@MendozayDiaz

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lunes, 18 de junio de 2018

La montaña de la vida.

Acabo de visitar en Aguilar de Campoo (Palencia) la exposición “Mons Dei” -traduzco para los que han estudiado secundaria bajo el sistema de la ESO: “La montaña de Dios”- que profundiza en el rico significado de la montaña dentro de la tradición simbólica cristiana. Un magnífico ejemplo de dialogo entre fe y cultura, como suelen ser “Las Edades del Hombre”. Una oportunidad única de disfrutar de una de las mejores muestras de turismo cultural de España, avalada por los más de once millones de personas que han visitado las veintidós ediciones anteriores. Frente a las ocurrencias y “soluciones” del realismo mágico, Aguilar de Campoo es un ejemplo de iniciativas para intentar luchar contra la despoblación que asola nuestra región. Pero eso es harina-de-otro-costal e intentaré -otro día- escribir sobre ello.

Cuántas veces perdemos la vida en pensamientos inútiles, vanos, fugaces, pesimistas. Como cuando se siente dentro del corazón como una especie de lanzada que amarga la existencia, la impresión de ser gente fracasada, por lo que sea, a pesar de que se hayan podido realizar las tareas prolongadas de un trabajo verdaderamente sacrificado; siempre hay en la vida algunas cosas que no marchan según nuestro deseo, y, fácilmente, se tiene la sensación del fracaso. Si digo que no hay que renunciar a la felicidad, que no debemos renunciar a ser felices, es fácil que la gente mayor piense que mis palabras se dirigen a la gente joven. Porque parece que “lo normal” es que esto sea sólo para gente joven. Pero muchas veces, si el que escucha es joven, probablemente piense, desde su inseguridad, desde sus dificultades, que se debe estar hablando a personas mayores, a personas instaladas en la vida y sin incertidumbres…

Los hombres, más que hablar, nos dedicamos a repetir. Frecuentemente, entre nosotros las palabras son puras repeticiones; no nacen de un vivir interior. El hombre actual (“multi pantalla”) ve, lee, oye cosas, tiene cada vez más noticias; pero noticias que no se convierten en vida ni le sirven de estímulo, sino que suelen ser un simple almacenaje en la memoria, para ir repitiendo asuntos. Quizá se pudiera decir que hay muchos tipos de palabras. Palabras que solamente nos aturden, o nos fatigan; palabras que, a lo mejor, no hacen otra cosa que ponernos nerviosos. Pero de vez en cuando, entre la abundancia de estas palabras, encontramos alguna que tiene una característica como curativa. De pronto hay una palabra entre las otras que es como una luz, que es como una claridad, una palabra que, momentáneamente, nos hace levantar la mirada y nos recoge. Suelen ser palabras que transmiten un contenido de verdad o expresan alguna realidad de belleza. Pero aún hay otras palabras que son de mayor importancia que estas últimas. Porque cuando la palabra lleva consigo verdad o belleza es palabra importante, pero, muchas veces, esas palabras no se dijeron pensando en nosotros; son el resultado de un descubrimiento, de una pesquisa noble, de una búsqueda probablemente laboriosa, sincera; pero no tienen el carácter especial que tiene la palabra más constante para el hombre, que es la palabra que, además de expresar verdad y belleza, está dicha para él. Cuando uno es, personalmente, el destinatario de la palabra, la palabra reanima; la palabra alivia; la palabra da, de alguna forma, consuelo y paz cuando es palabra dicha para uno mismo, para la situación fatigada o de cansancio, o de pena o de dolor, o de perplejidad en la que uno se encuentra.

Aprovechar el tiempo es clave. A veces, nuestros sueños, nuestras ilusiones, se quedan sólo en proyectos. Esperamos que se cumplan, pero no nos esforzamos lo suficiente para hacerlos realidad. Como si el simple paso del tiempo nos los fuera a regalar. La vida no funciona así. El tiempo es el recurso más valioso y escaso con el que contamos. Y, en ocasiones, nos comportamos como si ignoráramos esta verdad fundamental. Aprovechar el tiempo es básico. Y se puede aprender, hay experiencia documentada -buenas prácticas- y técnicas probadas. Lograr que nuestros sueños dejen de ser proyectos y se transformen en realidades, pasa por administrar nuestro tiempo con inteligencia y con intensidad. Identifiquemos los famosos "ladrones de tiempo" (los que más nos afecten a nosotros) como reuniones, visitas, interrupciones varias, navegar-por-internet... que nos acechan y que no son tan fáciles de contener. A veces combatirlos resulta complejo y frustrante. Reflexionemos acerca de nosotros mismos y de nuestro trabajo. Cada uno pierde o desaprovecha el tiempo a su propia manera, y sólo depende de nosotros, de nuestro esfuerzo, salir del caos.

Dice mi amigo Fernando que existe el riesgo de que las tecnologías digitales invadan la vida familiar, el trabajo. Hace falta que cada uno se forme personalmente para descubrir, en cada momento, cuál es el uso adecuado, útil, de esas tecnologías. No las podemos despreciar: simplemente, hay que usarlas bien. Internet tiene una potencia impresionante y ofrece posibilidades enormes, para informarnos, para comunicarnos instantáneamente con otros, etcétera. Pero, al mismo tiempo, existe siempre el riesgo de exponernos a contenidos inútiles, que nos hacen perder el tiempo, que nos hacen daño. Por tanto, debemos esforzarnos por desarrollar la capacidad para discernir y usar esos medios exclusivamente cuando los necesitamos. Es importante transmitir este criterio -sobre todo- a los jóvenes y, lo más importante, predicar-con-el-ejemplo: intentar vivirlo.


Publicado en "Diario de León" el domingo 17 de junio del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/montana-vida_1257142.html

domingo, 1 de abril de 2018

Educar en el tiempo libre.

Un año más, en esta ocasión el primer sábado del mes de marzo, disfruté con el Certamen de Comedias Musicales organizado por la Asociación Tamaral Joven en el Auditorio Ciudad de León. En este Certamen de Comedias se han ido presentando, a lo largo de seis años, numerosas obras teatrales y musicales, y todas, siempre, con la idea común de fomentar la educación en valores como trabajo en equipo, compromiso, responsabilidad, respeto a los demás. Cada año han participado asociaciones de otras regiones de España como Galicia, Asturias, Cantabria, Navarra, y de otras provincias de Castilla y León. Se presentan obras originales o adaptadas, con una duración no mayor de quince minutos y donde el jurado califica principalmente la interpretación, puesta en escena, la combinación entre teatro, música y coreografía, originalidad, vestuario, decorado y diversión con propuesta formativa. Los certámenes de Comedias Musicales no tienen ánimo de lucro y éste, al igual que los anteriores, ha tenido un fin solidario. En esta edición, los beneficios se destinaron a Cáritas.

La Asociación Tamaral Joven lleva muchos años promoviendo y organizando actividades culturales, deportivas y artísticas dentro de ese magnífico ámbito formativo que es el ocio y el tiempo libre. El teatro tiene características formativas y educativas muy significativas. El teatro es una muy buena actividad para que las jóvenes disfruten en su tiempo libre. Gracias al teatro aprenden a socializar con otras compañeras y aumentan su autoestima, se desarrolla el trabajo en equipo, el respeto por los demás, la educación en valores, el sentido del compromiso y la responsabilidad. Todas las participantes tienen en común que pertenecen a asociaciones creadas y promovidas por padres de familia como respuesta a la preocupación por la educación de sus hijas en valores humanos y que apuestan por un desarrollo integral de la persona, completando la educación que reciben en la familia. En estas asociaciones los padres encuentran un espacio donde sus hijas se divierten a la vez que aprenden, hacen amigas, se forman como personas, desarrollan su propia personalidad y se capacitan para vivir una vida feliz. El objetivo de las actividades es que aprendan a trabajar en equipo, siendo generosas, leales y tolerantes con las demás. Y todo esto en un ambiente alegre que las anime a comportarse y divertirse sanamente. En definitiva, impulsan el talento juvenil a través de actividades extraescolares o after school programs.

Me parece que este tipo de asociaciones están desarrollando actividades muy interesantes y de un impacto social muy positivo. Iniciativas promovidas para jóvenes, que quieren despertar el interés por lo cercano a través de la observación, la reflexión, el estudio, la creatividad, la innovación y la acción. Fomentar la sensibilización social, el desarrollo del pensamiento crítico, la apertura a la diversidad y el interés por la responsabilidad ciudadana. Tienen un objetivo que -por su vanguardismo- ha llamado especialmente mi atención: promover el empoderamiento de las niñas en el área de STEM (un acrónimo en inglés de science, technology, engineering y mathematics. Es el equivalente en español de CTIM el acrónimo que sirve para designar las disciplinas académicas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Hace falta. En general, en este ámbito, hay una diferencia de conocimientos y habilidades entre hombres y mujeres; lo que en lenguaje políticamente correcto se denominaría una-brecha-de-género.

