@MendozayDiaz

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jueves, 20 de junio de 2019

Historias que contar.

Publicado en "Diario de León" el lunes 17 de junio del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/historias-contar_1343117.html

Mi amigo Pedro Villanueva, escritor asturiano afincado en Ponferrada, ha presentado su última obra en la reciente Feria del Libro de León: “Soy Francisca, niña cuna (del Hospicio Real al Hotel Reconquista)”. Durante años, por razones profesionales, he tenido la suerte de frecuentar el Hotel La Reconquista, en la calle Gil de Jaz, en Oviedo; de disfrutar de sus confortables y elegantes instalaciones, y nunca me tomé el tiempo de investigar sobre los antecedentes del edificio o de relacionar el nombre de la calle en la que se encuentra -Gil de Jaz- con el apellido de su creador, Isidoro Gil de Jaz, aragonés que fue Regente de Asturias y que, en el siglo XVIII, convenció al rey Fernando VI de llevar a cabo un hospicio y hospital de huérfanos, expósitos y desamparados. Una institución de referencia en su época, en España y en el mundo, que se ocupó no sólo de cuidar de la manutención y educación de los acogidos, sino de instruirles adecuadamente para su colocación en distintos empleos, industrias y oficios. Así desde 1752 hasta hace cincuenta años… Francisca, niña cuna que da título al libro de Pedro Villanueva, es la primera niña inscrita en el libro de registro del Real Hospicio, en 1752.

La ignorancia histórica es la causa de un incalculable número de errores y de muchos abatimientos y desánimos; por eso la fomentan los que quieren desmoralizar a los pueblos y dejarlos indefensos y manejables. España no-es-cualquier-cosa. Sino un país que ha dado no pocas pautas al mundo y ha contribuido enérgicamente a hacerlo. Es allende los mares donde se adquiere conciencia de la gigantesca obra de España. En América, Asia y África fuimos el brazo del mundo civilizado. Y, en muchas ocasiones, desde aquí. Para quienes somos aficionados a la historia, hay nombres como, por ejemplo, Oviedo, Astorga, León, Sahagún, Benavente, Salamanca, Tordesillas, Toro, Simancas o Medina del Campo, que nos suenan no a ciudades concretas, sino a acontecimientos. Son nombres más históricos que geográficos. Ciudades que dejaron huella.

Tenemos a suerte de vivir en este lugar del mundo donde, en palabras de Pedro Villanueva, “los edificios tienen alma y una historia que contar” … Y, en muchas ocasiones, ni los miramos ni los conocemos y, por tanto, no podemos valorarlos. Hace años, frente a la fachada de san Marcos, por la que suelo pasar varias veces al día, me llamó la atención un hombre que estaba explicando -en alemán- a un pequeño grupo de personas, algo sobre la fachada. La-curiosidad-mató-al-gato: me detuve y, cuando acabó de hablar, le pregunté qué contaba con tanto entusiasmo; y, en perfecto español, me dijo que desde hacía treinta años era profesor de historia del arte de una universidad alemana y que este edificio -san Marcos- era único como obra plateresca y en su simbología, etc. Me quedé impresionado e hice el propósito de documentarme… Leyendo “El cosmos de piedra” de Eduardo Aguirre supe quiénes eran todos los personajes representados en los medallones de la fachada de san Marcos, una forma de loa al Emperador Carlos V, rodeándolo de héroes y guerreros de la antigüedad, comparándolo e igualándolo con ellos.

Hace unos días dialogaba con unos amigos sobre la diferencia que hay entre ver y mirar, entre oír y escuchar. Cada uno de nosotros está viendo constantemente un montón de cosas que están sucediendo a nuestro alrededor, y, sin embargo, nos pasan inadvertidas, como si no sucedieran. Sencillamente, no las miramos, no ponemos atención en ellas. La atención, pues, es lo que diferencia al oír del escuchar, el ver del mirar. León es una ciudad muy agradable para vivir. Y no sólo por su historia, por sus monumentos. León es una forma de vivir, de relacionarse, de convivir. Un estilo de vida. Qué suerte tengo de vivir en León…

domingo, 7 de abril de 2019

La paz a través del derecho.

Desde su creación en 1963, los miembros de la World Jurist Association (WJA) han cooperado por el fortalecimiento, promoción y difusión de la paz a través del derecho (pax orbis ex iuris) en reconocimiento de la dignidad inherente y de los derechos iguales e inalienables de las personas, tal como se establece en el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La WJA es una organización no gubernamental con estatus consultivo especial ante las Naciones Unidas. Destaca como un foro abierto donde jueces, abogados, profesores y profesionales del derecho de más de ciento cuarenta nacionalidades, trabajan y cooperan para reforzar y expandir el imperio de la ley.

Una de las formas en las que la WJA trabaja por la paz es organizando eventos internacionales que promueven el encuentro, el diálogo, como vía para la solución de situaciones. En esta oportunidad, en España, se ha celebrado el World Law Congress, los días 19 y 20 de febrero de 2019 en el Teatro Real, convirtiendo a Madrid en la Capital Mundial del Derecho. Más de ciento ochenta ponentes y panelistas de setenta países de los cinco continentes que han debatido en torno a diez mesas de trabajo temáticas y once sectoriales, y más de dos mil congresistas. He tenido la suerte de ser uno de ellos, junto con otros compañeros del Colegio de Abogados de León.

El lema de este World Law Congress, “Democracia, constitución y libertad”, hace énfasis en la necesidad de proteger el Estado Democrático amparado por la Constitución. Es el Estado de Derecho donde se sustentan el verdadero equilibrio y la justicia, valores que la WJA desea transmitir a todos los pueblos del mundo. Todo esto en el marco del cuadragésimo aniversario de la Constitución Española. Una oportunidad para realzar la solidez de la democracia en España y para reforzar los valores de una Europa integrada y próspera. El Rey Felipe VI, primer rey jurista del mundo, ha sido reconocido con el WJA World Peace & Liberty Award, por su papel como garante del Estado de Derecho. Un galardón que sólo se ha entregado en otras tres ocasiones: al ex primer ministro británico Winston Churchill; a René Cassin, por su labor en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas; y Nelson Mandela, por su incansable lucha por los derechos humanos en Suráfrica.

Vivimos tiempos de grandes desafíos, en un contexto de crisis de gobernabilidad global. El imperio de la ley debe ser nuestra prioridad. La lucha por el Estado de Derecho, y por la Justicia, en definitiva, es el primero de los propósitos de la noble vocación del jurista. Fortalecer el Estado de Derecho exige el compromiso y la responsabilidad no solo de la comunidad jurídica, sino de todos. La forma más efectiva de combatir la tiranía y el abuso de poder es promover una enorme campaña a favor del imperio de la ley. Alentar a quienes luchan cada día por lograr la justicia y la paz a través del derecho, permitiendo avanzar con eficiencia, rapidez e inteligencia en la comprensión de las grandes transformaciones, retos y oportunidades que nos plantea hoy la vida en sociedad.
El principio democrático, el principio de legalidad y los derechos humanos sólo alcanzan su pleno significado si se piensan de forma conjunta: no hay democracia sin disfrute de los derechos humanos, pero tampoco puede haber tal disfrute sin un respeto escrupuloso a la ley democrática, en tanto expresión de la voluntad popular. El mundo no tiene otra opción entre la fuerza y el derecho: si la civilización quiere sobrevivir, tiene que elegir la fuerza del derecho.


Publicado en "Diario de León" el viernes 5 de abril del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/paz-traves-derecho_1326000.html

miércoles, 30 de enero de 2019

Nosotros.

Resulta un espectáculo triste el de tantos matrimonios que comenzaron llenos de ilusiones y que al cabo de un poco tiempo (unos pocos años o quizá unos pocos meses) van languideciendo, para convertirse en una especie de obligada sociedad de dos personas aburridas; así como da gozo contemplar el espectáculo de algunos matrimonios a los que las arrugas, las canas e incluso los achaques de la vejez no han amortiguado la unión íntima entre dos personas que emprendieron el camino de la vida unidos por el amor y que a lo largo del camino el amor se les fue haciendo más intenso.

