las arrugas, las canas e incluso los achaques de la vejez no han amortiguado la unión íntima entre dos personas que emprendieron el camino de la vida unidos por el amor y que a lo largo del camino el amor se les fue haciendo más intenso.

No es fácil dar recetas que solucionen las situaciones conflictivas en el orden afectivo ni en el social; pero si el marido estuviera siempre dispuesto a comprender los motivos que su mujer tiene para reaccionar de tal modo, y la mujer estuviera siempre dispuesta a hacerse cargo de los motivos que su marido tiene para comportarse de tal o cual manera, el pequeño sacrificio de cada uno vendría a ser como un continuo riego de amor entre los dos. Valdría la pena considerar el valor que tiene en la vida familiar el constante intento de comprenderse unos a otros, el marido a la mujer, la mujer al marido, los padres a los hijos. La condición primera para un influjo eficaz es colocarse en-el-lugar-del-otro: ponerse en su lugar. En el fondo de muchos trastornos psíquicos de los que tanto abundan en la sociedad actual, se encuentra el descontento de la vida, que tiene su origen en una familia constituida por padres insatisfechos, tristes, nerviosos; es decir, por padres que viven una vida decepcionada íntimamente, se cuiden o no de disimularlo.

La vida es corta. Pero es muy ancha. No pueden hacerse muchísimas cosas, pero las que se hacen, pueden hacerse bien. Creo que eso es suficiente para tener una vida plena. Creo que la gente se estanca en la comodidad. Pero lo que ha olvidado es ser feliz. Solo esperan que les toquen buenas cartas. Pero la felicidad está en el camino, en-el-durante, en el juego. No se puede estar esperando toda la vida. Como le gusta recordar a mi amigo Mariano: o encontramos nuestra felicidad en lo cotidiano o no la encontraremos nunca. En Santiago de Chile tuve la suerte de conocer a un señor que celebró sus setenta años de casado y recuerdo como dijo, con esa simpatía que le caracterizaba, que lo más importante para perseverar en el amor era comenzar el día desayunando juntos. O aquel otro matrimonio, a quien también tuve la suerte de conocer, que, en la madurez de la vida, afirmaban que "ahora nos queremos más, mucho más, que cuando éramos novios"… Hace falta ser pacientes para poder convivir, para sobrellevarnos y para que el sobrellevarnos sea profundidad en la convivencia, en la participación de la vida. A veces la sabiduría más necesaria es saber sobrellevarnos, porque entonces el amor crece.

A mí me gusta dar buenas noticias sobre la familia porque para dar las malas se bastan algunos medios que parecen ignorar que la familia es algo natural, próximo, en cuyo seno nacemos, nos desarrollamos y nos amamos. Eso no es una quimera, sino una institución donde nuestros mejores impulsos encuentran adecuada respuesta. A veces dedicamos más tiempo a hablar de los matrimonios rotos en vez de los millones de parejas que viven fielmente su entrega, lo cual no quiere decir que la familia no esté pasando por sus momentos más bajos, pero sería bueno que de vez en cuando se hiciera una referencia a la realidad de que la gente se quiere, que los hijos respetan a los padres y que las parejas que perseveran son más de las que aparecen en la prensa rosa.

He conocido personas interesantes que trabajan en un ambiente de egolatría y vanidades, sometidas a grandes tensiones, y que su refugio es la familia. Prioridad absoluta que en la vida de muchos ha tenido, y sigue teniendo, la familia. La necesidad de estar integrado, el convencimiento de que la familia es la comunidad ideal para que el hombre y la mujer puedan desarrollar sus capacidades de amar y ser amados. A veces calificamos de problemas lo que es el devenir normal de la vida. No hay derecho a que nos quejemos cuando tres partes de la población mundial estarían felices de tener los problemas que tenemos muchos de nosotros… Es más, a veces, los problemas mantienen vivo el matrimonio.

Esta comunidad que instaura el matrimonio, este “nosotros”, es mucho más que la mera convivencia; no es sólo un estar “junto a” o “con” el otro cónyuge. No es suficiente esto para definir la comunidad matrimonial. El “nosotros” que funda el compromiso matrimonial se ubica en un terreno más profundo. El cónyuge no da al otro lo que le corresponde, ni más de lo que le corresponde y ni siquiera más de lo que nunca hubiera podido soñar, porque no es cuestión de cantidades, sino de amor conyugal. El “nosotros” matrimonial está formado por todo lo de ambos, porque todo se pone en común y renace como “lo nuestro”. Del “tú y yo” al “nosotros”.

Publicado en "Diario de León", hoy, 30 de enero del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/nosotros_1310203.html

jueves, 3 de enero de 2019

Educar para un tiempo nuevo.

El ideal cultural de una sociedad libre es una condición inevitable para su estabilidad económica social y política. La libertad y la igualdad son conceptos de grueso calibre que, más allá de la encendida o exquisita retórica, no sirven para nada si el hombre no puede aspirar a ellos en igualdad de condiciones con los demás hombres. Sobre todos los sistemas se iza, como una quimera conquistada, la palabra libertad. El mundo es libre, la sociedad es libre, el hombre es libre… ¿Libre de qué? Para alcanzar la plena libertad humana, es preciso dotar al hombre de la única palanca posible para alcanzarla: el dominio de la cultura. Ese dominio que llega cuando, reconstruyendo desde los cimientos mismos de la sociedad, se alcanza una igualdad de oportunidades, sin exclusión alguna.