Y más allá de los conocimientos técnicos fomentan el desarrollo de habilidades que suponen otros beneficios para las personas, que contribuyen a su bienestar como ciudadanas conscientes y solidarias en su entorno. Por ello promueven las actividades que fomentan la visión social y colaborativa. No quieren dejar fuera del alcance de las jóvenes la oportunidad de comprobar cómo a través de la solidaridad, con su trabajo y compromiso, es posible cambiar situaciones desfavorables. Cómo, en un mundo cada vez más individualista, la colaboración y la solidaridad son imprescindibles. Potenciar el talento juvenil para descubrir y solucionar las necesidades de las personas. Tratar de fomentar en las jóvenes una actitud de mirar más allá de uno mismo. Intercambiar experiencias, debatir sobre algunos problemas sociales actuales, aprender a reflexionar, descubrir diferentes formas de pensar con una visión de acogida y buscar soluciones que se puedan implementar.

En fin, es gratificante encontrarse con ejemplos tan edificantes de asociacionismo juvenil que estimulan el talento, la iniciativa emprendedora, la generación de ideas y la toma de decisiones. Que motivan a los jóvenes hacia el esfuerzo y el trabajo en equipo para conseguir sus logros. Impulsan las habilidades de comunicación. Despiertan la sensibilidad social a través de ayudarles a descubrir su personal y mejor modo de aprender, de enfrentarse y resolver los problemas, de generar entusiasmo por lo que hacen y saber cómo pueden influir positivamente en el entorno llegando a ser agentes de cambio. Realizan actividades diversas que contribuyen a formar a la persona en su integridad desde unos valores como son el respeto, la libertad, la solidaridad y el trabajo: construir una cultura solidaria y de servicio. Convivir, no coexistir. Coexistir, es compartir territorios y servicios, yuxtapuestamente, sin coordinación e identificación alguna. Vivir juntos, convivir, es hacer en común unos por otros y tener una identidad de grandes objetivos.


Publicado en Diario de León el viernes 30 de marzo del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/educar-tiempo-libre_1238200.html

domingo, 25 de marzo de 2018

Educar no es una ciencia exacta.

Educar no es una ciencia exacta, una misma medida en dos niños distintos, en familias distintas, incluso en la misma, tienen efectos diferentes. Entonces ¿esto es una locura? No, como siempre, la famosa campana de Gauss, hay extremos que se salen de la zona donde suelen estar la mayoría de los casos. Lo que sí hay es mucha experiencia, buenas experiencias, documentadas. Pero sin fanatismos. Huyo como de la peste de esos charlatanes y charlatanas, que angustian a padres bienintencionados con sus modelos estructurados y cerrados de recetas educativas. Gente estirada, personajes con voz engolada y ademanes de superioridad. Perdón por mis prejuicios, pero me producen un cierto, bastante, repelús. En ocasiones, detrás de sus peroratas hay fuertes intereses comerciales: venta de métodos, de terapias…. Vendedores disfrazados de educadores.

Lo importante es que la educación de un hijo sea compartida por ambos padres, consensuada. Es preciso trazar un proyecto educativo común ofreciendo al hijo indicaciones claras y nunca contradictorias. Los padres tendemos a consentir en exceso a nuestros hijos, especialmente en los primeros años de vida, y esa actitud determina una gran parte los problemas que empiezan a proliferar cuando llega la adolescencia. Polvos y lodos, auténticos barrizales en algunos casos. El niño no debe estar por encima del adulto y deben ser los padres los que fijen los límites, pero sabiendo cómo hacerlo.

¿Cuál es el hábito más importante? No me gustan las afirmaciones lapidarias, pero, quizá sea el orden; pensando en su futuro, en hábitos que le ayuden a ser eficaz en el estudio y en la vida profesional. Aprender a estudiar muchas veces es cuestión de orden. Que sepa organizarse y marcarse objetivos en su vida. Que sepa aprovechar mejor el tiempo y disfrute más de la vida. Aprender a priorizar: que sepa lo que debe hacerse en cada momento. Que aprenda a ser puntual y cumplir con sus obligaciones. Orden.

Pero no nacemos siendo ordenados y, como todo aprendizaje, tiene un momento adecuado para su adquisición. El orden es fundamental, además es uno de los primeros hábitos que un niño puede adquirir, entre los dos y los seis años, siendo la base sobre la que se asientan muchos otros hábitos. Desde pequeños debemos hacer ver a nuestros hijos que vivimos en un mundo ordenado: existen horarios, normas y leyes que hacen la vida más sencilla. Pero el orden no es un fin en sí mismo, nuestra meta no es que el niño sea ordenado, pues caeríamos en el perfeccionismo. Lo primero que debe aprender un niño es el orden material de las cosas; luego, ese hábito le permitirá saber organizar su tiempo y ser por ello más eficaz; y, por último, estos hábitos de orden probablemente contribuirán a que su vida sea más feliz.

Una manera muy concreta de ayudar a los niños es implicarlos en el orden del hogar, a través de los encargos: tirar la basura, meter la ropa en la lavadora, ordenar los juguetes, los libros, etc. También debemos educarles en el buen uso de las cosas. Hacerle ver que las cosas bien cuidadas duran más y, por tanto, es un deber de todos cuidarlas. Enseñarles a forrar un libro o a agotar el material escolar (lápices, cuadernos…). El aspecto externo que ofrecemos y las buenas costumbres. Lavarse las manos antes de comer y antes de salir del baño, distinguir cuando la ropa está sucia, procurar mancharse lo menos posible al comer. Inculcarle buenas costumbres en la mesa, no estirarse, no hacer ruidos, no comer con las manos, etc.

Los niños aprenden por imitación y es mucho más sencillo imitar el desorden que el orden, pues no implica ningún tipo de esfuerzo. A veces los padres preferimos hacer nosotros las cosas antes que enfrentarnos a la costosa tarea de educar. Pero la sobreprotección que les priva del esfuerzo, no les ayuda en absoluto a mejorar como personas, pues es imposible educar sin exigir. Desde esta edad debemos acostumbrarle a que recoja cada cosa después de su uso y no toda la habitación antes de acostarse, pues sino verán que el orden se vive sólo cuando ya no hay más remedio, es decir, al final del día.

¿Y cómo sé si lo estoy haciendo bien? Una prueba muy sencilla que podríamos hacer para comprobar si en nuestra casa hay una preocupación real por el orden y el cuidado de las cosas consiste en dejar tirado, en el suelo del salón o de algún lugar de paso obligado y frecuente, alguna cosa de modo bastante visible, por ejemplo, un pañuelo de papel ya usado… Es importante que esté usado porque así suele llamar más la atención. Luego tan sólo hay que esperar para ver cuánto tiempo permanece en el suelo, sin que nadie lo recoja. Si a ninguna persona de nuestra casa le llama la atención que en el suelo haya un pañuelo de papel tirado, empecemos a preocuparnos. O mejor seguir “ocupándonos”: educar es sencillo pero exige esfuerzo, todos los días.

Publicado en "Diario de León" el sábado 24 de marzo del 2018: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/educar-no-es-ciencia-exacta_1236729.html

martes, 26 de diciembre de 2017

Tiempo de Navidad.

Hay una palabra que utilizamos con frecuencia, la palabra “fracaso”, que es una expresión ambigua e imprecisa. ¿Cómo se puede saber cuándo un hombre ha fracasado, o cómo fracasan los hombres? ¿Cómo saber si hay fracasos sin remedio? ¿O cómo saber si no hay algunos fracasos que son el origen de inesperadas victorias, unas victorias sin estrenar todavía? No sabemos cómo sacar de dentro del corazón muchos obstáculos, muchos desengaños, muchas dificultades que parece que van a ahogarnos. La vida de cada uno de nosotros lleva una sobrecarga. Sobrecarga, por ejemplo, de propósitos incumplidos. Cuántas veces nuestra vida hace agua por un cargamento de propósitos que no tuvieron realización. Otras, nuestra vida hace agua porque hemos ido acumulando desengaños de los que no hemos sabido aliviarnos. Muchas veces, se convierte en una pesada carga. Cuántos nerviosismos de hijos contra padres, de padres contra hijos, de mujeres contra maridos, de maridos contra mujeres, se podrían convertir en sosiego y alegría, en calma. Necesitamos más calma para entendernos. Podemos entendernos, podemos ser amigos: podemos querernos.