No es fácil dar recetas que solucionen las situaciones conflictivas en el orden afectivo ni en el social; pero si el marido estuviera siempre dispuesto a comprender los motivos que su mujer tiene para reaccionar de tal modo, y la mujer estuviera siempre dispuesta a hacerse cargo de los motivos que su marido tiene para comportarse de tal o cual manera, el pequeño sacrificio de cada uno vendría a ser como un continuo riego de amor entre los dos. Valdría la pena considerar el valor que tiene en la vida familiar el constante intento de comprenderse unos a otros, el marido a la mujer, la mujer al marido, los padres a los hijos. La condición primera para un influjo eficaz es colocarse en-el-lugar-del-otro: ponerse en su lugar. En el fondo de muchos trastornos psíquicos de los que tanto abundan en la sociedad actual, se encuentra el descontento de la vida, que tiene su origen en una familia constituida por padres insatisfechos, tristes, nerviosos; es decir, por padres que viven una vida decepcionada íntimamente, se cuiden o no de disimularlo.

La vida es corta. Pero es muy ancha. No pueden hacerse muchísimas cosas, pero las que se hacen, pueden hacerse bien. Creo que eso es suficiente para tener una vida plena. Creo que la gente se estanca en la comodidad. Pero lo que ha olvidado es ser feliz. Solo esperan que les toquen buenas cartas. Pero la felicidad está en el camino, en-el-durante, en el juego. No se puede estar esperando toda la vida. Como le gusta recordar a mi amigo Mariano: o encontramos nuestra felicidad en lo cotidiano o no la encontraremos nunca. En Santiago de Chile tuve la suerte de conocer a un señor que celebró sus setenta años de casado y recuerdo como dijo, con esa simpatía que le caracterizaba, que lo más importante para perseverar en el amor era comenzar el día desayunando juntos. O aquel otro matrimonio, a quien también tuve la suerte de conocer, que, en la madurez de la vida, afirmaban que "ahora nos queremos más, mucho más, que cuando éramos novios"… Hace falta ser pacientes para poder convivir, para sobrellevarnos y para que el sobrellevarnos sea profundidad en la convivencia, en la participación de la vida. A veces la sabiduría más necesaria es saber sobrellevarnos, porque entonces el amor crece.

A mí me gusta dar buenas noticias sobre la familia porque para dar las malas se bastan algunos medios que parecen ignorar que la familia es algo natural, próximo, en cuyo seno nacemos, nos desarrollamos y nos amamos. Eso no es una quimera, sino una institución donde nuestros mejores impulsos encuentran adecuada respuesta. A veces dedicamos más tiempo a hablar de los matrimonios rotos en vez de los millones de parejas que viven fielmente su entrega, lo cual no quiere decir que la familia no esté pasando por sus momentos más bajos, pero sería bueno que de vez en cuando se hiciera una referencia a la realidad de que la gente se quiere, que los hijos respetan a los padres y que las parejas que perseveran son más de las que aparecen en la prensa rosa.

He conocido personas interesantes que trabajan en un ambiente de egolatría y vanidades, sometidas a grandes tensiones, y que su refugio es la familia. Prioridad absoluta que en la vida de muchos ha tenido, y sigue teniendo, la familia. La necesidad de estar integrado, el convencimiento de que la familia es la comunidad ideal para que el hombre y la mujer puedan desarrollar sus capacidades de amar y ser amados. A veces calificamos de problemas lo que es el devenir normal de la vida. No hay derecho a que nos quejemos cuando tres partes de la población mundial estarían felices de tener los problemas que tenemos muchos de nosotros… Es más, a veces, los problemas mantienen vivo el matrimonio.

Esta comunidad que instaura el matrimonio, este “nosotros”, es mucho más que la mera convivencia; no es sólo un estar “junto a” o “con” el otro cónyuge. No es suficiente esto para definir la comunidad matrimonial. El “nosotros” que funda el compromiso matrimonial se ubica en un terreno más profundo. El cónyuge no da al otro lo que le corresponde, ni más de lo que le corresponde y ni siquiera más de lo que nunca hubiera podido soñar, porque no es cuestión de cantidades, sino de amor conyugal. El “nosotros” matrimonial está formado por todo lo de ambos, porque todo se pone en común y renace como “lo nuestro”. Del “tú y yo” al “nosotros”.

Publicado en "Diario de León", hoy, 30 de enero del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/nosotros_1310203.html

jueves, 6 de diciembre de 2018

Cultura del acuerdo.

Hace unos días, Miguel Roca Junyent, llamaba la atención sobre el desgaste de las instituciones como consecuencia de un mal estilo de la acción política. Descalificaciones, insultos, acusaciones. La mala praxis ha llegado al punto de que los propios protagonistas han reclamado amparo ante las descalificaciones recibidas, olvidándose de las que ellos han pronunciado dirigidas a sus oponentes: todo el mundo parece estar en contra de este estilo, pero nadie cree que lo practique. Las palabras hacen daño y están en el origen de problemas que, en muchos casos, no se resolverán precisamente porque la memoria no las olvida. La visceralidad no es nunca una buena compañera de viaje. Se tienen motivos para estar irritados. O angustiados. O preocupados. O comprometidos con causas máximas y exigentes. Pero no ganará nadie en autoridad moral ni tendrá más razón por hacer de la descalificación y el insulto la herramienta ordinaria de su combate. Algunos exponentes de la bambolla parlamentaria deben pensar que gritando sus soflamas ganarán en razón. Pues no, habría que decirles: baja el tono de tu voz y mejora los argumentos. 

La polémica y el silencio, dos maneras de luchar en el combate de las ideas. Es absurdo creer que la libertad de expresión lo ampara todo; o, incluso, podríamos decir que en el supuesto de que fuera verdad -que lo amparara todo-, no está escrito en ningún lugar que la libertad de expresión no esté obligada a respetar la dignidad del adversario y de la institución escenario del debate. A veces hay silencios que tienen más fuerza que un grito. O palabras pensadas y reflexivas que caen como puños, renunciando al refugio huidizo del insulto. Dejemos esto para los totalitarismos de los que queremos escapar, para cobijarnos en el combate apasionado pero contundente, sereno y constructivo, de las ideas ganadoras. Brillantes argumentos de autoridad, de uno de los padres de nuestra Constitución.

A mí, el grito me parece una forma de expresión primitiva que debe ser proscrita. Y lo está por los usos en las sociedades más evolucionadas. El grito es anti intelectual. ¿Quién puede imaginarse a Sócrates dando voces? Hoy la civilización es una lucha contra el ruido. La algarabía es barbarie, confusión del argumento con la fuerza, y más un desahogo zoológico que un comportamiento racional. Son cosas del todo ajenas a la buena y sana política. Nos queda mucho por hacer. Unos con actividad política directa, y otros sencillamente en cuanto ciudadanos, todos tenemos deberes y derechos cívicos que son indeclinables: racionalizar la vida, y muy especialmente la política, una realidad todavía caóticamente enturbiada por el tráfago de las ideologías, los resentimientos, los mitos, las pseudo profecías y las pasiones. No cultivemos la insensatez, sino la cordura. Hay que estar dispuestos a pactar con los que piensan distinto. Considerar los costes del desacuerdo nos debiera impulsar a trabajar juntos.

La idea de la política como diálogo y la negociación como método de trabajo. Política de problemas reales, podría ser el lema. No es tiempo para discusiones sobre formas puras, más que en la medida en que las formas sean cara externa de los concretos contenidos. Y éstos no pueden quedar en segundo plano, velados en la oscuridad, tapados por el brillo de las formas exteriores. Huyamos de la tentación de “atrincherarnos”. Se hace urgente reiterar con nuevo lenguaje las razones para un proyecto sugestivo de vida en común. Sumar a todo trance y no dividir. Buscar lo que une antes de fijarse y hurgar en lo que nos separa. Coordinar los esfuerzos afines hasta donde sea posible. Y esto sin ceder en lo esencial, sin pactar alianzas corrosivas, sin traicionar por malicia, por ingenuidad, por error, o por torpeza. Política organizada y desarrollada con sentido de la realidad, con conocimiento concreto de los problemas a resolver y de las efectivas condiciones en que se encuentra el lugar donde la actuación ha de realizarse, y de los elementos -tanto personales como materiales- con que se cuenta.

Y un elemento decisivo, tan ligado a la esperanza que casi se confunde con ella, que en rigor la hace posible: la ilusión. El escepticismo es una técnica de ocultación de sí mismo y del mundo. Vivimos una desconcertante etapa de destrucción de mentiras. Inmersos en una cultura con demasiadas verdades inanes, o de pura pirotecnia mental. Toda gran política exige inexorablemente un alto pensamiento que la respalde, oriente y condicione cuando se queda encerrada en la apetencia inmediata, la especulación superficial y el oportunismo. Convencidos de que sólo unas políticas auténticamente humanas -es decir, pensadas y realizadas a imagen del hombre- pueden procurarnos una sociedad más digna y más justa. 