Las necesidades sociales se suelen concebir de un modo superficial, como producción de bienes y servicios necesarios para el bienestar, y también como capacidad para que unos hombres puedan vivir pacíficamente al lado de otros, sean cualesquiera las creencias o modos de pensar de los vecinos. Productividad y tolerancia pudiéramos decir que son los fines perseguidos por la educación actual. Si no tuviésemos miedo a las palabras, hablaríamos de algo más que de tolerancia, armonía, unión o coincidencia; hablaríamos de amor, dando a esta palabra toda la significación emotiva y toda la significación clásica que tiene, porque el amor es un sentimiento, pero es también una operación activa de la voluntad, es algo que se nos da, pero es algo que hemos de cultivar. Si queremos persuadir, lo conseguiremos mejor a través de sentimientos afectuosos que de discursitos. Cuando el pensamiento se ha pretendido subordinar a la acción, se ha producido una inversión catastrófica en el orden de la vida. En el predominio de la voluntad está la génesis de toda esa febril actividad, esa incontenida ansia de tener, esa vertiginosidad del trabajo, esa precipitación del placer que caracteriza la época presente; de ahí se origina esa adoración y entusiasmo por el éxito, por la fuerza, por la acción; de ahí las luchas por la conquista del poder y del mando. Estrés.

Para ver la gravedad del problema de la formación en la verdad basta con echar una mirada a nuestro alrededor y comprobar que el mundo actual está carcomido por la mentira. Por un lado, las mentiras colectivas, de las que son un buen ejemplo las abundantes ocasiones en que los políticos toman las grandes palabras de justicia, paz, libertad para encubrir con ellas sus ambiciones, no siempre justificables; por otro lado, las mentiras individuales, egoístas, con las que pretendemos descargarnos de responsabilidades o servir nuestros intereses y deseos. Lo tremendo de la mentira es que condena al hombre a vivir en la clandestinidad; el afán del mentiroso es ocultar la realidad al conocimiento de los otros, y ello significa tanto como crearse una valla y un techo que impidan llegar la luz a lo que en realidad existe.

Los padres no pueden considerar cumplidos sus deberes educativos con el envío de sus hijos a-un-buen-colegio. A la institución escolar le compete primordialmente la formación intelectual. Educar, enseñar, transmitir a los niños todo lo mejor que el hombre ha hecho sobre la tierra. Con ritmo creciente a la escuela se atribuye o le confieren obligaciones que antes pertenecían a otras entidades sociales. Ahora la escuela ha tenido que pasar desde la tarea intelectual a la preocupación por las necesidades sociales y aun familiares de sus posibles alumnos. Al maestro se le exigen cometidos cada vez más dispares. Desde su única tarea de enseñar a leer, a escribir, a contar y dar los elementos de las ciencias, o los sistemas científicos según el grado de enseñanza a que se dedicara, ha pasado el maestro a ser el hombre al cual se le pide que prepare a sus alumnos para vivir. Es indeclinable de la familia la que pudiera llamarse formación del carácter. Conviene recordar que un carácter no se valora éticamente sólo por el resultado de las acciones, sino por la orientación o la finalidad que las guía. Autodisciplina como supremo ejercicio de la libertad. La misión de los centros educativos no es “hacer sabios”; es mostrar a los alumnos que se sabe bastante sobre muchísimas cosas, que ellos lo desconocen casi todo, y que hay métodos para, esforzadamente, salir de la ignorancia. También: animarlos a tomarse muy en serio la etapa académica, y valorar la gran oportunidad que la sociedad les brinda. Las buenas escuelas son fruto no tanto de las buenas legislaciones cuanto de los buenos maestros.

El destino depende de uno mismo, de la manera de ser y también de las circunstancias, desde luego. Pero sobre todo de uno mismo. Parece que las vidas se van desarrollando regidas por la casualidad y no es así. El destino es como una cadena de actitudes, de hechos que llevan a una consecuencia final. Parece casual, pero es el resultado de un plan, de un programa inconsciente, en parte, y, en parte, elaborado. Lo mágico de la juventud es no saber en qué consiste verdaderamente la existencia humana. Se pueden transmitir bienes: pero no la experiencia de la vida. Y como cada persona es distinta, se debe educar en libertad, enseñando a cada una a llevar el timón de su vida en la dirección correcta: hacia la felicidad de una vida plena, con la actitud necesaria para orientar su vida en servicio a los demás.

Publicado en "Diario de León", el miércoles 2 de enero del 2019: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/educar-tiempo-nuevo_1303519.html

martes, 25 de diciembre de 2018

La guerra al estrés.

Durante los últimos meses, casi todos los periódicos han publicado en sus suplementos de fin de semana algún artículo o reportaje sobre el aumento de las enfermedades psiquiátricas por exceso de trabajo. Ya no son enfermedades como úlceras, gastritis o cefaleas, sino serios trastornos psicosomáticos como las depresiones. Las causas de este tipo de enfermedades, en muchos casos, se encuentran en la enorme presión social y laboral que se ejerce en los colaboradores de muchas organizaciones. Ahora con la crisis más, pero, antes, también. La presión por cumplir los objetivos, por ganar una compensación extraordinaria, la ambición legítima por un ascenso que supondrá un mayor sueldo y un mayor reconocimiento social, pretensiones muy legítimas, pueden desequilibrar nuestra vida.