Cuando se mira al hombre con mirada amistosa se ve que los hombres somos gente herida. Heridas que no se reflejan en el curriculum y, concretamente, algunas de las heridas que más duelen, las interiores. Heridas que no se ven. Heridas que no son asequibles a una mirada cualquiera, superficial. Dentro de nosotros hay una dura batalla, y el enemigo máximo, el más cruel en dañarnos, somos nosotros mismos. Una de las raíces íntimas del agobio y del estrés de los hombres es el desconocimiento de las cosas. No vemos las cosas como son. Nuestra visión de la realidad es una visión ordinariamente parcial, defectuosa. Frecuentemente el hombre vive con el sentimiento íntimo de su soledad, con el sentimiento íntimo de su radical desamparo. ¿Quién comparte de verdad nuestros fracasos? ¿Quién comparte de verdad nuestras dudas? ¿A quién sentimos verdaderamente compenetrado con nuestras perplejidades? ¿Quién nos puede decir cómo somos de verdad? ¿Quién nos puede decir lo que hay en nuestra vida de valioso o, entre las cosas que hacemos, las que tienen auténtico valor? ¿Quién nos podrá decir de verdad cuáles son, entre las cosas que estamos haciendo, las engañosas o ilusorias? Vivimos la sensación, honda íntima, de la soledad en un duro desamparo.

La mayor parte de nuestros dolores íntimos están causados por nosotros mismos, y muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con sinceridad y valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de que edificamos la vida sobre la arena y estamos acongojándonos por cosas que en su mayor parte no tienen verdadera importancia. A nuestro alrededor hay muchos hombres que necesitan alivio, y sería importante que cada uno de nosotros viese si no se ha acostumbrado tanto a disculparse, a estar atento sólo a sus propias heridas, que tiene ya el hábito de dar un rodeo, el hábito de pasar de largo, tan endurecido, que le parece que a su alrededor no hay hombres necesitados. Cualquiera de nosotros que no encontrase en su camino hombres heridos, debería pensar si no le falta amor. Porque la vida está llena de gente desnuda, desnuda de vestido y desnuda de verdad, desnuda de compañía, desnuda de afecto; la vida está llena de gente herida; herida por desengaños, herida por la traición, herida por su propio difícil corazón.

A veces tenemos la impresión de que amar es hacer cosas grandes, caer en la cuenta de graves problemas. Esta intuición, este presentimiento, puede, algunas veces, hacernos costosa la tarea de aplicarnos a vivir el camino que nos conduciría hasta el amor y hasta la verdad. Habría que hacer enormes esfuerzos, emplearse en tareas agotadoras, porque siempre estamos pensando que lo importante es lo portentoso. La realidad del amor y la verdad están, en la práctica, relacionadas con cosas pequeñas, con cosas cotidianas, con cosas que llenan el quehacer cotidiano. Un día corriente, quizá, sólo podemos ofrecer una sonrisa auténticamente leal desde lo más hondo; o tal vez escuchar a alguien que tiene ganas de contar algo, y escucharle hasta el final; o hablar con alguien que piensa de una manera diferente a la nuestra, y tener en cuenta sus puntos de vista, quizá valiosos, con respeto.

A veces se percibe en mucha gente la impresión de que los días navideños son días de lirismo y de encanto, pero de un lirismo y encanto de poco calado, un lirismo y un encanto a los que falta la verdad que cimiente toda esa formidable poesía y todo ese encanto atrayente. Por eso creo que preparar el ambiente, aceptar el tiempo que nos invita a renacer, es estrenar ojos, estrenar oídos para acercarnos al niño que nace… Feliz Navidad.


Publicado en "Diario de León" el sábado 23 de diciembre del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/tiempo-navidad_1213788.html

lunes, 11 de diciembre de 2017

Ser padres, no entrenadores.

En nuestra sociedad hay un alarmante incremento de la agresividad que se ha trasladado al deporte y, muy especialmente, al fútbol. Es casi una rutina -cada jornada- meterse con el árbitro, con el rival, con el padre del rival, con el entrenador… Las conductas violentas, lamentablemente, no sólo ocurren en el fútbol, pero es el deporte más popular y tiene un gran impacto social. Es de sobra conocido que hay quienes acuden a los estadios a desatar sus instintos de confrontación, sus frustraciones primarias. La pasión mal entendida convierte a los padres en auténticos “hooligans”, en hinchas de comportamiento violento y agresivo, capaces de pegarse o insultar en partidos de niños, en los partidos de sus hijos… Momentos vergonzosos que, lejos de ofrecer a los chavales una sana educación deportiva, muestran la peor lección y la imagen más bochornosa que un hijo puede recibir de su padre: “una pelea entre padres suspende un partido entre niños de 5 años”, “un árbitro de 16 años, agredido por un padre de un alevín”, “uno de los padres que se peleó en un partido de juveniles puede perder un ojo” … 

Al final son los niños quienes pierden: por encontrar malos ejemplos por parte de quienes son sus referentes (sus padres), y, también, porque, a veces, se les sanciona por las acciones de sus padres. Es básico recordar, insistir, que los padres educamos a nuestros hijos con el ejemplo, no con charlas… La actitud respetuosa de las familias resulta clave para evitar la violencia en el deporte infantil. Por ello es importante orientarlas sobre la actitud que deben tener cuando sus hijos practican algún deporte. Y aplaudir -y apoyar- el esfuerzo que están realizando las escuelas de padres para crear un espacio común de diálogo para todas aquellas personas que quieran ser mejores padres. 

Prevenir la violencia en el fútbol base. Prevenir las actitudes agresivas. Lo que entendemos por violencia no se limita únicamente a agresiones físicas, sino que el proceso empieza mucho antes. Hay tres formas distintas de agredir: verbal, psicológica y físicamente. La violencia verbal se produce en el momento en el que se amenaza o critica faltando el respeto e insultando a rivales, equipo arbitral, técnicos, miembros del equipo o, incluso, a nuestros propios hijos. La violencia psicológica es más sutil que la verbal, pero muy habitual, y consiste en menospreciar o insultar a otros en presencia de nuestros hijos, ridiculizándolos cuando no nos ha gustado su actuación, justificar la violencia como una respuesta válida, no intervenir en la prevención de un conflicto, mantener una actitud pasiva ante situaciones que aconsejan y exigen un claro compromiso… La violencia física es el final del camino iniciado con agresiones más sutiles. Es la menos común de las tres, aunque la más visible y la que más impacto tiene: la psicológica no suele salir en los medios de comunicación, pero, quizá, es la más perjudicial para la educación de nuestros hijos.

Todo vale y hemos dejado de lado que un niño juega al fútbol para jugar, para divertirse y, aun sin saberlo, para aprender unos valores que luego le serán muy útiles en su día a día, porque al fin y al cabo el deporte es una escuela de vida. Se puede, y se debe, enseñar a competir y esforzarse siendo honesto y respetuoso. No vale todo. Intentar reconducir las actividades deportivas a los valores que les son propios. Evitar conflictos y encontrar soluciones. El deporte es una buena escuela para la transmisión de los valores que ayudan a las personas a desenvolverse en un mundo adulto, laboral y social. Los padres debemos colaborar para que nuestros hijos descubran valores como el trabajo en equipo, el esfuerzo, el juego limpio, la puntualidad, la generosidad, el saber perder, etc. que tanto bien le harán en su vida… Pedirles que hagan trampas para ganar o incitarles a vengarse de algún rival, nada más lejos de una buena transmisión de valores: al contrario. 

Los valores son cosas buenas que tenemos las personas y que se van aprendiendo con el tiempo, a través de modelos apropiados, de ejemplos a seguir. El deporte es un contexto único para que esos valores se desarrollen y se fortalezcan. Una gran aportación a la formación del carácter de nuestros hijos. De ahí la importancia de colaborar con el trabajo que están realizando las escuelas de padres. Intentar encauzar la pasión de los niños y padres por el deporte hacia valores-dignos-de-tal-nombre en el terreno de juego. Conseguir que los padres se planteen si están actuando bien, si su actitud está ayudando a su hijo… En caso de que no sea así, tomar conciencia es el primer paso para mejorar. Los padres tenemos que “estar ahí”, acompañándolos: como padres, no como entrenadores. Los padres no somos ni entrenadores, ni árbitros: somos padres.

Publicado en "Diario de León" el domingo 1o de diciembre del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/ser-padres-no-entrenadores_1210353.html

jueves, 27 de abril de 2017

Comer en familia.

Llevamos un ritmo de vida tan ajetreado que estamos perdiendo costumbres tan buenas como las comidas en familia. Pensar que, entre semana, padres e hijos podamos comer juntos nos parece una idea imposible. Es clara la influencia positiva de estos momentos de intimidad familiar sobre el desarrollo de los hijos y las relaciones entre los miembros de la familia, especialmente para los adolescentes. Hábitos tan saludables como el comer en familia o la sobremesa no están suficientemente valorados. Es cierto que, en algunos casos, nuestras actividades exigen largos desplazamientos, horarios difíciles, etc., que hacen muy difícil reunir a la familia a diario.


Quizá si conociéramos sus beneficios, nos esforzaríamos más por pasar juntos cuantos más momentos mejor. La comida en familia nos permite comer saludablemente, contarnos unos a otros cómo nos ha ido el día, escucharnos a los demás y estrechar los lazos familiares. Especialmente con nuestros hijos adolescentes, estos momentos pueden ser definitivos para crear un clima de comunicación y de confianza con ellos. Los padres también somos responsables de preparar a nuestros hijos para la vida social, personas que se distingan por su trato agradable. Por sus buenas maneras. Imprescindible para su futura relación con los clientes. Las buenas maneras en la mesa es un tema de interés para muchas organizaciones, empresas.