Volver a poner un poco de gracia en nuestras vidas funcionales, algo de decoración en nuestros edificios, algún encanto en nuestras ciudades catastradas y, sobre todo, algo humano en lo social, ¿no creéis que ése sería también un buen medio de darles a los hombres un poco de alegría, de felicidad y de amor? ¿Pues qué ha hecho el hombre para superar el instinto del animal, para humanizar el amor? Lo ha recubierto de estética; le ha dado un lenguaje, gestos, adornos, símbolos y ritos. Toda cultura crea valores, cuya conservación y transmisión necesarias crean tradiciones. Afortunadamente, todavía nos queda la Navidad.

Publicado en "Diario de León" el martes 4 de diciembre del 2018: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/cultura-acuerdo_1297169.html

viernes, 23 de noviembre de 2018

Amo a España.

La España moderna y contemporánea ha sido objeto de muy mal trato historiográfico: algunos se han solido ocupar de nuestro pasado con una extraña mezcla de resentimiento y desprecio que ha dado lugar, entre otras cosas, a la llamada “leyenda negra”. No conozco ningún otro país en tan desfavorable situación historiográfica. Es una corriente que tiene remotos precedentes en la psicología hispana, pero que sólo adquiere volumen y carta de naturaleza a partir del siglo XIX. Durante demasiado tiempo ha sido de buen tono decir pestes del propio país. Esto es lo grave de este asunto: no su aparición aislada, sino su elevación a norma y a uso social. Es un talante acongojado y pesimista el que late bajo todo esto.

Una cosa es el enérgico propósito de perfeccionamiento colectivo, y otra el morboso regodeo, o el distanciamiento insolidario ante los males nacionales. Algunos llevan sobre los hombros la carga de un insoportable complejo de inferioridad. La ignorancia histórica es la causa de un incalculable número de errores y de la mayor parte de los abatimientos y desánimos; por eso la fomentan los que quieren desmoralizar a los pueblos y dejarlos indefensos y manejables. España no-es-cualquier-cosa. Sino un país que ha dado no pocas pautas al mundo y ha contribuido enérgicamente a hacerlo. Es allende los mares donde se adquiere conciencia de la gigantesca obra de España. En América, Asia y África fuimos el brazo del mundo civilizado. Y, en muchas ocasiones, desde aquí. Para quienes somos aficionados a la historia, hay nombres como, por ejemplo, Oviedo, Astorga, León, Benavente, Salamanca, Tordesillas, Toro, Simancas o Medina del Campo, que nos suenan no a ciudades concretas, sino a acontecimientos. Son nombres más históricos que geográficos. Ciudades que dejaron huella. El desconocimiento o el olvido -o la deformación- de la historia impiden ver realmente lo que se tiene delante, lo que se cree ver; esto esteriliza gran parte de los viajes, tan frecuentes en nuestro tiempo, del turismo. Viajes inútiles. La ignorancia es mucho más destructora de lo que se piensa.

Porque la patria no es sólo un contenido geográfico, o una solidaridad sentimental con los muertos y con los que en el porvenir han de vivir sobre esta tierra nuestra, sino que es también -y fundamentalmente- una tradición de cultura, una armónica continuidad, que resulta por definición algo unitario. Una cultura es una forma de vida. Amo a España, pero no me gusta lo que barrunto. España está en una grave encrucijada: si mantiene la misma mentalidad que en los últimos años, su aventura histórica está tocando a su fin. Si no encuentra otro estilo de pensar, no podrá mantener su estilo de vivir. Es respecto al modo de aplicación de los principios en lo que puede surgir más fácilmente la confusión, el error, el desacierto, bien por las debilidades y pasiones de los hombres, o bien por la falta de criterio y de ideas claras, tan frecuente en las gentes que no tienen una muy segura formación. Los egoísmos nacionales -caricatura del verdadero patriotismo- son causantes de las guerras y del cruel olvido de los pueblos. Es inquietante el resurgimiento de la vieja tentación española de los “reinos de taifas”, del particularismo y la insolidaridad. Aquí la imagen del mal se disimula con docenas de explicaciones tan incompletas como insensatas. 

Reflexionemos sobre esta trágica situación para no repetirla. Se comienza perdiendo la batalla de las ideas. En política, lo mismo que en cualquier otra actividad noble, las cosas empiezan en la cabeza de un pensador. Cuando pasen unos años y se pueda examinar con perspectiva y objetividad el momento cultural español, se encontrará ridículo ese tono engolado y magistral con el que hoy necesitan encubrir la estrechez de su pensamiento quienes pretenden hacerse pasar como exclusivos definidores de la realidad. Estoy aburrido de tanto mirar hacia atrás. No es posible caminar con desenvoltura y con garbo llevando vuelta la cabeza. Creo que todos los males de nuestro pueblo nacen de su escaso nivel lógico, de su proclividad a comportarse movido por la pasión y no por la razón. Esta es la clave, y no me cansaré de insistir en ella. No cultivemos la insensatez, sino la cordura. 

Amo a España, aunque no-me-gusta-como-caza-la-perra. Las ideologías políticas contemporáneas, aunque no siempre lo proclamen explícitamente, tratan de imponer una especie de culpa o mala conciencia a los discrepantes. Siempre me parecerá poco cuanto se diga contra el irracionalismo, permanente tentación zoológica de la especie humana. Pero no soy pesimista, porque estoy convencido de las inmensas posibilidades de perfeccionamiento que poseemos las personas. Salir al encuentro de los problemas es una manifestación de esperanza. Asumo con todas sus consecuencias la herencia nacional, avergonzado de sus flaquezas y orgulloso de todas sus glorias. Debemos asumir el pasado de España como asumimos nuestra genealogía, con orgullo crítico y optimismo creador. Debemos intentar el conocimiento de los hechos sin destrozarlos con nuestros apriorismos. Debemos amar a la patria como parte de nuestro mundo, sin angustias vitales. El día en que nos rasguemos las vestiduras no ante las flaquezas de la naturaleza caída, sino ante la intención aviesa, la resentida envidia y la falta de caridad, habremos atajado la auténtica causa de nuestra secular decadencia moral.

Publicado en "Diario de León" el jueves 23 de noviembre del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/amo-espana_1294278.html

martes, 10 de julio de 2018

Tu mejor versión.

Todos-los-días se está decidiendo la competición del progreso, del nivel de vida y de las oportunidades de la vida de cada individuo y de las naciones. Por eso hay que vivir atentos, en alerta. Es conocida la afición japonesa por el pescado crudo, por el famoso “sushi”. Pues bien, para que los peces se mantengan frescos desde que son capturados hasta llegar a puerto, me contaron que los grandes buques pesqueros japoneses introducen en los depósitos pequeños tiburones que, lógicamente, se comen unos cuantos peces, pero a los demás los mantienen alerta durante todo el trayecto. Llegan al destino como recién pescados en alta mar, fresquitos. Otra versión de nuestro “camarón que se duerme…”. La forja del carácter y el desarrollo de la personalidad consisten, en parte principal, en el dominio de uno mismo, al servicio los demás. Nos encanta hablar de valores y, menos, muchísimo menos, de virtudes. Porque nos exigen compromiso. Los valores son generales, las virtudes personales.

En el concepto que se tenga de la naturaleza humana está la raíz de la visión de los problemas sociales y políticos. Rousseau inventó aquello de la-bondad-innata-del-hombre, estaba convencido de que el ser humano tenía una predisposición a la bondad echada a perder por la organización del mundo. Era la sociedad la que le hacía malo. Así pues, no se trataba de cambiar -de mejorar- al hombre: el hombre estaba sano y no era necesario cambiar nada en él. Eran las instituciones lo que había que cambiar. Me cuesta esfuerzo aceptar opiniones que, por lo extendidas, aceptadas e indiscutidas, acaban siendo lugares comunes, y a fuerza de verlos repetidos una y otra vez, pasan por ser la expresión de verdades no sólo indiscutidas, sino indiscutibles. ¿No tenemos derecho a dudarlo? Lo cierto es que de esta encrucijada no se sale, si se penetra en ella con la moral del vencido. Es necesaria una nueva aventura del pensamiento.