Lo mejor es luchar por mantener un equilibrio entre familia y trabajo. Trabajar en horarios adecuados, intentar llegar a casa a una hora razonable para estar con nuestro cónyuge e hijos, comer con ellos algún día entre semana, aunque suponga para nosotros un esfuerzo por el desplazamiento de ida y vuelta, hacer deporte con frecuencia, quedar con nuestros amigos, etc. son algunas buenas prácticas recomendadas por personas con experiencia. Si somos capaces de armonizar un intenso trabajo profesional y una dedicación real a nuestra familia y amigos lograremos vivir-una-vida-digna-de-este-nombre y, sin duda, habremos ganado la batalla a depresiones, estrés, afecciones cardiovasculares y otras enfermedades desgraciadamente en aumento.

En las organizaciones, la guerra al estrés no sólo no ha sido abandonada, sino que se está viendo impulsada con más vigor que nunca. Y con nuevas armas. Si antes primaban las soluciones de grupo como los cursos de empresa, concebidos para que unos cuantos directivos aprendieran a controlar su ansiedad, hoy se combate ese mal con un enfoque más ambicioso. Se trata de actuar sobre el conjunto de la organización para mejorar el clima laboral. ¿Por qué este cambio de enfoque? Básicamente, porque en la sociedad actual, con organizaciones más cambiantes e inestables, el estrés se propaga como una plaga. Una plaga que las organizaciones, responsables en buena parte de este mal, no pueden combatir fácilmente. El estrés, que en las cadenas de montaje o en las grandes oficinas repletas de centenares de amanuenses producía, a lo más, un elevado nivel de ausentismo, hoy, atenta, sobre todo en las empresas de servicio, contra la esencia de estas organizaciones: contra la calidad de su servicio. Y, como consecuencia de ello, se reduce la competitividad y la productividad.

Este mal se ha extendido en la misma media en que las empresas se han ido poblando de puestos y funciones crecientemente sofisticadas. Ya no sólo afecta a las personas que tienen la responsabilidad de dirigir sino también a todos, a los operarios, muy castigados por los procesos de ajustes y reajustes a causa del cambio tecnológico y a la deslocalización. Durante años se pensó que el estrés se podía combatir adecuadamente de modo individual, o en pequeños grupos, pero ésa es una medida insuficiente ya que limitarse sólo a intentar entrenar a algunas personas para que sepan controlar su tensión y su ansiedad es un sistema caro y, en muchos casos, poco eficaz. Las técnicas de autocontrol o relajamiento, además de que no solucionan la raíz del problema que es una organización deficiente, un directivo insufrible, un trabajo mal planificado o unas pésimas relaciones laborales, acaban por olvidarse al cabo de unos pocos meses.

Las buenas prácticas aconsejan, además, el desarrollo de acciones sobre otros presupuestos. Se trata de analizar y, posteriormente, modificar en sentido positivo, la organización y las relaciones que originan una multiplicación de situaciones de estrés negativo entre los colaboradores de una empresa. La palabra clave es clima laboral. A partir del estudio de las deficiencias, se busca crear ese clima laboral que reduzca la tensión y estimule la satisfacción. Es relevante la creación de una cultura de empresa con la que los colaboradores se puedan identificar y que genere un cierto nivel de seguridad psicológica. Otros aspectos a considerar son la fluidez de la comunicación entre las personas, la estructura de la organización, el nivel de satisfacción que produce una tarea y, por supuesto, que las personas estén asignadas a posiciones de acuerdo a sus cualidades y formación.

Finalmente, la búsqueda de este clima laboral parece urgente por varias razones. Por un lado, porque la nueva forma de organización del trabajo y de las empresas (externalizaciones, trabajo temporal, movilidad, competencia interna, cambio continuo de objetivos y funciones, flexibilidad…) es una fuente inagotable de situaciones que generan estrés. Por otro, porque las organizaciones, en un escenario en el que los servicios desempeñan un papel cada vez más protagonista, necesitan encontrar vías que reduzcan la tensión y la ansiedad de sus colaboradores. No olvidemos que el capital básico de una empresa, y especialmente de una empresa de servicios, es su gente.

Publicado en "Diario de León" el lunes 24 de diciembre del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/guerra-estres_1301985.html

jueves, 13 de diciembre de 2018

86.400

Aprovechar el tiempo es clave. A veces, nuestros sueños, nuestras ilusiones, se quedan sólo en proyectos. Esperamos que se cumplan, pero no nos esforzamos lo suficiente para hacerlos realidad. Como si el simple paso del tiempo nos los fuera a regalar. La vida no funciona así. El tiempo es el recurso más valioso y escaso con el que contamos. Y, en ocasiones, nos comportamos como si ignoráramos esta verdad fundamental. 