Comer en familia también enseña a mantener una conversación, a escuchar y a contar. Además, y esto es especialmente relevante, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y a aplicar estos valores en la vida cotidiana, con las contrariedades y oportunidades del día a día. Estar atento a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota divertida, generosidad para dejar a otro la mejor porción de postre… Tanto los mayores como los pequeños ayudan a preparar la comida, a quitar la mesa, a fregar los platos, a servir a los demás. La comida familiar nutre necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite realizar aquello en que consiste ser una familia: cuidamos unos de otros, compartimos cosas, recorremos junto el camino de la vida. Los recuerdos más significativos de nuestra infancia suelen ser –o no- el cariño mutuo, el compartir, el pasar el tiempo juntos. Quizá a diario no sea posible, pero hemos de intentar reservar, al menos, todas las cenas y los fines de semana. Comer juntos no lo es todo para la intimidad y el bienestar familiar, pero sin duda es una parte importante. Hace cincuenta años también había padres con extensos horarios de trabajo, que viajaban mucho, y madres que trabajaban fuera de casa. Y ya entonces también había quienes tenían la costumbre de tomar algo antes de volver a casa…

Una norma básica para que una comida familiar sea digna de tal nombre: sin intrusos, sin televisión, sin teléfonos… sin distracciones electrónicas. La comida familiar es sin duda el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa. Desde pequeños los niños aprenderán de sus padres e irán adquiriendo el hábito de las buenas maneras. Cosas tan elementales como qué cantidad es razonable servirse o en qué consiste una comida equilibrada, a hacer pausas para participar en la conversación, comer de todo… También una protección natural contra la obesidad, la anorexia y otros trastornos alimentarios, hoy tan de moda. Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación, a escuchar, a contar. También es una fuente de aprendizaje de vocabulario y cultura general.

A las tradicionales causas sobre por qué cada vez es más difícil comer juntos hay que añadir el excesivo número de actividades extra escolares de los hijos: artes marciales, letón, natación sincronizada, oboe… La verdad es que también hay algo, o mucho, de comodidad. Y, por supuesto, no todos estamos dispuestos a reconocerlo. Prefiero comer cerca de la oficina, tomarme una copa con los compañeros y llegar a casa cuando los niños estén dormidos… En fin, son tan pequeños. Ya les dedicaré tiempo cuando sean mayores… La cohesión familiar está en peligro, pero, fundamentalmente, por peligros internos, por nosotros, por nuestra comodidad y egoísmo. En bastantes casos no hay diferencias entre algunas familias y compañeros de piso. No nos escudemos en la política social de algunas autoridades, la influencia de los medios de comunicación u otras lindezas… ¿Haces todo lo posible por comer, al menos, varios días con tu familia? ¿Te compensa el esfuerzo, lo tienes claro? Empecemos por aquí.

Publicado en "Diario de León", hoy, jueves 27 de abril del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/comer-familia_1156181.html

jueves, 6 de abril de 2017

La educación digital de los hijos.

La Federación de Castilla y León de Fútbol ha impulsado la puesta en marcha de escuelas de padres para prevenir la violencia en el fútbol base. Lamentablemente, algunas de estas situaciones tienen su origen en los propios padres de los jugadores como cuando someten a una enorme presión a sus hijos, o el comportamiento excesivamente violento (verbal y físico) para árbitros, entrenadores, jugadores o, incluso, hacia otros padres. Los padres no deben ser un elemento desequilibrante en el proceso de iniciación deportiva de sus hijos. Por el contrario, deben ser los verdaderos inductores del ambiente que propicie el desarrollo integral de sus hijos brindando su apoyo y comprensión.

El Club Atlético Reino de León, desde sus inicios, ha programado diversas actividades dirigidas a los padres de sus jugadores que desearan formarse en la difícil y, a la vez, apasionante tarea de formar y educar a sus hijos. Así, surgió su “Escuela de Padres” con periódicas charlas-coloquio que pretenden contribuir a cubrir vacíos de información, aclarar ideas imprecisas, ofrecer consejos prácticos, proponer actividades padre-hijo que favorezcan la comunicación entre ellos, etc. En definitiva, abrir un espacio común de diálogo para todas aquellas personas que quieran -al menos, intentarlo- ser mejores padres. El miércoles 22 de marzo me invitaron a que les hablara sobre el rol de los padres en la educación digital de sus hijos y fue una experiencia muy interesante, sobre todo, porque tuve una oportunidad para compartir experiencias en un asunto clave para la educación de nuestros hijos.

Nos encontramos ante la integración creciente -e imparable- del uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TICS) como herramientas de apoyo al proceso de enseñanza y aprendizaje de los alumnos. Algunos profesores ya están trabajando en ello. Es clave que los padres también nos formemos. Los profesores sólo cubren el horario escolar. Los padres lo somos 24 horas. Es necesaria nuestra urgente -vamos tarde- incorporación a este proceso, de tal manera que nuestra colaboración resulte eficaz. Es fundamental para el éxito de este proceso. Ello requiere que los padres tomemos conciencia de nuestra necesaria “alfabetización digital”. Por ignorancia, el uso de las TICS es percibida, muchas veces, como una amenaza. Y así surgen las dificultades, los problemas.


Nuestros hijos son “nativos digitales”. ¿Qué quiere decir esto? No entienden la vida de otra manera. Es su manera de aprender, de relacionarse. Nuestros hijos son tecnófilos. Ellos no han nacido con el concepto de “filtro”. Tu preguntabas, te recomendaban un buen libro, o te informaban mediante una conversación. Ellos no, ellos encuentran respuestas a todas sus preguntas en internet. Además, buscan su identidad real en las redes sociales donde las identidades pueden ser falsas y, para ellos, sin embargo, son “los” modelos. Ya no sólo son sus padres. Ahora compiten, por ejemplo, con los “youtubers”. Sus relaciones sociales son, en muchos casos, virtuales no personales. Hablan, se enamoran, se pelean, se reconcilian… Ventajas para ellos: nadie me da la “chapa”, es mi zona de confort, mi entorno seguro. No tengo que aguantar las preguntas de mis padres: “¿por qué me preguntas?” “¿para qué me preguntas?”.

Recordad como era la adolescencia, por ejemplo, hace 40 años: vida social en la calle de nuestro barrio, consulta de libros en la biblioteca pública, la enciclopedia en casa, fotos, posters, folletos, imaginación…Y siempre bajo la supervisión de nuestros mayores, de nuestra gente. Las nuevas tecnologías son un universo de posibilidades que, bien administrado, nos hacen más fácil la aventura de vivir. Pensad en lo que supone una tableta conectada a la red: videos, acceso a bibliotecas, a cursos (muchas veces gratuitos) de idiomas, de la universidad de Harvard…

La mayoría de los padres con hijos menores de edad desconocen el mundo virtual en el que viven sus hijos. Han oído hablar y seguro que, mayoritariamente, utilizan Wasap, Facebook, Instagram y, en menor medida, Twitter. Y también, seguramente, casi ninguno utilice Snapchat y, es más, ni siquiera sepa lo que es… Y esto sería un problema porque, precisamente, ésta es la red más utilizada por los menores de estas edades. ¿Por qué? Pues porque las publicaciones sólo se pueden visualizar durante unos segundos, no se pueden guardar: no dejan huella.

¿Qué hacer? Según los expertos, los temas claves para promover el uso seguro y responsable de internet entre los menores son “netiqueta”, privacidad, virus y fraudes y las consecuencias de un uso excesivo. Y concretando y dependiendo de la edad. Con los más pequeños: acompañar, prestar atención a lo que hace mientras está conectado; supervisar, acompañarle durante la búsqueda y su aprendizaje, elegir contenidos apropiados a su edad. Con los más mayores: dialogar sobre el uso de internet y el comportamiento seguro y responsable. Crear un clima de confianza y respeto mutuo. Que se sienta cómodo solicitando tu ayuda. Dialoga, interésate por lo que hace en línea, conoce su actividad en redes sociales. Enséñale a pensar sobre lo que encuentra en línea.

Y, muy importante: sé el mejor ejemplo. Busca la desconexión, fomenta la comunicación familiar. Existen ya iniciativas en algunos países europeos para regular las horas de conexión a internet. El lado bueno de este tipo de propuestas es que empezamos a tomar conciencia del efecto invasor de internet en nuestras vidas. Lo que es un medio maravilloso y potente de información, diversión, comunicación, educación o aprendizaje va camino de transformarse en un monstruo tentacular que invade sin ningún tipo de reparo tertulias, relaciones y reuniones. Conviene tener momento de desconexión real, total. Como, por ejemplo, en las comidas familiares, que tienen una gran importancia: ahí es donde se transmiten las buenas prácticas, los valores, la cultura.