Se ignoran los propios deberes, se transfieren las responsabilidades a otras instancias. La suma de abdicaciones personales en el terreno del deber, del estímulo, del esfuerzo, de la responsabilidad, tiene una víctima inevitable: los “otros”, la sociedad. El individualismo es un falso humanismo. El humanismo no es una ideología. es una actitud y un ideal. Hombres y mujeres de distintas ideologías pueden coincidir en él. Sus fundamentos y posibilidades nos obligan a cultivarlo y a proyectar su luz, participando en el esfuerzo común de cuantos sienten la solicitud por el hombre. Primacía del hombre, pero el hombre con deberes y, entre ellos, los que se refieren a la vida social. El bien común consiste en la plenitud de los derechos humanos.

La ocurrencia roussoniana del hombre naturalmente bueno ha llevado, por ejemplo, a sobrevalorar la espontaneidad en la educación de los jóvenes y a olvidar que sin esfuerzo ninguna obra fue hecha. No es desdeñable el desolador efecto de aquellas corrientes pedagógicas que parecen recrearse en el olvido y aún la negación expresa de toda educación del esfuerzo, descuidando así uno de los principales fines a conseguir: la formación adecuada de la voluntad humana. Es más fácil y más cómodo creer en el hombre bueno por naturaleza, que asumir la propia responsabilidad (todos la tenemos) por los hechos propios y ajenos. Por encima del estatus de ciudadano, más allá de las leyes y de las realidades sociológicas, el hombre que tiene afán de plenitud se compromete, de forma más o menos explícita, a realizarse personalmente, a entregarse a los demás y a servir a la sociedad. Este tipo de compromiso me parece vitalmente más importante que toda explicación contractual o pactista sobre el origen de la sociedad. Los derechos y deberes me son dados: debidos o exigidos. El compromiso se asume desde una voluntad de perfección y superación. Se trata de una ciudadanía activa, no ya sólo en lo que toca al ejercicio de los derechos políticos, sino en el sentido más pleno de la expresión. La sociedad necesita, en el sentido más ético de la idea, de la condición heroica. Voluntad de llevar el deber más allá de lo exigible, es decir, allí donde deja de ser deber para ser heroísmo.

Lo más decisivo es el fondo de las cosas, los contenidos y prácticas efectivas, y, sobre todo, los pensamientos y propósitos esenciales. Una revolución más ardua, pero también más asequible que cualquier otra: porque es una revolución que le dice al hombre que su enemigo no es su vecino, sino que su enemigo es él mismo. Que los causantes de nuestros mayores tormentos somos nosotros mismos, el desorden de nuestro corazón, la oscuridad de nuestra intimidad. Una invitación al cambio más rotundo, una invitación al cambio interior. Después, por supuesto, cuando el hombre cambia, pueden cambiar muchas cosas: cambian -de hecho- muchísimas cosas que urge mejorar. Revolución personal en cada uno: el cambio -la mejora- de la propia vida, para dar a los “otros” nuestra mejor versión.

Publicado en "Diario de León" el domingo 9 de julio del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/mejor-version_1261965.html

martes, 26 de junio de 2018

Una veleta por cabeza.

Mi amigo Víctor Díaz Golpe es un personaje singular: científico, empresario, economista, escritor (recomiendo leer su libro “El camino hacia el sol. Economía, energía, medio ambiente y sociedad” que pretende ser un punto intermedio de encuentro entre lo técnico y lo divulgativo, haciendo hincapié en la relación existente entre la economía, el consumo de energía y el medio ambiente, así como las repercusiones de estos tres factores sobre la sociedad y la calidad de vida de la población). Hace poco se quejaba en uno de sus escritos que, viendo lo que hay, muchos de nuestros conciudadanos parecen tener una-veleta-por-cabeza. Me hizo gracia la expresión; y, también, me ha hecho pensar: sobre la importancia de tener bien “amueblada” la cabeza.

La desorientación de la opinión pública. Una preocupante realidad. Hasta hace muy poco tiempo no existían los formidables medios de comunicación con que ahora contamos. De vez en cuando leemos o escuchamos comentarios procedentes de personalidades evidentemente excepcionales, que nos sorprenden por su ingenuidad, ligereza y falta de profundidad. Una de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La ley, en democracia, garantiza a los ciudadanos la libertad de expresión; no les garantiza ni la infabilidad, ni el talento, ni la competencia, ni la probidad, ni la inteligencia, ni la comprobación de los hechos. Un medio de comunicación independiente no significa, necesariamente, objetivo o veraz. Tampoco la independencia garantiza la honradez, ni la competencia profesional de sus redactores. El hombre de nuestro tiempo es el más acosado de la historia por los datos, las opiniones y juicios de valor puestos en circulación.

No hay mayor fuente de conflicto que el mal uso de la lengua. Probablemente no sea tan malo golpear a alguien o privarle de todos sus bienes como mermar la buena opinión que se tenga de él, porque es propio de la naturaleza del hombre aferrarse a su honor con más tenacidad que a cualquier otro bien natural. Las discusiones causan buena parte de la infelicidad, especialmente, en las familias. La situación se complica cuando aumentamos el volumen de nuestra voz en vez de esforzarnos por mejorar nuestros argumentos. Hablar es gratis, pero, como habitualmente sucede con lo que no nos cuesta, al final, puede salirnos caro. En inglés la expresión “to hold one’s peace”, conservar la paz, significa guardar silencio. Tenemos una boca y dos oídos, lo que indica una proporción de dos a uno, que debiera valer también para el hablar y el escuchar.

Hay que estudiar, hay que leer, hay que apreciar el pensamiento ajeno. El intelectual es un testigo de las preocupaciones históricas del hombre. Es un testigo que sabe expresarlas. El intelectual es, por esencia, un rebelde. Se rebela contra la condición humana actual y, por tanto, contra los poderes que la engendraron. Ahora empieza, vehemente y revolucionaria, la crítica contra la democracia. Lo importante para el intelectual de los tiempos nuevos, no es interpretar el mundo, sino cambiarlo. La existencia humana es tiempo. Lo cierto es que el intelectual piensa que la condición humana presente debe mejorarse.

La propia naturaleza del hombre destruirá lo que hay de utópico en la llamada “revolución tecnológica”, porque todas las utopías son realizables salvo la de lograr una plena satisfacción del hombre. El hombre es, por sí mismo, insatisfacción. Sin ella no habría historia. Los ideales políticos le están fallando, han perdido eficacia. Quizá haya fórmulas más humanas, más auténticamente humanas. Quizá lo que se nos da ahora como verdades políticas, con pretensiones de universalidad, no sean más que moneda sin valor. Esta supra valoración de lo tecnológico es peligrosa. Es necesario que, a la par que los nuevos conocimientos técnicos, se cultive, en la sociedad contemporánea, lo que de humano hay en el hombre. No es fácil. Sabio es el que sabe sobre el hombre. Los demás saberes, por importantes que sean, pertenecen a un plano distinto. En otros tiempos, el hombre se sentía atraído por el ideal de la belleza o la bondad; hoy sólo le atrae “lo nuevo”. El ser humano necesita para existir del contacto con el mundo, las cosas y los hombres; y no como un contacto cualquiera, sino amoroso. No cabe una ética sin “el otro”.

Recuperar al hombre: un reto que viene estimulado por las consecuencias inhumanas de la insolidaridad, de la violencia, de la destrucción de la naturaleza, de los excesos de la ciencia y de la tecnología y de los muchos agobios que genera la barbarie. Los egoísmos nacionales -caricatura del verdadero patriotismo- son causantes de las guerras y del cruel olvido de tantas personas. Aquí la imagen del mal se disimula con docenas de explicaciones tan incompletas como insensatas. Estoy convencido que sólo unas políticas auténticamente humanas pueden procurarnos una sociedad más digna y más justa. Ya que la imaginación no ha llegado al poder es preciso que el poder tenga imaginación. Creo en la esperanza humana de un mundo mejor.

Mi amigo Víctor es un buen conversador. Cada vez que nos vemos tengo la sensación de haber tenido la suerte de aprender dialogando con una persona interesante. En cierto modo, las personas somos lo que leemos y lo que escuchamos. Lecturas y conversaciones son nuestros principales nutrientes. Por tanto, si leemos buenos libros y procuramos tener buenas conversaciones el resultado será una cabeza bien “amueblada”. Hay otras combinaciones posibles pero la más peligrosa es cuando leemos basura y escuchamos basura, porque el resultado será una cabeza llena de... basura. Con todas las consecuencias que ello tiene en nuestra vida y, también (conviene no olvidarlo), en las vidas de las personas con quienes convivimos. Aprovechar el tiempo y elegir -con criterio- nuestros libros e interlocutores es esencial para una vida lograda.