Aprovechar el tiempo es básico. Y se puede aprender, hay experiencia documentada -buenas prácticas- y técnicas probadas. Lograr que nuestros sueños dejen de ser proyectos y se transformen en realidades, pasa por administrar nuestro tiempo con inteligencia y con intensidad. Parafraseando a no recuerdo quién: El único lugar donde el éxito va antes que el trabajo es en el diccionario…

Muchos dirigentes se comportan como aquel leñador del cuento que se desesperaba golpeando el tronco del árbol. Cuando le preguntaban por qué no podía parar un poco explicaba que la culpa la tenía su hacha, ya no tenía filo. Y cuando le preguntaban por qué no la afilaba, el leñador respondía que no tenía tiempo porque tenía que seguir golpeando el tronco.... Lo más importante cuando uno se siente en conflicto con su tiempo es tener bien claro qué quiere en la vida. Lo demás, viene solo. No hay forma de organizar una agenda cuando uno no está en orden consigo.

Las horas de trabajo no son siempre productivas, pero tampoco son horas muertas. Solemos perder el tiempo, y lo peor es que cuando terminamos el día sentimos que el trabajo sigue ahí... Por ello el sentimiento de frustración que habitualmente se produce cuando consideramos el (des) aprovechamiento de nuestro tiempo. El desbordamiento es tal, que tenemos la sensación de hacer mucho, pero a la vez no estar haciendo nada, o, mejor dicho: todo a medias; son muchas las obligaciones que impiden no poder centrarse en una sola. Sufrimos una preocupante dispersión en nuestras actividades diarias. Y los tiempos prolongados de concentración suelen ser escasos y poco intensos. Hay asuntos que no se pueden atender en quince minutos... Por eso se recurre al tiempo de ocio, robando momentos a la familia y al descanso. El resultado todos lo conocemos: el estrés.

Probablemente la clave está en la perspectiva con que se miren los problemas a resolver en el trabajo. Aprender a relativizar, el mejor camino para alcanzar la visión global que necesitamos para encontrar la objetividad que requiere cualquier planificación. Sólo así es posible establecer prioridades en la actividad diaria. Es frecuente que sumergidos en el agobio nos preocupemos más de lo urgente que de lo importante. No siempre es fácil mantener la cabeza fría, por eso conviene fijar estrategias y objetivos a largo plazo que nos marquen la senda de la que no conviene desviarse. Se trata de valorar el tiempo, de administrarlo bien. De lo contrario, se comienzan mil cosas antes de terminar una.

Identifiquemos los famosos "ladrones de tiempo" (los que más nos afecten a nosotros) como reuniones, visitas, interrupciones varias, internet... que nos acechan y que no son tan fáciles de contener. A veces combatirlos resulta complejo y frustrante. No podemos tirar el ordenador por la ventana, ni quemar los papeles ni -menos- "eliminar" a cada persona que nos interrumpa. Reflexionemos acerca de nosotros mismos y de nuestro trabajo. Cada uno pierde o desaprovecha el tiempo a su propia manera, y sólo depende de nosotros, de nuestro esfuerzo, salir del caos.

El aprovechamiento del tiempo es clave en nuestra vida. Nos falta tiempo, decimos. Es cierto. Mis amigos saben que me apasiona este tema: la importancia de luchar por aprovechar intensamente los 86.400 segundos que nos regala cada día. Sin embargo, a veces, esta carencia de tiempo se transforma en la justificación para no resolver asuntos pendientes, para no estar con la familia, para omitir todo tipo de actividades que no estén directamente relacionadas con el propio trabajo. Un caso típico es el poco o nulo tiempo que muchas personas dedican a la lectura. Es común oír "yo sólo tengo tiempo para leer el periódico", "suelo leer, pero en vacaciones", etc. Sin embargo, me sorprende que quienes dicen tener tan poco tiempo para leer hablen con todo detalle de-las-series-de-moda... 

La ausencia de lecturas se manifiesta en vocabulario pobre, en deficiente redacción, en graves errores ortográficos y sintácticos. Y, claramente, en tener limitados temas de conversación. La lectura es una forma efectiva para mejorar nuestra capacidad de comprensión y ser más competentes en nuestra expresión oral y escrita. Pero, sobre todo, leer es fundamental para nuestro desarrollo como personas.

Como dicen los economistas el tiempo es un bien escaso. Quizá el más escaso de todos, y desde luego de los pocos que no se pueden comprar. El tiempo es breve. El manejo efectivo del tiempo es un factor clave para que una persona viva una vida digna de tal nombre. Una óptima gestión del tiempo aumenta la capacidad de hacer más cosas, y mejor. Y, muy importante, disminuye tensiones innecesarias en la vorágine actual. Suele ocurrir que, en el dinamismo de nuestras vidas, tengamos una lista interminable de tareas y no sepamos por dónde empezar. Interesarse por el buen uso del tiempo no es sólo una moda sino una necesidad.

Publicado en "Locus Appellationis", Blog Informativo del Colegio de Abogados de León: https://www.ical.es/locus-appellationis/articulo/todos/12/86400/66

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tener un para qué.