Publicado, en "Diario de Léon", el martes 4 de abril del 2017: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/educacion-digital-hijos_1150695.html

viernes, 23 de diciembre de 2016

A favor de la gente auténtica.

Pertenecer al exclusivo “Club de los 50” tiene ventajas, muchas ventajas.... Una de ellas es haber visto pasar abundante -y diversa- agua debajo del puente y, así, uno recuerda a los “sans culottes”, los descamisados, las sin sujetador o aquella aristócrata de moda en los ochenta, famosilla por dejar evidencias varias de que no usaba ropa interior… En fin, toda una serie de personajes que quisieron decir algo de sí mismos a través de su vestimenta. 

El protocolo en la forma de vestir siempre ha sido un tema. Ya, en su época, D. Antonio Machado escribió sobre el “torpe aliño indumentario”. Más recientemente, recuerdo, a finales de los 70 y principios de los 80, la puesta en escena de las chaquetas de pana de algunos políticos, y su fugacidad… Vamos, que esto no es nuevo. El disfraz de progre. El abandonarse en el vestir como símbolo de cercanía, de apariencia proletaria. En el fondo pienso que se ha tratado de una recurrente estrategia de comunicación de algunos políticos por “humanizarse”, por ser (parecer) uno-de-los-nuestros.


Las corbatas ya no dan votos. Ahora lo que se lleva son las mangas de camisa. Una especie de uniforme cada vez más habitual en los actos institucionales. En mangas de camisa y sin corbata. Y si te empeñas en llevar chaqueta, eso sí, tiene que ser una al-estilo-de-Luís-Aguilé, Y, además, si quieres parecer más progre y más de izquierda, tienes que llevar la camisa por fuera del pantalón. Un atuendo más propio de un día de campo, de barbacoa, tortilla de patata y porrón. Y de esta guisa se presentan, algunos, muchos, cada vez más, sin el más mínimo rubor, en las ceremonias oficiales. Para algunos es el look de la nueva política, para el común de los mortales el uniforme de los desaliñados de toda la vida. 

Para estos personajes se acabó aquello de vestirse bien como muestra de respeto, de consideración, de deferencia hacia las personas con quien uno va a convivir. Primero -poca cosa- fueron los abrigos que fueron sustituidos por chubasqueros como los del marido de la tía Eustasia, la de Luarca… Los abrigos de-toda-la-vida, con lo calentitos y elegantes que son. Es llevar este juego al despiste demasiado lejos: con el frío que hace en León. Y -los otros-, claro, se acomplejan y también se disfrazan. Y compiten a ver quién la tiene más desaliñada. Es muy probable que no quieran confundir, ojalá que no engañar. Que la élite económica prescinda de la corbata -símbolo de poder durante tantos años- eso si me pone en guardia… ¿qué quieren ocultar? En fin, los políticos, y también los directivos de empresas, no utilizan la corbata para despistar a la gente, para aparentar ser lo que realmente no son, gente como uno.

Pareciera que el descuido en el vestir (y en el hablar) nos ayudará a mejorar nuestra sociedad, a hacerla más justa… Todavía no encuentro el punto de conexión, por más vueltas que le doy. Pienso que se confunde la velocidad con el tocino, y el decoro y la buena educación con el tacticismo político. Como está sucediendo con algunos de estos jóvenes profesores universitarios, de imagen personal desaliñada, con ropa de hipermercado, como uno-de-lo-nuestros suele considerarlos mucha gente. Pero, detrás de esa imagen de inocentes jóvenes mileuristas nos estamos encontrando con asesores políticos, “de colmillo”, a nivel internacional que reciben honorarios, con muchos ceros, de fundaciones, gobiernos y televisiones por sus colaboraciones. Socios de organizaciones mercantiles con objetos sociales variopintos. Asesores monetarios del gobierno de Venezuela, o colaboradores de la televisión de Irán… Esto es más de lo mismo. Vamos que tampoco es lo que parecía, que también son casta, con otra presentación –en versión acrílica- pero casta al fin.

El mundo se ha hecho cada vez más más complejo y las informaciones que recibimos, cada vez más simples. La palabrería barata está reemplazando al debate de las ideas. Y como, parece, que lo del “torpe aliño indumentario” no terminar de resultar, ahora, están poniéndose de moda unos programas de televisión donde los políticos nos abren las puertas de su casa. Qué ternura… Humo, más humo. Yo lo que quiero es que hablen de política, escuchar sus propuestas. A mí me importa una jícama si sabe hacer croquetas o el color de los azulejos de su cuarto de baño. Me da la impresión de que están intentando -con éxito- jugar al despiste… Yo lo que quiero es que me digan qué proponen -por ejemplo- para mejorar el sistema de pensiones, la educación o acabar con la despoblación de nuestros pueblos cuestión ésta que, en León, es prioritaria. No me interesan las otras habilidades. Sin duda que serían una simpática conversación para la hora del café. A ver si es que mientras exhiben sus habilidades para el ganchillo o elaborar una mayonesa decente no hablan de lo que tienen que hablar. A mí me interesa, qué proponen, qué saben de administrar, de gestionar. Que, desde tiempo del faraón, una cosa es predicar y otra dar trigo.

Publicado, hoy, 23 de diciembre del 2016, en "Diario de León": http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/favor-gente-autentica_1124668.html

lunes, 14 de noviembre de 2016

Por las buenas formas.

Una oleada de creciente vulgaridad invade nuestra vida. No es nueva. Hace unos treinta años, algunas personas decidieron como reacción a los cánones políticos de la época, identificar autoritarismo y maneras educadas de tratarse, dictadura y buenas formas.

Se produce, entonces, el progresivo derrocamiento de la corbata, la entronización poderosa del vaquero y, lo que es peor, el arrinconamiento de los buenos modales, la devaluación de los usos lingüísticos que, “viralmente”, nos alcanza a todos. Asistimos, pues, al desprecio sistemático de las buenas formas, a su conculcación cuando no a su burla y escarnio: los jóvenes no se consideran, en general, obligados a ceder a los ancianos el asiento del autobús. A vetusto anacronismo suena el observar la vieja costumbre de que el que sale tiene derecho preferente sobre el que entra.

El “sincorbatismo” se ha convertido en una mística, cuando, en realidad, vestir bien no consiste en llevar siempre corbata sino el traje o la vestimenta adecuados a cada situación. He conocido a directivos de organizaciones y empresarios de éxito que adolecen de una buena educación, de buenas maneras, de buenas costumbres. El protocolo es la técnica de hacer bien las cosas y el conjunto de normas y usos que nos dicen cómo actuar. Una técnica que, como tal, se aprende. Una preocupación humana, desde antiguo. El famoso Confucio, quinientos años antes del nacimiento de Cristo, ya destacaba su importancia en las relaciones humanas. Un negocio puede no concretarse por falta de tacto en una conversación o por desconocimiento de las costumbres de un país.

Una vez más, la importancia de cuidar los detalles, las cosas pequeñas, en las relaciones humanas. Cosas de protocolo que, a muchos, se les escapa, a veces por ignorancia y otras por el curioso convencimiento de entender que la buena educación está reñida con la modernidad. Aunque la mayoría de las normas de protocolo son universales, cada país tiene las suyas y hay que conocerlas para facilitar el éxito de un negocio. Muchos extranjeros se extrañan ante errores tan comunes entre los españoles como el habitual tuteo, o ir directamente al grano y hablar de negocios desde el primer momento.

La imagen corporativa ha pasado a ser un tema de millones de euros para muchas organizaciones. Cada vez son más frecuentes los grandes despliegues publicitarios. La cuestión clave es: ¿está la organización preparada para cumplir con las promesas desarrolladas por creativos y publicistas? La organización tiene que cumplir con las expectativas generadas por la campaña de imagen. Si, por ejemplo, decimos que nos distinguimos por la amabilidad, debemos traducirlo en acciones concretas de nuestros colaboradores: ¿todos sonriendo? ¿resolver con diligencia los problemas de los clientes? ¿responder el teléfono antes del tercer timbrazo...?

Concretar es fundamental para poder lograr uno de los aspectos más complejos: lograr el compromiso de todos, que quieran lo que la organización quiere, cómo y cuándo lo quiere. Lograrlo, requiere un trabajo intenso que exige mejoras en la cultura de trabajo, en los estilos de dirigir. Emprender una campaña de imagen con una promesa que la organización no está preparada para ofrecerla es un desprestigio, una pérdida de tiempo, dinero y credibilidad.

Cuidar nuestra imagen es fundamental. Una imagen que implica no sólo llevar la vestimenta adecuada sino comportarse correctamente en toda circunstancia. La puntualidad, la cortesía o cómo saludar son algunos aspectos a cuidar especialmente. El saludo es el primer contacto físico con la otra persona; por tanto, hay que cuidar cómo estrechamos la mano. Una persona segura estrecha francamente su mano. Dar la mano como si fuera una merluza muerta, o como si fuera una tenaza, suelen ser muestras de mala educación. La urbanidad se puede aprender siempre, aunque facilita las cosas si los aspectos básicos se vivieron desde pequeños. Cuando no tengamos claro qué hacer, actuar con naturalidad es siempre mejor que adoptar una postura acartonada, estereotipada, rígida.