Publicado en "Diario de León" el lunes 25 de junio del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/veleta-cabeza_1259043.html

domingo, 27 de mayo de 2018

Lo que nos une.

Emmanuel Macron se ha propuesto devolver la sonrisa a una Europa deprimida, avivar la lánguida llama del europeísmo. Su discurso ante el Parlamento Europeo me parece inspirador: no quiere pertenecer a una generación de sonámbulos que ha olvidado su pasado, y alerta sobre los peligros de una especie de guerra civil europea donde nuestras diferencias y egoísmos nacionales parecen más importantes que lo que nos une frente al resto del mundo. 

Europa como forma de vida. Pero he aquí la magia creadora del lenguaje. No es posible delimitar ni geográfica ni históricamente el contenido del sustantivo Europa, pero el adjetivo “europeo” se nos impone con especial fuerza de presencia. Vago, difuso, pero presente, adhiriéndose firmemente a las entretelas del pensamiento. ¿Qué significado tiene ese adjetivo? ¿Existe algo peculiar en el modo de vivir que podamos calificar de “europeo”? La palabra al servicio de la idea. El papel histórico de Europa es el de haber sido germen de todas las grandes ideas que ha producido la civilización occidental, todas las ha ensayado en sí misma. El clasicismo griego, el orden romano, el impulso de los germanos y el espíritu del cristianismo son raíces del tronco común, que llamamos “cultura europea”. La persona empieza a descubrirse en el mundo griego, pero sólo madura a través de la experiencia cristiana. Nunca la dignidad de ser hombre se esclareció de modo tan luminoso. Se descubrió persona, la que tiene derecho a existir por sí misma, sin responder ante nadie en este mundo. Una cultura es una forma de vida.

Pero para que el proceso de unidad de Europa sea fecundo, para que Europa sea una realidad política en marcha, los europeos -y sus representantes- debemos actualizar y unirnos en torno a nuestros valores. El diálogo sobre los valores, uno de los problemas críticos de nuestro tiempo. Hay una subestimación de los valores producida por el sentimiento de que han perdido eficacia. Lo que no cabe es hacer análisis, crítica, política sin apoyarse en valores. El "está bien" o el "está mal" sólo cuentan en la medida en que están respaldados por un profundo bagaje de saberes, experiencias y convicciones. No es un tema menor: en el concepto que se tenga de la naturaleza humana está la raíz, la visión -y posibles soluciones- de los problemas sociales y políticos. El hombre no vive en sociedad por medio de un “contrato”, sino por una exigencia primaria de su modo de ser.
Este asunto es de tal envergadura que no podrá taponarse nunca con buenas palabras, con argumentaciones sutiles, ni siquiera con las más inmejorables intenciones. Es la hora de la buena política. Hombres y mujeres concretos, de carne y hueso. Serenos, valientes y resueltos. En un trance tal, la personalidad egregia tiene función de capitanía. Y su triunfo estará en que sepa sumar a los demás en torno. De ahí que, en última instancia, el secreto del éxito del hombre grande -del líder- esté en su capacidad de ganar colaboraciones. Sumar a todo trance y no dividir. Buscar lo que une antes de fijarse y hurgar en lo que nos separa. Coordinar los esfuerzos afines hasta donde sea posible. Y esto sin ceder en lo esencial, sin pactar alianzas corrosivas, sin traicionar por malicia, por ingenuidad, por error, o por torpeza. Otra rápida consideración. Una empresa cualquiera, de cara al futuro, ha de atender con primordial cariño a quienes en sí mismos son los portadores del porvenir. A los jóvenes. Una máquina que haya de funcionar por un tiempo decente, y más si ha de hacerlo en circunstancias difíciles, no ha de montarse con piezas gastadas, con ruedas mal forjadas en aceros sin temple o melladas por el mordisco del tiempo. He aquí todo un espléndido horizonte de acción individual para quienes sean conscientes de lo difícil, complicado y arduo que es levantar un futuro.
No es tiempo ya de creer que los problemas concretos de la vida de cada país puedan ser resueltos cerrando las puertas al exterior, ni en lo económico y técnico, ni en el campo de las ideas. Europa está en una grave encrucijada: si mantiene la misma mentalidad que en los últimos tiempos, su aventura histórica está tocando a su fin. Si no encuentra otro estilo de pensar, no podrá mantener su estilo de vivir. Las crisis pasadas eran crisis cargadas de esperanzas. La característica esencial de la crisis presente consiste, precisamente, en la ausencia de esperanza. En todo este galimatías, a veces, en nombre de la libertad nos han arrebatado nuestras libertades. El mundo nunca será perfecto, porque el ser humano no lo es. Lo que siempre puede hacerse es tratar de comprender lo más posible y no maltratar a nadie. Por ello es razonable una invitación deliberada al optimismo, a través del redescubrimiento y actualización de verdades. Confiando en la fuerza creadora de la libertad, en la entrega generosa y total de personas audaces. Luces claras en las inteligencias y en las conductas. Lo cierto es que de esta encrucijada no se sale, si se penetra en ella con la moral del vencido. Es necesaria, en el europeo, una nueva aventura del pensamiento.

Publicado en "Diario de León" el sábado 26 de mayo del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/une_1251864.html

domingo, 1 de abril de 2018

Educar en el tiempo libre.

Un año más, en esta ocasión el primer sábado del mes de marzo, disfruté con el Certamen de Comedias Musicales organizado por la Asociación Tamaral Joven en el Auditorio Ciudad de León. En este Certamen de Comedias se han ido presentando, a lo largo de seis años, numerosas obras teatrales y musicales, y todas, siempre, con la idea común de fomentar la educación en valores como trabajo en equipo, compromiso, responsabilidad, respeto a los demás. Cada año han participado asociaciones de otras regiones de España como Galicia, Asturias, Cantabria, Navarra, y de otras provincias de Castilla y León. Se presentan obras originales o adaptadas, con una duración no mayor de quince minutos y donde el jurado califica principalmente la interpretación, puesta en escena, la combinación entre teatro, música y coreografía, originalidad, vestuario, decorado y diversión con propuesta formativa. Los certámenes de Comedias Musicales no tienen ánimo de lucro y éste, al igual que los anteriores, ha tenido un fin solidario. En esta edición, los beneficios se destinaron a Cáritas.

La Asociación Tamaral Joven lleva muchos años promoviendo y organizando actividades culturales, deportivas y artísticas dentro de ese magnífico ámbito formativo que es el ocio y el tiempo libre. El teatro tiene características formativas y educativas muy significativas. El teatro es una muy buena actividad para que las jóvenes disfruten en su tiempo libre. Gracias al teatro aprenden a socializar con otras compañeras y aumentan su autoestima, se desarrolla el trabajo en equipo, el respeto por los demás, la educación en valores, el sentido del compromiso y la responsabilidad. Todas las participantes tienen en común que pertenecen a asociaciones creadas y promovidas por padres de familia como respuesta a la preocupación por la educación de sus hijas en valores humanos y que apuestan por un desarrollo integral de la persona, completando la educación que reciben en la familia. En estas asociaciones los padres encuentran un espacio donde sus hijas se divierten a la vez que aprenden, hacen amigas, se forman como personas, desarrollan su propia personalidad y se capacitan para vivir una vida feliz. El objetivo de las actividades es que aprendan a trabajar en equipo, siendo generosas, leales y tolerantes con las demás. Y todo esto en un ambiente alegre que las anime a comportarse y divertirse sanamente. En definitiva, impulsan el talento juvenil a través de actividades extraescolares o after school programs.

Me parece que este tipo de asociaciones están desarrollando actividades muy interesantes y de un impacto social muy positivo. Iniciativas promovidas para jóvenes, que quieren despertar el interés por lo cercano a través de la observación, la reflexión, el estudio, la creatividad, la innovación y la acción. Fomentar la sensibilización social, el desarrollo del pensamiento crítico, la apertura a la diversidad y el interés por la responsabilidad ciudadana. Tienen un objetivo que -por su vanguardismo- ha llamado especialmente mi atención: promover el empoderamiento de las niñas en el área de STEM (un acrónimo en inglés de science, technology, engineering y mathematics. Es el equivalente en español de CTIM el acrónimo que sirve para designar las disciplinas académicas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Hace falta. En general, en este ámbito, hay una diferencia de conocimientos y habilidades entre hombres y mujeres; lo que en lenguaje políticamente correcto se denominaría una-brecha-de-género.