Toda organización debiera contar con una declaración de sus principios y valores, expresada con tal claridad que no fuera necesaria ningún tipo de interpretación. Para definir el rumbo de una organización es preciso distinguir lo pasajero y efímero de lo perdurable y trascendente. Por ello es preciso sustentar el desarrollo en bases sólidas. El compromiso en torno a esos principios y valores resulta crucial si queremos disfrutar de una cultura sólida que es mucho más que palabrería barata en forma de frases ingeniosas y grandilocuentes que, a veces, se obliga a los colaboradores a repetir como papagayos. Utilizar los principios y valores como guía de nuestro trabajo supone un desarrollo tanto para la organización como para las personas. En tiempos de crisis, nos ayudan a superarlas y a aprender, a fortalecernos en la adversidad. Sin valores asentados, sin culturas solventes, se puede subsistir; pero, a la menor crisis, vamos a salir debilitados, desgastados, empobrecidos. La famosa frase: quien tiene un para qué siempre suele encontrar un cómo…

Sobre este asunto recomiendo el libro del profesor Lorenzo Bermejo Muñoz: “El gobierno de las instituciones universitarias. Un enfoque orientado a la misión”. Propone un modelo de gobierno orientado a la implantación efectiva de su misión, alineada a su identidad y a la naturaleza de dichas instituciones; pero, en general, sus propuestas son aplicables a cualquier tipo de organización. De él se derivan, para quienes tienen la responsabilidad de gobernarlas, una serie de recomendaciones a nivel estratégico y operativo, y la necesidad de ejercer un liderazgo que aliente e incentive, en las personas que las integran, el adecuado esquema de motivaciones para que sus decisiones y acciones tengan a la misión como referencia. Podría definirse la misión como el “para qué” de cada organización. Una guía para la actuación de los empleados y un elemento de evaluación respecto a su adhesión. La misión es una herramienta útil para formular e implementar una estrategia. La misión ayudará a no perder el foco. Establece un marco de referencia. Representa el compromiso de la organización con unos fines determinados. Una-especie-de-pegamento-cultural.

Uno de los mejores medios para lograr nuestros fines es promoviendo la confianza en las personas con quienes trabajamos. Si una organización quiere desarrollarse, la confianza tiene que ser algo más que un tema de conversación, tiene que ser el centro de todas sus actividades. Las organizaciones no pueden convertirse en junglas en las que sólo sobreviven los más fuertes, en las que diariamente hay que vivir preparado para la batalla. De la misma manera que una gran confianza reduce los conflictos entre los colaboradores, aumenta la productividad y estimula el crecimiento, unos bajos niveles de confianza afectan negativamente a las relaciones, impiden la innovación y entorpecen el proceso de toma de decisiones. Los colaboradores de las organizaciones en las que hay un bajo nivel de confianza trabajan normalmente en condiciones de mucho estrés, dedican una buena parte de su tiempo a cubrirse las espaldas, justificando decisiones del pasado y realizando cazas de brujas o buscando cabezas de turco cuando algo no funciona. Esto les impide centrarse en el trabajo, y hace imposible que haya un intercambio de ideas que dé como resultado soluciones innovadoras. La confianza en las organizaciones es como el amor en la pareja, une a las personas y las hace más fuertes. Permite ser uno mismo y defender las opiniones sin preocuparse por el rechazo. Cuando se vive la confianza en cualquier relación, la convivencia siempre es mejor.

La confianza es uno de los valores más importantes para el buen funcionamiento de cualquier organización. Y se suele concretar en la delegación. Delegación y control son palabras afines y complementarias. La delegación es fácil de entender, pero difícil de practicar. Algunos consideran que si delegan pierden estatus y poder…Otros no delegan porque desconfían de los demás. De la verdadera delegación nace el compromiso, la motivación y las mejores prácticas en dirección de personas. Lo importante no es el cuánto sino el cómo. A mejor delegación, más responsabilidad y mejor servicio al cliente. Quienes saben delegar tienen más tiempo para pensar en los próximos pasos de la organización, en la estrategia. A veces, quienes más se quejan de no tener tiempo para pensar son quienes no quieren o no saben delegar. No confían en sus colaboradores.

La función directiva es una tarea esencial en el seno de cualquier organización, independientemente del objeto al que se dedique. Tanto es así que, si una organización no funciona, lo primero que cabe pensar es que quienes tiene la responsabilidad directiva no cumplen de manera adecuada con su función, que es garantizar su buen funcionamiento. La calidad de un directivo depende de la cantidad de poder que necesita ejercer para que sus órdenes sean efectivamente cumplidas. O lo que es lo mismo, no necesitará ejercer el poder para su acción directiva, cuanto mayor sea la autoridad otorgada por las personas a las que gobierna y dirige. El liderazgo es un factor vital en la implantación efectiva de una misión por parte de quienes las gobiernan y dirigen. En un entorno cambiante, de cuestionamiento de modelos, es el mejor momento para conocer y fomentar las ventajas competitivas implícitas en la participación, en la responsabilidad, y, sobre todo, en la confianza en las personas con quienes trabajamos.

Publicado en "Diario de León" el martes 27 de diciembre del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/tener_1295485.html

lunes, 19 de noviembre de 2018

Felicidad profesional.