En conclusión, la imagen vende y las buenas costumbres venden mucho más. Las ricas fórmulas de salutaciones del español han sido reducidas al “hola”, al “vale” o al “ok”. El tuteo indiscriminado se ha impuesto de forma generalizada. Se ignora que los parques públicos son de todos y no es difícil contemplar la destrucción del respeto a los otros que supone el “día después” de los botellones. Los insoportables y, en ocasiones, ridículos, sonidos de algunos multitonos de teléfonos móviles nos aturden a todas horas y en todo lugar. Los usuarios frecuentes del tren debemos soportar, si o si, que cualquier hijo de vecino cuente, sin ningún pudor y a viva voz desde su asiento, su vida y milagros a su interlocutor telefónico, cuando, el precio pagado por el billete, pareciera dar derecho a una mínima tranquilidad.

Ya en el siglo XIX un escritor tan nada sospechoso de “involucionismos” como Mariano José de Larra satirizaba sobre las toscas maneras y alababa el “provechoso yugo de una buena educación”. Hoy debemos exigir, con Larra y con todas las personas civilizadas, la restitución imperiosa de las buenas formas y la proscripción social del mal gusto y la chabacanería.

Publicado en "Diario de León" el domingo 13 de noviembre del 2016: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/buenas-formas_1114303.html

sábado, 17 de octubre de 2015

Por las buenas formas.

Una oleada de creciente vulgaridad invade nuestra vida. No es nueva. Hace unos treinta años, algunas personas decidieron como reacción a los cánones políticos de la época, identificar autoritarismo y maneras educadas de tratarse, dictadura y buenas formas.

Se produce, entonces, el progresivo derrocamiento de la corbata, la entronización poderosa del vaquero y, lo que es peor, el arrinconamiento de los buenos modales, la devaluación de los usos lingüísticos que, “viralmente”, nos alcanza a todos.

Asistimos, pues, al desprecio sistemático de las buenas formas, a su conculcación cuando no a su burla y escarnio: los jóvenes no se consideran, en general, obligados a ceder a los ancianos el asiento del autobús. A vetusto anacronismo suena el observar la vieja costumbre de que el que sale tiene derecho preferente sobre el que entra.

El “sincorbatismo” se ha convertido en una mística, cuando, en realidad, vestir bien no consiste en llevar siempre corbata sino el traje o la vestimenta adecuados a cada situación.

La ricas fórmulas de salutaciones del español han sido reducidas al “hola”, al “vale” o al “ok”… El tuteo indiscriminado y antidemocrático se ha impuesto de forma generalizada con olvido de que la igualdad es consecuencia de la libertad y nadie puede ser tratado como no desea.

Se ignora que los parques públicos son de todos y no es difícil contemplar la destrucción del respeto a los otros que supone el “día después” de los botellones.


Los insoportables y, en ocasiones, ridículos, sonidos de algunos multitonos de teléfonos móviles nos aturden a todas horas y en todo lugar. Los usuarios frecuentes del tren debemos soportar, si o si, que cualquier hijo de vecino cuente, sin ningún pudor y a viva voz desde su asiento, su vida y milagros a su interlocutor telefónico, cuando, el precio pagado por el billete, pareciera dar derecho a una mínima tranquilidad.

Ya en el siglo XIX un escritor tan nada sospechoso de involucionismo como Mariano José de Larra satirizaba sobre las toscas maneras y alababa el “provechoso yugo de una buena educación”.

Hoy debemos exigir, con Larra y con todas las personas civilizadas, la restitución imperiosa de las buenas formas y la proscripción social del mal gusto y la chabacanería.

domingo, 22 de marzo de 2015

Hoy es siempre todavía.

El descubrimiento del genoma supuso una nueva etapa en la historia de la ciencia y de la medicina, en el sentido que permitió conocer la información albergada dentro de cada una de las células del ser humano, de la cual se derivan la estructura y funcionalidad de las distintas proteínas. Estas proteínas confieren no solamente la expresión externa del individuo, lo que se denomina fenotipo, sino también la funcionalidad de los distintos órganos y sistemas de las personas.

Desde el punto de vista médico, el conocimiento de los genes y su interrelación con la presencia de determinadas enfermedades ayuda a identificar alteraciones genéticas que predisponen al desarrollo de las mismas. En la misma línea, el conocimiento de estos genes alterados ha permitido la identificación de nuevas estrategias terapéuticas.

Uno de los aspectos del "libro de la vida" que más me ha llamado la atención es el dato de que los hombres somos muy similares unos a otros, con un nivel de homología del 99'99%, y donde las diferencias a nivel de mínimos cambios constituyen únicamente el 0'01%. En este sentido, está claro que, con una carga genética muy similar, son las condiciones personales de cada individuo y la forma en que ejerce su libertad como persona el camino que conduce a las distintas formas de orientar la libertad y el compromiso personal.

Dicho de otro modo: la bondad y la maldad no están incoadas en los genes. Las virtudes humanas no vienen predefinidas a nivel de las unidades que componen el genoma humano, los genes, sino que a partir de contenidos muy similares de genes, es la libertad personal y la integración del individuo en su entorno lo que permite desarrollar las distintas cualidades personales. 

Igualmente el conocimiento del genoma humano y el comprobar que las diferencias entre los distintos individuos no llegan al 0'01%, representan un sólido argumento que echa por tierra las tesis racistas al comprobar que el determinismo biológico no tiene razón de ser ni base científica en la diferenciación étnica. Las distintas personas e individuos que poblamos el planeta, más allá de nuestros rasgos diferenciadores, formamos una gran masa unida por una información genética que compartimos con una similitud prácticamente absoluta.

Sin embargo, no todos los individuos somos iguales, porque, de alguna forma ese 0'01% de diferencia en la secuencia permite la riqueza de expresión fenotípica con la que contamos en el planeta. Asimismo, la información albergada en el genoma queda completamente tamizada con el compromiso personal y la forma de enfrentarse a los desafíos de la vida. En esta línea, el barniz que aporta la cultura y la educación de la persona, como también su adquisición de una escala de valores, enriquece notablemente el contenido estricto de la información contenida en nuestro genoma.

En definitiva, lo que nos clarifica el genoma humano es que las características éticas, las virtudes humanas y la libertad del individuo no vienen regidas por informaciones contenidas a nivel de genoma. A partir de unos datos brutos que pueden constituir el conjunto del genoma, estas cualidades y características personales surgen de la forma en que la cultura, la educación y la integración con el ambiente moldean los aspectos básicos que componen la personalidad humana. No existe un "determinismo genómico" en el concepto global de persona. El compromiso que adquiere el individuo frente a su libertad y la manera de enfrentarse al mundo, es modulado en parámetros que no son biológicos. Afortunadamente.

Buscamos la felicidad en cosas externas y construimos la vida en torno a realidades que se encuentran fuera de nosotros. Nos olvidamos de construir nuestro interior, que es como los pies sobre los que se apoya toda nuestra existencia.



Muchas veces pasamos por alto la ética, los principios y valores, porque estamos ocupados en lograr el oro, la plata o el bronce, al precio que sea necesario. Lo triste es que después de tantos esfuerzos nos damos cuenta del gran vacío al que conduce esa tarea, a la que hemos entregado una parte importante de nuestra vida.

Reconocernos frágiles, vulnerables, es tal vez el primer paso para salir de esta situación. Identificar las tentaciones, las múltiples tentaciones a que nos vemos enfrentados diariamente es otro paso importante.  Igualmente tomar distancia, hacer silencio y cuestionarnos sobre el sentido de lo que hacemos es un hábito que cada día deberíamos intentar desarrollar, con más esfuerzo. Quizá lo más significativo sea aprender a aceptar nuestros errores y los de quienes están a nuestro lado; y aprender a perdonar y a perdonarnos. Hoy es siempre todavía.

Publicado en Diario de León, el sábado 21 de marzo del 2015: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/hoy-es-siempre-todavia_965396.html


lunes, 19 de enero de 2015

Huellas, no cicatrices.

Indudablemente, España está viviendo una de las crisis más dramáticas de las últimas décadas, y esta vez nos enfrentamos con una verdadera crisis estructural, no coyuntural. Las cosas no volverán a ser nunca más como antes ya que el trabajo será un bien escaso, los consumidores estarán más informados y formados, serán cada vez más exigentes -implacables si nos equivocamos-  y muy, muy difíciles de fidelizar.

Los empresarios deberían recordar que el coste de mantener a un cliente es notablemente inferior al coste de captar a uno nuevo y que, este último, es, a su vez, inferior al coste de recuperación de un cliente perdido. Hablar de recuperación a estas alturas puede ser utópico si no nos replanteamos nuestros usos y costumbres. Con lo cual ¿por qué no hacer las cosas bien a la primera? ¿por qué no crear en nuestra organización una cultura de servicio que facilite fidelizar a nuestros clientes?