Y más allá de los conocimientos técnicos fomentan el desarrollo de habilidades que suponen otros beneficios para las personas, que contribuyen a su bienestar como ciudadanas conscientes y solidarias en su entorno. Por ello promueven las actividades que fomentan la visión social y colaborativa. No quieren dejar fuera del alcance de las jóvenes la oportunidad de comprobar cómo a través de la solidaridad, con su trabajo y compromiso, es posible cambiar situaciones desfavorables. Cómo, en un mundo cada vez más individualista, la colaboración y la solidaridad son imprescindibles. Potenciar el talento juvenil para descubrir y solucionar las necesidades de las personas. Tratar de fomentar en las jóvenes una actitud de mirar más allá de uno mismo. Intercambiar experiencias, debatir sobre algunos problemas sociales actuales, aprender a reflexionar, descubrir diferentes formas de pensar con una visión de acogida y buscar soluciones que se puedan implementar.

En fin, es gratificante encontrarse con ejemplos tan edificantes de asociacionismo juvenil que estimulan el talento, la iniciativa emprendedora, la generación de ideas y la toma de decisiones. Que motivan a los jóvenes hacia el esfuerzo y el trabajo en equipo para conseguir sus logros. Impulsan las habilidades de comunicación. Despiertan la sensibilidad social a través de ayudarles a descubrir su personal y mejor modo de aprender, de enfrentarse y resolver los problemas, de generar entusiasmo por lo que hacen y saber cómo pueden influir positivamente en el entorno llegando a ser agentes de cambio. Realizan actividades diversas que contribuyen a formar a la persona en su integridad desde unos valores como son el respeto, la libertad, la solidaridad y el trabajo: construir una cultura solidaria y de servicio. Convivir, no coexistir. Coexistir, es compartir territorios y servicios, yuxtapuestamente, sin coordinación e identificación alguna. Vivir juntos, convivir, es hacer en común unos por otros y tener una identidad de grandes objetivos.


Publicado en Diario de León el viernes 30 de marzo del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/educar-tiempo-libre_1238200.html

domingo, 14 de enero de 2018

México: la alegría de vivir.

Hace unos días fui al cine a ver “Coco”, la última película de Pixar y Disney inspirada en la festividad mexicana del Día de Muertos. Me encantó. Disfruté-como-un-niño. Desde el comienzo la película me cautivó: la caracterización de los personajes, su forma de hablar que tantos recuerdos me evocó… Los paisajes, la puesta en escena, el ritmo, la luz. Tuve la suerte de vivir en México y para mi esta película ha supuesto un “remezón” emocional. Siempre me llamó la atención la alegría de vivir de los mexicanos y su amor a la familia que, finalmente, es el tema de esta película.


México es un gran país y será una potencia cuando-le-dejen-ser; sobre todo, su vecino del norte, el gran beneficiado del actual status quo. México será un referente internacional cuando se sacuda esa especie de complejo de inferioridad que le lleva, con frecuencia, a correr detrás de cada moda pasajera para que no le llamen anticuado, subdesarrollado o cualquier otra estupidez por el estilo. Cuando su economía esté, verdaderamente, al servicio de las personas y acabe con un sistema que supone una privatización fabulosa de beneficios, para unos pocos, y una escandalosa socialización de pérdidas, a cargo de la gran mayoría. México tiene futuro porque sus gentes son, mayoritariamente, felices: alegres. No encontrarás una persona feliz que no sea alegre. Y ello a pesar de las dificultades, que las sufren y mucho. Dificultades, grandes o pequeñas, que, como a todos, nos ponen a prueba muchas veces. Puede que incluso lleguen a hacernos tambalear. No obstante, si sabemos superarlas nos harán más fuertes, más capaces, más decididos. Así son los mexicanos.

En ocasiones, quien habla de la felicidad o del amor es sospechoso de ingenuidad, de aislamiento. Como que no está en contacto con la vida; como si llegase de tierras desconocidas, hablase palabras que ya la experiencia demuestra que -aquí- son palabras traidoras, derrotadas. Hace tiempo hablaba con un amigo sobre el día-a-día de la familia, sobre la diferencia entre “nadar y convivir”. Convivir es una tarea no siempre sencilla. Nadar puede ser duro, pero es un esfuerzo lineal. No sé si me explico: es un esfuerzo en el que cabe el entrenamiento más o menos de repetir las cosas. Convivir... es un asunto de gran variedad, donde hace falta una atención múltiple y un cuidado siempre nuevo. Para poder convivir largo tiempo hace falta aprender a sobrellevarse. Amar es disponerse a una tarea en la cual nos sobrellevamos los unos a los otros. El amor es una larga tarea. No sólo un inicial arrebato, ni sólo una especie de estremecedor descubrimiento parecido a un hechizo.

Sin humildad no puede sobrevivir el amor, el amor está amenazado. Cuando alguien es humilde -o lo intenta- no es que sea ciego para los defectos de los demás, es que está atento a los propios y se da cuenta de que en muchos choques y en muchos encuentros es muy difícil que un árbitro pueda decir: la razón está de esta parte, y la falta de razón, en su totalidad, está acaparada por esta otra. La humildad nos hace ver que todos tenemos defectos, todos tenemos culpas, y, frecuentemente, en toda situación de roce o de choque, las culpas están, generalmente, repartidas de una manera aproximadamente proporcional. Por eso, si soy humilde -si, al menos, lo intento-, puedo darme cuenta de que tengo defectos, y que, en mi familia, me sostienen y me ayudan. Si a mí me sostienen, si a mí me ayudan tanto, yo también puedo sostener y ayudar. Si yo tengo defectos, los demás los tienen también. Sobrellevarnos. La humildad hace que yo me deje ayudar, y que esté dispuesto a prestar ayuda; hace que yo me deje perdonar y me predispone, por tanto, a perdonar.

Pero para amar también hace falta paciencia. La paciencia, me temo, actualmente es una virtud no bien conocida. Para algunos, paciencia es sobre todo resignación. No: paciencia es alegre coraje. Paciencia es ponerse a una tarea que se sabe larga y duradera. Es necesario que la paciencia sea un alegre coraje, una determinación de perseverancia en el amar, de seguir amando por encima de los obstáculos, de las dificultades, de las desilusiones... Ayudándonos unos a otros. Cuando alguien es consciente de sus propios defectos, la tarea de convivir es mucho más una tarea de compañerismo: es familia. Y se celebra el triunfo del otro, y se sabe disculpar y disimular la derrota, porque se sabe que también para el otro llegarán tiempos de victoria. Importa vivir esta actitud, que tiene honda relación con el amor auténtico: la actitud de la humildad, que nos enseña que todos somos defectuosos y que nos necesitamos mutuamente. En fin, esto es la vida en familia: el lugar donde -siempre- somos un “yo” para alguien.

Publicado en "Diario de León" el domingo 14 de enero del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/mexico-alegria-vivir_1218437.html

sábado, 18 de noviembre de 2017

Andar en bicicleta.

Hace algún tiempo, La Sra. Eustasia (qué pozo de sabiduría…) me contó que una vecina, que caminaba por La Condesa, se encontró con que se le venía encima un chico joven montado en una bicicleta, y cómo el chico atropelló a la mujer y cayeron los dos al suelo. Y la mujer le dijo al chico: "¡Pero hombre...! ¿Es que no sabes tocar el timbre?". Y el chico le dijo: "¡Tocar el timbre, sí sé; lo que no sé es andar en bicicleta...!". Estos días recordaba esta anécdota pensando en la facilidad que tenemos las personas para olvidar lo más importante. Creo que esta breve y jugosa historia nos podría servir para enfocar nuestra vida: no vaya a ser que uno esté atento a lo accesorio y no esté preocupado de lo más importante.

Uno de los peligros que actualmente nos amenaza con más insistencia es el que terminemos dando más valor a las cosas que a las personas. Que las cosas se nos presenten cada vez con nuevos atractivos, y que, sin embargo, las personas vayan quedando en una creciente oscuridad, borrosas y sin fisonomía precisa. Podemos descubrirlo, en cada uno de nosotros, si, aunque sea involuntariamente, nos hemos ido acostumbrando a medir a los demás, por ejemplo, por el dinero. Medimos las cosas por su precio. Y me parece que se está extendiendo también esa manera simplista y cómoda de ir poniendo etiquetas a las personas. De esta forma se podría pensar que muchos signos externos de riqueza son certeza de valía humana. Éste es un peligro que nos acecha a todos y que puede hacer incluso que se consideren como “valiosas” a personas únicamente porque han llegado a alcanzar logros económicos importantes. Y también que muchos se desanimen porque su "cotización" -esta palabra es una palabra quizá dura, pero hay que utilizarla para tener en cuenta que con este criterio se mide a veces a las personas- es una cotización baja, que les permite hacerse muy pocas ilusiones. Me parece que este criterio, que se ha extendido y se extiende mucho, es un criterio gravemente injusto, simplista, que hace que importantes cualidades de las personas queden olvidadas.