El trabajo ya no es como antes. Ni como fue hace diez años, y ni mucho menos como fue hace cuarenta o cincuenta años. Cuando estudiamos en el colegio o en la universidad, nos enseñaron algo que ya no se usa. Es como si hubiéramos aprendido a bailar el pasodoble. Ya no hay trabajos para toda la vida. Nadie puede esperar permanecer siempre en el mismo cargo ni siquiera en el mismo sector. Las empresas no pueden garantizar el trabajo a sus colaboradores durante toda su vida laboral. Cada vez será más común tener tres o cuatro profesiones a lo largo de nuestra vida. Los títulos que uno haya logrado en su juventud son cada vez menos importantes, se deprecian rápidamente, no garantizan nada.

Para enfrentar esta nueva situación debemos mejorar cada uno, formándonos continuamente. Cambiando nuestra forma de aprender. No se trata sólo de adquirir nuevos conocimientos sino de aprender a buscar o a adquirir la información o los conocimientos que necesitemos, y a asimilarlos rápido y bien. Concentrarse en adquirir destrezas o habilidades, antes que conocimientos. Aprender idiomas, varios, que ya hoy valen más que muchos títulos profesionales. Adquirir una suficiente disposición a cambiar siempre, aprender a no tenerle miedo a los cambios. Esto es fundamental. Imaginación, curiosidad, perseverancia, apertura y energía. Transformarnos en conocedores rigurosos de nuestras fortalezas y debilidades. Conocer y comunicar con convicción las cosas que sabemos hacer bien.

Hablar de trabajo es ir al corazón de la sociedad moderna, a su estímulo más profundo, a sus contradicciones culturales más íntimas. Hablar de trabajo es recorrer la historia de la cultura occidental, su origen y su desarrollo. Hoy está muy extendida una concepción alienada del trabajo, considerado como una mercancía, en donde el hombre, en lugar de ser el sujeto libre y responsable del trabajo, está esclavizado a él. Para superar esta situación, algunos tienen puesta su esperanza en la sociedad altamente tecnologizada y telematizada, que ofrece posibilidades inverosímiles e inimaginables de creatividad. Sin embargo, los nuevos escenarios en los que el trabajo tiende a desarrollarse no bastan por sí solos para asegurar la auténtica y libre creatividad del trabajador.

La creatividad en el trabajo es una realidad pluridimensional que tiene relación, simultáneamente, con los niveles biológico, psicológico social, económico y cultural, y que incluso penetra en el mundo de los valores últimos. No es suficiente una actividad más libre e incondicionada gracias a la disponibilidad de instrumentos técnicos cada vez más perfeccionados. Es necesario que el hombre sea sujeto -más que objeto- del trabajo, es decir, que pueda expresar su creatividad en una relación social motivada y culturalmente orientada. El factor relacional es un elemento decisivo para una reconsideración del significado del trabajo. El trabajo, concebido como relación social, puede ayudar al trabajador a expresar lo mejor de sí mismo y a asumir tareas y responsabilidades con un fuerte contenido de inventiva y de espíritu emprendedor.  Es necesario, por tanto, organizar mejor el trabajo, delegando las responsabilidades y reconociendo a todos la utilidad del trabajo realizado. Trabajar en equipo.

Cuando se emprende un proyecto personal que implica cierto riesgo, el peor de todos los miedos es el miedo al fracaso. Evidentemente, el que nada emprende no se arriesga a sufrir fracaso alguno, pero tampoco conocerá el éxito soñado. El momento ideal no existe. Para algunos es la excusa perfecta (de apariencia seria y racional) para no decidir. El éxito no llega por arte de magia, sino que es el resultado de un esfuerzo perseverante, una actitud mental positiva y estar plenamente convencido de su logro. Todos los que han triunfado, en primer lugar, creyeron que podían hacerlo.

Por otra parte, es necesario también fomentar una cultura del servicio que motive a la persona a proporcionar bienes y prestaciones a favor de los demás. En otras palabras, es necesario garantizar al trabajador el máximo de la libertad y responsabilidad personales junto con una profunda motivación que estimule su iniciativa. La vocación profesional debe ser concebida no ya como un instrumento de éxito o de búsqueda superficial de un nivel de vida, sino como la realización de uno mismo en la plena integración humana. Buscamos la felicidad en cosas externas y construimos la vida en torno a realidades que se encuentran fuera de nosotros. Nos olvidamos de construir nuestro interior, que es como los pies sobre los que se apoya toda nuestra existencia.

Muchas de estas reflexiones me las ha inspirado la lectura del libro de René Mena y de, mi amigo, Pablo Zubieta: “Felicidad Profesional, logra la mejor versión de ti”. Argumentan que la felicidad será la recompensa para quienes emprenden diariamente el camino por ser, o tratar de ser, los mejores en lo que les gusta hacer. Este libro presenta ideas claras y ordenadas para lograr la felicidad profesional. Uno se identifica en sus muchos ejemplos y encuentra que, en el fondo, la única respuesta válida a preguntas como ¿para qué trabajar mucho? y ¿para qué esforzarse por ser mejor cada día?: es “para ser feliz”. Alcanzar la felicidad profesional no es un camino fácil, pero tampoco es imposible. Eso sí, es un camino que, como recuerdan Mena y Zubieta, bien vale la vida.

Publicado en "Diario de León" el domingo 18 de noviembre del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/felicidad-profesional_1293302.html

domingo, 21 de octubre de 2018

El menosprecio de lo cualitativo.