Esto significa contar con colaboradores con actitudes positivas, con ganas, con sentido de la responsabilidad y con formación suficiente para poder comunicar al cliente el servicio que queremos. En tiempos difíciles, quizá más que nunca, el trabajo en equipo es más necesario, que se unan los esfuerzos en una misma dirección. 

Trabajar, efectivamente, en equipo es una ventaja competitiva de las auténticas. De aquí la importancia de analizar por qué no se hace. La realidad nos enseña que trabajar en equipo -como la mayoría de las buenas prácticas- requiere esfuerzo. Y exige cambios (mejoras) a nivel de las personas y de las organizaciones. Implica cooperar, compartir información y tomar decisiones en conjunto. Sin embargo, muchos directivos han sido -y son- educados en la especialización, en el brillo exclusivamente personal y en el convencimiento de que sólo compitiendo se lograrán los mejores resultados.

Egoísmo, ambición, afán de poder, individualismo, competitividad extrema, que no duda en poner el pie encima de otro... son algunos de los calificativos con los que muchos ciudadanos definen a los directivos de muchas organizaciones. Quizá para revertir estas negativas opiniones se ha vuelto a poner el foco en la conveniencia de que los directivos se esfuercen en adquirir y desarrollar otras cualidades como, por ejemplo, el liderazgo basado en principios.

El directivo debe tener la capacidad de estar informado de todo lo relevante para su organización, de trabajar codo con codo con cualquiera. Tiene que saber del negocio y de la empresa, tener metas claras, mantener la política de puertas abiertas y contagiar a sus colaboradores para que estos se adhieran, ojalá con entusiasmo. Por tanto, el directivo, además de tener ciertos conocimientos de la industria o del mercado, debe tener la capacidad para relacionarse y comunicarse -efectivamente- con las personas: clientes, proveedores y, muy especialmente, con su equipo de colaboradores. Su principal tarea es coordinar a las personas a quienes tiene la responsabilidad de dirigir, para lograr los objetivos que se quiere alcanzar. Esto implica tiempo y habilidad para delegar, trabajar en equipo, escuchar a las personas y considerar su participación en la toma de decisiones.

Es probable que, por la velocidad habitual del ajetreo diario que vivimos, haya cosas esenciales que se nos escapan de la conciencia y, sin mala intención, no las advirtamos. Una de ellas es que varios episodios de las personas que conviven con nosotros dependen, en cierto modo, de nosotros, de nuestro comportamiento. Los dolores que causa una pareja, un hijo, un padre... son dolores existenciales que desvían la trayectoria de unas vidas que podrían haber tenido un cauce más feliz; el abandono o la indiferencia de quienes necesitan nuestro cariño deja huellas que no se borran ni cicatrizan fácilmente.

Pero tampoco se nos debe escapar que episodios, tal vez claves, de la biografía de seres menos próximos (compañeros de trabajo, por ejemplo) también pasan por nuestras manos. Acciones u omisiones -nuestras- que no han sido indiferentes en esas historias que en un momento han convergido con la historia personal. Un silencio cómplice, una actuación injusta, un mal ejemplo puede dejar marcas, cicatrices... Como también una palabra acertada, una muestra de cariño desinteresado, una mano que se tendió en el momento oportuno, un ejemplo positivo pueden haber contribuido -de modo que jamás sabremos- a hacer de esas vidas algo mejor de lo que hubieran sido. Son las huellas.

Nadie escribe a solas su biografía. Influimos, visible o invisiblemente, de una manera consciente o inadvertida, en las vidas ajenas. Atención a esta realidad, y esforcémonos por dejar huellas y no cicatrices: también en los equipos de los que formamos parte y/o tenemos la responsabilidad de dirigir.


Publicado, hoy, lunes 19 de enero del 2015, en Diario de León: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/huellas-no-cicatrices_950448.html

sábado, 27 de diciembre de 2014

¡Si se puede...!

Durante los últimos meses, casi todos los periódicos han publicado en sus suplementos de fin de semana algún artículo o reportaje sobre el aumento de las enfermedades psiquiátricas por exceso de trabajo. Ya no son enfermedades como úlceras, gastritis o cefaleas, sino serios trastornos psicosomáticos como las depresiones.

Las causas de este tipo de enfermedades, en muchos casos, se encuentran en la enorme presión social y laboral que se ejerce en los colaboradores de muchas organizaciones. Ahora con la crisis más, pero antes también.

La presión por cumplir los objetivos, por ganar una compensación extraordinaria, la ambición legítima por un ascenso que supondrá un mayor sueldo y un mayor reconocimiento social, pretensiones muy legítimas que pueden desequilibrar nuestra vida.

Como dicen los economistas el tiempo es un bien escaso. Quizá el más escaso de todos, y desde luego de los pocos que no se pueden comprar. El tiempo es breve.

El manejo efectivo del tiempo es un factor clave para que una persona viva una vida digna de tal nombre. Interesarse por el buen uso del tiempo no es sólo una moda sino una necesidad. Una óptima gestión del tiempo aumenta la capacidad de hacer más cosas, y mejor. Y, muy importante, disminuye tensiones innecesarias en la vorágine actual. 

Suele ocurrir que, en el dinamismo de nuestras vidas, tengamos una lista interminable de tareas y no sepamos por dónde empezar. El éxito laboral es estimulante, eleva el nivel de aspiración y conduce a dedicar más y más horas al trabajo.

Sin embargo, pone en marcha un círculo vicioso que tiene varias consecuencias: Primera, el creciente número de horas dedicadas al trabajo produce estrés, con la consecuente atrofia afectiva. Segunda, el poco tiempo dedicado a la familia y la atrofia afectiva empobrecen la relación familiar y desencadenan tensiones entre sus miembros. Tercera, la persona que cae en esta adicción sufre por dentro el conflicto que nace de saber que no está cumpliendo con su familia. Y cuarta, la falta de armonía entre trabajo y familia daña a ambos. 

La persona es una. Una vida familiar pobre y cargada de tensiones afecta también a la eficacia en el trabajo y a su lado humano.

Este círculo vicioso puede tener efectos irreversibles y conducir a rupturas familiares. Quienes se dan cuenta a tiempo pueden salir de este círculo. Si eres capaz de ver el carácter prioritario de la vida familiar estarás bien encaminado para reorganizar tu tiempo, aprovecharlo, y mejor asumir las responsabilidades, en armonía contigo mismo y con tus seres queridos.

Es posible la armonía entre trabajo y familia, si se puede…Una vida agitada no es más que la parodia de una vida intensa. A la larga, quienes nos dejamos picar por el bicho de la prisa o de la falsa eficacia terminamos dominados por las situaciones y por las circunstancias, en vez de dominarlas. Nos dejamos arrastrar por los hechos exteriores sin darnos espacios para que las cosas decanten; juzgamos y decidimos con precipitación.

Tenemos que aprender a defendernos de la aceleración creciente que hoy se quiere imprimir al trabajo y, desde luego, a la vida de familia. Para descubrir el encanto escondido de las relaciones humanas y del trato cordial es preciso desacelerarse, conquistar un mínimo de paz interior, perder el miedo a que el silencio sea un invitado inquietante, y hacerse tiempo para ponderar lo que nos ocurre y lo que ocurre a nuestro alrededor.

Las cosas importantes piden reposo para considerarlas pausadamente, con oído imparcial. Y las personas no abrimos nuestra intimidad a quienes tienen puesta su cabeza en la acción o en el paso siguiente. Las relaciones superficiales no permiten sino amistades superficiales, relaciones de ocasión, amores superficiales.

Quizá nuestra auténtica "calidad de vida" dependa de que nos esforcemos por vivir serenamente.

Feliz Año 2015.

Publicado, hoy, sábado 27 de diciembre del 2014, en Diario de León: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/si-puede-hellip_945443.html 

sábado, 30 de agosto de 2014

La ética de todos los días.

Existe un amplio consenso al afirmar que esta crisis se ha producido por una combinación de desenfoques y errores técnicos, y de faltas éticas. 

Ello ha puesto de manifiesto tres carencias básicas, que están en el origen de la misma: la de reglas adecuadas para regir el mercado global, especialmente el financiero; la de instituciones con capacidad suficiente para garantizar su buen funcionamiento y, finalmente, la carencia ética, sin la que esta crisis no se habría producido del modo como lo ha hecho.

Una teoría excesivamente permisiva con los mecanismos propios del mercado ha favorecido un relajamiento de las más elementales normas que guían la asunción y evaluación de riesgos; pero, a su vez, esa relajación no ha sido exclusivamente técnica, sino también propiciada por una serie de comportamientos que manifiestan fallos éticos.