Las apariencias engañan. Nos encontramos, en ocasiones, con personas de apariencia común, de cualidades normales, que son perseverantes en la amistad, en el trabajo, gentes que viven en una constante e ininterrumpida lealtad, gentes que, a su alrededor, contagian alegría, serenidad; su vida se muestra a los demás como una luz, como una claridad, como un estímulo. Y, por el contrario, conocemos también gentes con grandes cualidades, de condiciones distinguidas, y que, sin embargo, dan la impresión de vidas descentradas, sobresaltadas, de vidas a las que falta un cierto hervor…

Hemos ido perdiendo la noción de lo que es valioso, y así estamos con frecuencia entretenidos y absorbidos en cuestiones que tienen una importancia muy secundaria, preocupados por la ausencia de algunos bienes materiales, y no sentimos el dolor, por ejemplo, de que nos falte capacidad para amar. No es raro encontrar situaciones en las que estamos lamentando la falta, no sé, del último modelo del "smart phone" de moda, por ejemplo, y no estemos, en cambio, echando en falta a los amigos. Todo esto corresponde a un modo de vivir, insisto, un poco impersonal. Parece que se está perdiendo la señal que podría ser para el hombre la presencia de los demás, el valor de la amistad. Parece que el hombre se ha ido, poco a poco, convirtiendo en mercancía para el hombre. A lo mejor, existe un poco de amistad, pero pensando en que quizá, más adelante, hará falta echar mano de esa amistad. Eso ya no es amistad...

A veces, estamos lejos de las realidades que podrían ser alimento de nuestro vivir mejor, como, por ejemplo, el contacto real con las personas para cultivar la amistad desinteresada, prestándoles atención por sí mismas, no como medios ni como instrumentos. Vivir con los demás, compartiendo, disfrutando: juntos. Todas estas cosas son energizantes. Pero no, todo esto nos queda lejos; y, mientras, estamos a veces divertidos, entretenidos en cuestiones de muy escaso alcance. Podemos empezar a construir una existencia distinta. Ahora. Hoy es siempre todavía.

Publicado en "Diario de León", el viernes 17 de noviembre del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/andar-bicicleta_1204376.html

jueves, 26 de octubre de 2017

El voto de Sosa Wagner.

Hace meses coincidí con el profesor Sosa Wagner en el mismo vagón del tren a Madrid. Él iba sentado en dirección contraria al sentido de la marcha, en una plaza de las que comparte mesa con otras tres, y yo frente a él, dos filas más allá. Desde que el tren se puso en marcha comenzó a leer, un libro en alemán; a continuación, otro en español. Una hora después se levantó, volvió a los pocos minutos, se sentó, sacó un cuaderno de su maletín y se pudo a escribir. Así estuvo durante casi otra hora. Un edificante ejemplo de aprovechamiento del tiempo.

Le observaba cómo escribía: es un declarado grafómano, todo lo escribe, dicen. He disfrutado leyendo varios de sus libros. La última vez, sus “Memorias europeas” (las leí en el verano del año 15): un delicioso relato en el que aprendí desde cuestiones relevantes sobre el funcionamiento de la administración europea, el poder de los grupos de presión (y con ejemplos concretos de cómo se las gastan) hasta cuál es una buena librería en Bruselas o Burdeos; donde se comen las mejores habas tiernas y chanquetes en Jaén, el mejor arroz en la playa de la Malvarrosa o el postre que uno no se puede perder en Estambul. Y también cuestiones más prosaicas como el motivo por el que suele lucir su pajarita. Todo ello aderezado con un caudal de anécdotas y de citas cultas.

Junto a él, pero al otro lado del pasillo, viajaba un joven ciudadano que por su aspecto -y por su olor- pareciera que la última vez que se aseó fue cuando los años empezaban por 19... Pasó el viaje despatarrado, a ratos durmiendo a ratos hablando por el móvil. Y entre una y otra “actividad” bebía de una lata cuya marca yo desconocía (nunca ha existido una época más fértil que la nuestra en la invención de bebidas novísimas y de nombres extraños), eructaba y durante un tiempo perdía la mirada en algún mundo paralelo… Volvía cuando sonaba su móvil: es cierto que las palabras matan más que los estoques. Sus conversaciones le retrataban: su ignorancia era demasiado honrada y deslumbradora. Y no me preguntes porqué, pero comencé a reflexionar sobre si era justo -razonable- que, en unas elecciones, el voto de D. Francisco Sosa Wagner tuviera el mismo valor que el de este personaje. Ahora entiendo por qué se dice que Churchill vacilaba en sus convicciones democráticas cuando conocía y hablaba con un elector.

Salí algo deprimido de ese ejercicio, pensando en lo que le espera a España con una juventud tan toscamente formada. Gentes con mucha información y poca formación. La democracia no es votar, es elegir: pero para elegir hay que conocer. Y el periodo formativo del hombre sólo acaba con la muerte. Nunca se sabe bastante ni se es suficientemente perfecto. La vida es una constante creación de la propia calidad. La técnica ha transformado radicalmente el régimen existencial del hombre. Actualmente se menosprecia lo cualitativo. Estoy en contra del relativismo cultural: somos iguales, pero no somos lo mismo. No podemos cerrar los ojos ante, por ejemplo, la humillación del velo, de la ablación, de los casamientos a la fuerza, o ante generaciones de personas -de electores- culturalmente averiadas. Lo importante para los esclavos del marketing y de la demoscopia, es cambiar el nombre a las cosas para ver si, de esta manera, consiguen cambiar la realidad. O sea, pervertir el lenguaje para pervertir la política. La existencia de instrumentos exteriores de configuración de la opinión ha concluido por modificar el alcance de la soberanía.


Los últimos acontecimientos en Cataluña están siendo una oportunidad para el redescubrimiento y actualización de verdades. Votar es democrático. Y también lo es decidir sobre qué no se vota y dónde reside la competencia para votar una cosa u otra. Con Franco no teníamos democracia, pero tuvimos muchos referéndums. Con diecisiete relatos de una historia común no hay país que afronte su futuro con garantías de éxito. En España hay, ahora, muchas personas que quieren la República como se quiere una corbata verde, sin saber por qué. La forma de estado no es tan importante: lo que importa es la calidad democrática del sistema.

Lo que no cabe es hacer crítica sin apoyarse en una tabla de valores, en unas convicciones. El crítico arranca de unos principios, califica según unos baremos previos. Desde tiempos de Platón se viene repitiendo que el pensamiento es un diálogo del alma consigo misma. Y así lo creo firmemente. Como creo también en la eficacia intelectual y política del diálogo con "el otro". Nuestro país está muy menesteroso de ambas cosas. Debemos de huir de la eyaculación panfletaria. Pienso que hasta las discrepancias más frontales y los juicios más adversos pueden    -deben- formularse con corrección, decoro y distancia. En estas circunstancias, tan delicadas, los comentarios deberían ser, al menos, dechado de objetividad, desapasionados, abiertos. En línea con los valores de nuestra cultura humanista: diálogo, libertad e inteligencia.

Todo ciudadano debe asumir su condición política, tener la posibilidad de votar a aquellas personas que representen mejor que nadie sus ideas, "mancharse las manos" y empeñarse en la lucha de mejorar la cosa pública. Contribuir -con su acción política y/o con su voto- a que el Parlamento esté lleno de ciudadanos que piensen que la política ha de servir para hacer posible lo que es necesario. Sin olvidar que no actuar es otra forma de actuar.

Publicado, en "Diario de León",http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/voto-sosa-wagner_1197968.html el lunes 23 de octubre del 2017: 

martes, 5 de septiembre de 2017

La suerte de vivir en León.

Tengo la suerte de vivir y trabajar cerca del río Bernesga a su paso por la ciudad de León. Seis, ocho, diez veces al día lo cruzo, en un sentido u en otro. A distintas horas, con luces diversas. Me encanta el Paseo de La Condesa con sus castaños, ahora anticipándonos sus frutos, ofreciéndonos la sombra que tanto se agradece en esta época del año. Hace meses que disfruto con las fotos de Andrés Martínez Trapiello: magníficas, de los rincones más entrañables y pintorescos de nuestra ciudad. Tomadas, habitualmente, a primera hora, cuando sale a pasear con Tosca; y publicadas en su Facebook, casi todos los días.