El hombre actual se siente terriblemente angustiado e insatisfecho en su panorama de pantallas, múltiples pantallas. Porque estos artilugios, que nacieron engendrados por él para ser sus servidores y, en todo caso sus amigos, se están volviendo -cada vez más- sus enemigos. ¿No os habéis fijado en lo fácil que nos resulta a los hombres de este tiempo no escucharnos? En una reunión, cuando empieza uno a contar cualquier cosa, fracasa pronto porque alguien se centra en su teléfono móvil. Es dificilísimo poder mantener una conversación atenta y tranquila. La conversación como medio de formación: hay mucha gente que no sabe que existe esta opción de mejora personal. Comunicar: hablar, compartir nuestras experiencias, aprender del otro. Los instrumentos de comunicación pueden, sin duda, ayudar mucho a la unidad de los hombres; sin embargo, el error y la falta de buena voluntad pueden producir el efecto contrario: menor entendimiento entre los hombres y mayores disensiones, que engendran innumerables males.

Hoy, gracias al avance de la tecnología, contamos en nuestra sociedad con esos poderosos medios de comunicación que sirven para estructurar una nueva forma de vida. Mientras que durante siglos eran precisos decenios para que se operase un cambio importante en la forma de pensar y de actuar de los hombres, en nuestro tiempo apenas son precisos unos meses para que se realice una auténtica revolución en el pensamiento: cualquier descubrimiento, cualquier nueva teoría seductora, nos son servidas, inmediatamente, a domicilio. Los medios de comunicación social tienen aspectos positivos indudables: son una conquista de la inteligencia humana. Contribuyen a que conozcamos mejor a los demás hombres, afianzan nuestra unión y amistad: nos hacen solidarios en las alegrías y en las penas. Reducen, en definitiva, las distancias de nuestro planeta. Los medios de comunicación facilitan el diálogo entre los hombres y facilitan la comprensión de sus puntos de vista y de sus problemas; por otra parte, facilitan el levantamiento de las barreras que se oponen a esa comprensión: el localismo, la intransigencia, el aislamiento, etc. 

Por último, son un magnífico instrumento de promoción del hombre, de su cultura, de su desarrollo integral, dado que permiten una amplia difusión a todos los ambientes. Precisamente por esto, por su amplia y profunda penetración en todos los ambientes, su repercusión es digna de tenerse en cuenta. Para destacar esta relevancia en la sociedad actual, basta destacar el hecho de que, algunos grupos, especialmente muchos jóvenes, encuentran en los medios de comunicación su única fuente de formación y de educación. La gran desgracia de muchos jóvenes de hoy es que -faltos de una enseñanza digna de este nombre- no se saben expresar. No son sordos, sino mudos, incapaces de aprehender, con la ayuda de un vocabulario preciso y variado, de una sintaxis clara y segura, los matices de pensamiento y de sentimiento que, por consiguiente, se les escapan… Ésta es una de las tragedias de nuestra época. 

La juventud no suele ser conservadora. Ni puede ni tiene por qué serlo, entre otras razones porque -en la mayoría de los casos- todavía no ha tenido oportunidad de hacer nada que merezca la pena ser conservado. El joven de nuestro tiempo es el más acosado de la historia por los datos, las opiniones y juicios de valor puestos en circulación. La libertad no consiste en hacer cuanto a cada uno le apetezca, pues la libertad, en tal caso, se identificaría con la ley del más fuerte, que impondría sus antojos a los más débiles. El error consiste en suponer que la libertad está en la facultad de escoger, cuando no está sino en la facultad de querer, la cual supone la facultad de entender. La reintegración de los valores espirituales en su lugar es, en efecto, el problema crítico de nuestro tiempo. Mientras -cada uno- no resuelva este asunto no podrá explicarse el porqué de la amargura, de la soledad y del vacío que se encuentra en un mundo frecuentemente egocentrista y subjetivo. 

No voy, pues, a rechazar el viejo espíritu porque sea viejo; ni puedo adorar las nuevas prácticas, las costumbres modernas, sólo porque estén de moda. En toda sociedad hay problemas básicos, cuestiones radicales, que cabe orientar en un sentido o en otro, y de cuya orientación depende que el futuro inmediato tenga un cariz u otro, un horizonte despejado o una faz torva, un camino real o una vereda llena de zarzales, propicia a todas las emboscadas y a todas las sorpresas. Las formas pueden ser mucho más que unos formalismos vacíos e inútiles, que un estorbo que no merece la pena respetar y que es mejor arrojarlo por la borda. Las formas son, en muchas ocasiones, a manera de recipientes que encierran muy ricas realidades. En el plano personal, la educación supone el desarrollo armónico de las cualidades físicas, morales e intelectuales, que lleva al hombre a adquirir gradualmente un pleno sentido de su responsabilidad. El desprecio de las formas revela a menudo falta de finura espiritual e incluso virtudes cívicas muy respetables, como la urbanidad y la corrección, sin las cuales resulta ingrata la convivencia humana. El menosprecio de lo cualitativo.


Publicado en "Diario de León" el sábado 20 de octubre del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/menosprecio-cualitativo_1285719.html

jueves, 11 de octubre de 2018

Hablar mucho, decir poco.