Una crisis es siempre una ocasión de revisión y mejora que no puede ser desaprovechada. En este sentido hay que tener en cuenta dos peligros: el primero, nacido de la inercia, del miedo al cambio y de los intereses particulares en juego, es tratar de volver cuanto antes a la situación anterior, como si nada hubiera pasado. Este riesgo está mucho más extendido de lo que pensamos y puede limitar en gran medida la oportunidad de mejora.

El segundo riesgo consiste en pensar que la situación puede resolverse únicamente con medidas de política económica, tales como una mejor regulación de los mercados, una revisión de los métodos de evaluación de riesgos, un grado mayor de cobertura por parte de los bancos y, en su caso, las necesarias medidas de ajuste estructural.

Además de que todos nos esforcemos por debatir, encontrar y aplicar las medidas técnicas y políticas necesarias, la crisis actual denota quiebras económicas, éticas, antropológicas y culturales sobre las que es necesario reflexionar en profundidad.

Nuestro mundo, en el que todas las personas buscamos vivir con dignidad y paz, está sometido a mecanismos que generan desigualdades graves entre personas, regiones y países; a una lucha constante por mantener ventajas competitivas frente a otros; al afán de poder económico y político; a una cultura de “suma cero”, en la que no todos salen ganando, sino que unos ganan a cuenta de lo que otros pierden. 

Más allá de que se puedan (y deban…) aplicar medidas técnicas y políticas, la superación de los obstáculos mayores se obtendrá gracias a decisiones esencialmente éticas. La credibilidad ha pasado a ser uno de los aspectos fundamentales de la relación del individuo con la sociedad. Se trata, en definitiva, de la confianza que tiene el ser humano en sus semejantes e instituciones con quienes se relaciona.


No se trata del aspecto formal de estas relaciones, que pueden estar reguladas por leyes o por acuerdos privados entre las partes, sino de la convicción íntima de las personas que sus derechos serán respetados y que los compromisos adquiridos se van a cumplir. La importancia de la credibilidad es mucha. 

Desde el punto de vista económico, la falta de credibilidad incrementa los costes. Por ejemplo, la falta de confianza en las personas y en las empresas, lleva a la necesidad de constatar la identidad y solvencia financiera de los clientes, de tal manera, que cada día son más las empresas dedicadas a proveer este servicio.

Si no hay credibilidad en la justicia, se buscan mecanismos de solución alternativos al sistema judicial. La falta de credibilidad en la política y en los políticos ha llevado a que muchos ciudadanos no tengan interés en participar, ni siquiera votando. La gente normal ve a los políticos lejos de la realidad; y muchas de sus acciones, aun siendo legales, se perciben como poco éticas. Es el caso de los conflictos de intereses. La falta de una clara regulación de los grupos de presión (que de hecho existen en forma de asesores o relaciones públicas) es el origen de muchos de los desaguisados de nuestra actualidad.

La responsabilidad política como asunto de ética no se considera. Las dimisiones son rarísimas y casi nadie asume responsabilidades por la función que desempeña. En la opinión de la gente, la credibilidad o la falta de ella, se forma lentamente en el tiempo y generalmente no está asociada a un suceso específico, sino a un cúmulo de acontecimientos o detalles que alimentan la confianza o desconfianza.

Casi siempre que hablamos de ética nos referimos a asuntos actuales de carácter político o económico, o a la ética de los otros… Rara vez a nuestras actividades cotidianas. Ser ético es ser una persona en quien se pueda confiar. Luchar por vivir sin dobleces, sin justificar nuestras acciones cuando sean malas. Al pan, pan, al vino, vino… Ésta es la ética de todos los días, la cotidiana, la que debemos cuidar prioritariamente porque con nuestras pequeñas acciones contribuimos -o no- a generar una cultura de confianza, de respeto a los demás.

Es muy fácil asentir a grandilocuentes propuestas de regeneración ética para tal o cual institución u organización. Y no tanto responsabilizarse de la propia vida, y cuidar el impacto de nuestras acciones en otras personas. Estaremos contribuyendo a la verdadera regeneración si nos esforzamos por mejorar las relaciones con las personas con quienes habitualmente convivimos, luchando por ser más sinceros, más honrados, más responsables, más trabajadores, más serviciales, más cariñosos…Nosotros primero.

Publicado, hoy, 30 de agosto del 2014 en Diario de León: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/etica-todos-dias_916912.html 

domingo, 10 de agosto de 2014

Para comunicarse lo mejor es hablar.

Hace tiempo que la última revolución tecnológica, la de las tecnologías de la información, nos está lanzando un mensaje al que parecemos estar haciendo oídos sordos. La mecanización ha marcado un camino de no retorno: que las máquinas hagan de máquinas para que las personas empiecen a ejercer de personas.

Dicen algunos que internet puede acabar con las relaciones interpersonales. No sé. De momento, gracias al correo electrónico, se están volviendo a escribir cartas. 

Las cartas son mejores que el teléfono en algunos aspectos: normalmente están más y mejor pensadas, se leen cuando conviene o interesa, son más profundas, van al tema y permiten relecturas que son como conversaciones repetidas con matices diferentes al son de cada nueva revisión.

El teléfono gana en inmediatez y agilidad, goza de la frescura de la palabra hablada, de los colores de la voz y el tono. 

¿Y la imagen? También está resuelto por las mencionadas tecnologías de la información: basta con tener un ordenador (o teléfono) con cámara y ya estás en videoconferencia con tu interlocutor, o sea, ves con quien hablas. Todo resuelto.

¿Todo? ¿Y el calor? ¿Y el ambiente, el tono de las relaciones, los latidos del corazón, el pulso del día a día, las sonrisas, la pasión de las personas? 

Ésa parece ser la función que el mundo moderno deja para los buenos dirigentes, la de hacer que las personas se conozcan, se ayuden, colaboren y trabajen en equipo. En equipos cuyos integrantes están y estarán separados por miles de kilómetros aunque puedan estar virtualmente juntos.

Con este panorama necesitamos personas dispuestas a ayudar a otras personas a llenar de contenido su trabajo, a entender la utilidad y finalidad de su labor, a colaborar con los demás y a sumar esfuerzos.

El liderazgo no se asume, se consigue. Se lo exigen a quien tiene la responsabilidad de dirigir sus propios colaboradores. Claro que, para ello, es necesario que el directivo forme parte natural del grupo humano que dirige, sea uno más... Uno más que orienta, orienta y orienta...En realidad, un directivo no debería hacer otra cosa que pasarse el día hablando con sus colaboradores. 

¿Qué la organización es muy grande? Pues tendrá que viajar mucho y beber mucha agua, porque la necesitará para seguir hablando, orientando. Sólo así podrá tomar el pulso al día a día del entorno que dirige y adelantarse al cambio. 

El futuro no está, se hace. Y lo hacemos las personas.

Aunque suene a tópico, los colaboradores son la inversión más valiosa de la organización. Son los únicos cuyo techo en valor añadido es, cuando menos, desconocido; claro que también son los más costosos, los más delicados y los más difíciles de rentabilizar...porque hay que hablar con ellos. 

Y algunos directivos están tan preocupados por mandar y tienen tan poca competencia que se han olvidado de hablar, de dirigir a sus colaboradores.

Nos gustan las casas grandes, las empresas grandes, los sueldos... grandes. Bueno, y no sólo en cuestiones materiales: también nos gusta pensar en grande y ser grandes personas.

En la administración de organizaciones, también. Las estrategias han de ser "grandes". En los seminarios de moda se utilizan casos de empresas grandes. Se nos presentan los modelos estereotipados de las grandes empresas multinacionales. Supone un gran esfuerzo adaptarlos a nuestra realidad, evidentemente, más pequeña...

Caballo grande, ande o no ande... La consigna es crecer y crecer, bajo el supuesto amparo de las economías de escala y de la sinergia de las fusiones. A veces, en la búsqueda de lo grande se ignoran las cosas pequeñas que suelen ser el camino prudente, la mejor vía, para alcanzar los grandes logros.

En ocasiones, nos inventamos atajos creativos para soslayar ciertos "detalles"... Nos saltamos principios, experiencia documentada y, a base de grandes zancadas, tropezones y pisotones, pretendemos llegar a-no-se-sabe-bien-dónde pero dejando una estela oscura de malas prácticas.

Olvidamos las pequeñas estrategias, el valor de la comunicación directa, franca y oportuna, del trato humano, del respeto mutuo, de la responsabilidad, del sentido de equipo. Nos apoyamos, demasiado, en la tecnología y cada vez menos en el potencial de una buena conversación, de la emoción, de los sentimientos de nuestros colaboradores.

Las tecnologías de la información nos están abriendo de par en par el mundo de las comunicaciones, nos están llevando a situaciones técnicamente ilimitadas; pero no nos ofrecen más que el soporte. La comunicación en sí queda en nuestra mano. Y hasta que no se demuestre lo contrario, para comunicarse es mejor hablar.

Publicado, hoy, 10 de agosto del 2014, en Diario de León: http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/comunicarse-mejor-es-hablar_912299.html