Hoy, temprano, crucé el Bernesga por la pasarela a ras del río. Me paré y miré las aguas tan cristalinas, la vegetación a ambas orillas. Paisanos pescando. Caminando, otros más rápido. Solos o acompañados. Todos disfrutando del paseo. Más allá, el puente de San Marcos. Si las piedras hablaran. Por allí han pasado y pasan, cada día, miles de peregrinos haciendo el camino. Durante más de veinte años, por razones de mi trabajo, he vivido en varias ciudades, en Europa y en América. No es presunción, quiero decir que sé de lo que estoy hablando: cuánta gente anhela disfrutar de lo que disfrutamos quienes tenemos la suerte de vivir en León. Cerca de la Pulchra Leonina, de San Isidoro, de la Plaza Mayor, de nuestros parques y jardines (¿cuándo fue la última vez que diste una vuelta por el parque de Quevedo?). No es común. Es cierto que falta mantenimiento (mucho), que la limpieza deja mucho que desear (en mi opinión, una de las prioridades de nuestra ciudad). Pero no toda la responsabilidad es de nuestras autoridades municipales: hay conciudadanos que no colaboran, que abusan. Esos mamarrachos que rayan las paredes con frases o dibujos absurdos. Por favor, no les llamen grafiteros, que eso los eleva, pareciera que les otorga una categoría de artistas que no merecen. Me enfado cuando paso por la orilla este del río y veo destrozadas las figuras de madera que con tanta gracia y singularidad embellecían el paisaje y eran juego y agrado para los más pequeños y sus acompañantes. Algún hijo-de-su-madre no tenía mejor cosa que hacer que arrancarles las crines a los caballitos, las patas a los cocodrilos y los cuernos a las vaquitas.


O cada año, por San Juan, al ver cómo la generación-más-preparada-de-nuestra-historia (no sé si reír o llorar) deja las orillas de nuestro Bernesga después del llamado botellón. Los mismos angelitos que durante el año te miran feo si te equivocas al depositar en una papelera una botella en el lugar del papel o donde la basura orgánica. Hipócritas. Nos molestamos cuando un perro defeca y su dueño no lo recoge, pero nada decimos cuando esos miles de bárbaros defecan y más junto al río, en las calles y en-los-portales-de-los-edificios-cercanos… O solicitamos a las administraciones más campañas para prevenir a los adolescentes de los males del alcohol y de las drogas, y, sin embargo, en esas “fiestas” son miles los menores de edad que, ante la pasividad de sus padres y autoridades, se ponen hasta el chongo. En fin, no quiero enturbiar el sentido de mis palabras, pero es que me duele que se ponga en peligro algo que quiero y valoro, ante la tibieza de propios y extraños.

León es una ciudad muy agradable para vivir. Y no sólo por su historia, por sus monumentos. León es una forma de vivir, de relacionarse, de convivir. Un estilo de vida. Lo triste es que, a medio plazo, incluso a corto, es probable que esta calidad de vida no sea sostenible porque los indicadores dicen que somos los primeros en ancianos, en bajas de larga duración, en pérdida de población o en menor crecimiento económico. Ante esta situación es inútil lamentarse. Lo que hay que hacer es actuar, democráticamente. Si León, durante las últimas décadas, ha dejado de ser lo que era -o lo que quisimos que fuera- en favor de ciudades como Burgos, Valladolid, Palencia… Pues es muy sencillo, como nuestros políticos no han hecho bien su trabajo: que pase el siguiente. Que-más-vale-malo-conocido-que-bueno-por-conocer. ¡A otro perro con ese hueso! Ese cuento ya nos lo conocemos: se llama voto del miedo y estamos sufriendo sus consecuencias. Afortunadamente, cada cierto tiempo, tenemos la posibilidad de elegir a los representantes que, según nuestro criterio, mejor van a defender los intereses de León o que, al menos, lo van a intentar. A su manera, ¡viva la libertad! Y, si no lo hacemos, para solaz de los actuales, daremos por bueno ese refrán que dice que cada pueblo tiene los gobernantes que se merece.

Publicado en "Diario de León" el domingo 3 de septiembre del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/suerte-vivir-leon_1185341.html

lunes, 31 de julio de 2017

Tiempo de pensar.

Hace unos días dialogaba con unos jóvenes sobre la diferencia que hay entre ver y mirar, entre oír y escuchar. Cada uno de nosotros está viendo constantemente un montón de cosas que están sucediendo a nuestro alrededor, y, sin embargo, nos pasan inadvertidas, como si no sucedieran. Sencillamente, no las miramos, no ponemos atención en ellas. La atención, pues, es lo que diferencia al oír del escuchar, el ver del mirar.

Hay otro modo de atención, el que nace no de la atracción exterior que sobre ella ejerza un estímulo adecuado, sino del libre querer. Es ese tipo de atención que se pone cuando algo nos interesa de verdad, independientemente de que nos atraiga instintivamente o no; es el caso, por ejemplo, del que se empeña en aprender letón o vietnamita, no porque le divierta saber idiomas o encuentre entretenido su aprendizaje, sino porque tiene un positivo interés en llegar a saberlos. Entonces es cuando, verdaderamente, se muestra la autenticidad de la actitud, en el sentido de que la atención es verdaderamente la manifestación positiva de un interés real, y no una mera apariencia que no responde a lo que significa. Un hombre puede hacer mucho por otro. Puede hacerlo casi todo, desde pensar por él hasta resolverle la vida. Pero hay una cosa, una sola, que nadie puede hacer por otro: querer. Aquí es donde cada uno se encuentra en absoluta soledad, donde nadie puede esperar nada de otros porque se trata del acto más puramente personal, de la más genuina manifestación del yo en lo que tiene de único.

A veces, vivimos instalados en la superficialidad. Una superficialidad, me parece, que en algunos proviene de la convicción de que saben cuánto hay que saber, razón por la cual no se les ocurre pensar, leer o preguntar nada al respecto; otros porque, sencillamente, no tienen tiempo, ya que lo emplean todo en una atención desparramada en asuntos cotidianos, a los que dan importancia porque son sensibles e inmediatos, y, relegan al último lugar -a ese lugar para el que nunca queda tiempo- lo único que de verdad tiene importancia. Superficialidad por vanidosa autosuficiencia, superficialidad por pura comodidad, por ignorancia.

Somos unos simples transeúntes que se dirigen a una meta. Esa situación de provisionalidad que es la vida del hombre es un hecho evidente. Hubo un tiempo en que no existíamos, y la historia se iba desarrollando como siempre a pesar de nuestra no existencia. Nadie nos echó de menos, ni nadie podía hacerlo. Dentro de algún tiempo ya habremos muerto, y tengo la completa seguridad de que no pasará nada. La vida de la humanidad seguirá más o menos como siempre y, excepto muy pocas personas, y por muy poco tiempo, nadie nos echará de menos. Esta temporalidad del hombre es un hecho, no una teoría; un hecho que no depende de nosotros y que nosotros no podemos modificar. Y este hecho nos lleva a concluir que no somos unos seres independientes. No dependió de nuestra voluntad el nacer. Y no depende tampoco de nuestra voluntad la muerte; ésta se producirá inevitablemente, nos guste o no, queramos o no. Independientemente de nosotros, y antes de que fuéramos, existe una realidad en la que, al nacer, fuimos insertados. Una realidad que podemos reconocer, aceptar, negar, ignorar o combatir, pero de ningún modo eliminar, porque es anterior e independiente de nuestra voluntad, y está fuera de nuestras posibilidades.

No es la atención a verdades profundas lo que caracteriza a la gente de nuestro tiempo; más bien parece lo contrario. Como si su actitud psicológica fuera precisamente evitar, a fuerza de desparramar la atención en mil cosas distintas, que con frecuencia son valores insustanciales. En nuestro tiempo pensar no constituye un objetivo para la mayor parte de la gente. Hay, en su escala de valores, cosas que consideran mucho más urgentes e inmediatas y, también, mucho más importantes: el éxito, la eficacia, el dinero, la fama (que hoy se traduce por notoriedad), el placer, el confort, la política, el poder. En fin, pensar no está de moda, quizá porque nos hemos creado tantas necesidades que ya no hay tiempo de pensar. Pero, atención, porque, cuando el pensamiento está ausente, entonces no hay libertad.

Publicado en "Diario de León" el viernes 28 de julio del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/tiempo-pensar_1177358.html