Buenos-días-Raúl-por-favor-un-café. Mientras tanto miro a la televisión y veo a un charlatán de nuestro tiempo con aspiración de prócer. Le pregunto al paisano de al lado ¿qué ha dicho?: “hablar mucho, decir poco”. Me hizo pensar. Prisa y superficialidad son caracteres visibles de nuestro tiempo. Una realidad con la que hay que aprender a convivir. Pertenece al estilo de las generaciones actuales vivir con prisa y sin profundidad. Quizá no corramos el peligro de convertirnos en esclavos, pero corremos el peligro de convertirnos en autómatas. Se busca la velocidad porque se tiene prisa. Hay dos modos de tener prisa: uno consiste en tener prisa por acabar o lograr alguna cosa, otro en tener prisa porque sí. La prisa en este segundo caso consiste en vivir la vida con ritmo acelerado. No se busca nada, sino que se huye de algo. Con frecuencia se huye del instante presente que no gusta, que no satisface porque se siente hueco, vacío. Una conciencia herida cuando no tiene presentes los deberes. También una conciencia triste, desalentada, porque están presentes los deberes como metas imposibles. Esto es también una forma de dolor. Hay estrés en una vida sin deberes que nos lleva a la inercia o a la vacuidad. Y hay estrés en una vida en la que los deberes están presentes, pero se tiene la impresión de que uno es incapaz de vivirlos.

La ansiedad y la agitación interior -el estrés- como un peligro que nos acecha y como una de las formas de nuestra debilidad. Una intimidad desasosegada, agitada o ansiosa es indicio de un estado íntimo de escasa fortaleza. Me refiero no a la fatiga que puede resultar proporcionada al trabajo, sino a ese otro agobio, a esa otra fatiga y a ese otro cansancio -estrés- que padecemos y que no tiene relación con nuestro esfuerzo, sino que tiene alguna otra causa diferente. A veces creemos que la fortaleza es energía del carácter o del temperamento, una cierta vehemencia combativa. No, un hombre sereno no es un hombre apático o un hombre sin convicciones. Muchas veces reconocemos la presencia sorprendente de un agobio y una fatiga de extraño origen, porque no corresponde ni a los días de máximo trabajo ni, a primera vista, a los de máxima preocupación. Sería interesante que pudiéramos saber la razón de que sintamos estos sorprendentes desfallecimientos. Sorprendentes por la desproporción que pudiera haber, o falta de la relación incluso, entre la causa y el efecto. Nos sentimos, pues, solos. Esto significa un acentuado y permanente desgaste. Muchas veces nos pasa que unos días de descanso o cambio de actividad no remedian el desgaste del vivir humano. Quizá nos convendría pensar si el vivir apresurado, sin serenidad, el estar dominados por el nerviosismo, la dolorosa impresión de que la vida está transcurriendo sin que nosotros tengamos las riendas, como si fuésemos sacudidos por circunstancias desbocadas, puede quizá tener relación con que a nuestra vida le falte verdadero fundamento.

Todo el mundo dice cosas parecidas, esto no es ninguna novedad. Todo el mundo está bastante de acuerdo en que estamos viviendo una existencia impersonal, en que, al hombre, cada vez más, le resulta difícil tomar decisiones que puedan comprometer su existencia o signifique, por lo menos, un enriquecimiento personal en su vida. Porque ese difuso desorden que nos rodea termina haciendo que se embote en nosotros la sensibilidad para lo humano, la sensibilidad para la justicia. Como dice mi amigo Mariano, las grandes verdades están unidas al acontecer pequeño. A veces, se está tan absorbido por el trabajo que se descuida una actividad fundamental en nuestras vidas: escuchar y aprender de las personas con quienes convivimos. Hablar, relajadamente, sin un tema fijo, perder-el-tiempo en conversar es enriquecedor y abre nuevos horizontes. Dedicar tiempo a construir relaciones, especialmente, con nuestra pareja, con nuestros hijos y con nuestros amigos: las personas no abrimos nuestra intimidad a quienes tienen puesta su cabeza en la acción o en el paso siguiente. Las relaciones superficiales no permiten sino amistades superficiales, relaciones de ocasión, amores superficiales. 

La relación entrañable parte ya en las mismas entrañas. Y jamás es tarde para intentarla, para poner los medios. También en el trabajo. Las organizaciones son casi unánimes al afirmar que su principal capital son las personas que forman parte de ellas, si bien encuentran serias dificultades para llevarlo a la práctica. Muy pocas organizaciones logran motivar de modo sostenido a sus empleados, integrarlos en los procesos continuos de mejora y decisión, y liberar sus capacidades creativas. Trabajar en equipo es imprescindible para aprovechar los conocimientos y habilidades de todos los colaboradores. 

Sin orden es imposible ser feliz. Sin responsabilidad, privada y pública, no puede existir lo que llamamos civilización. Creo en la esperanza humana de un mundo mejor: en la fuerza creadora de la libertad. Vivimos en un tiempo de redescubrimiento y actualización de verdades. Afortunadamente el hombre no es como un río, que no puede volverse atrás. De ahí la importancia de educar en libertad, enseñando a cada uno a llevar el timón de su vida en la dirección correcta: hacia la felicidad de una vida plena, con la actitud necesaria para orientar su vida al servicio de los demás.

Publicado en "Diario de León" el jueves 11 de octubre del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/hablar-mucho-decir-poco_1283536.html