@MendozayDiaz

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sábado, 4 de mayo de 2019

La persona que uno es.

Todos los días se está decidiendo la competición del progreso, del nivel de vida y de las oportunidades de cada individuo y de las naciones. El mundo, por supuesto, está en constante variación; otro tanto ocurre con la vida de cada persona, no solo por el paso del tiempo, sino por la articulación de las diversas edades, que van marcando zonas de relativa estabilidad en su flujo continuo, que no admite detenciones ni rupturas. La sustancia vital de los pueblos no está sólo en las campañas militares y en las genealogías regias, como parecían creer los cronistas clásicos, sino muy principalmente en las estructuras culturales, sociales y económicas. Todavía hay quienes reducen la Historia a un vaivén de fronteras y a una sucesión de soberanos. Cañoneos. Pero la Historia es algo mucho más serio y profundo; es la reconstrucción de la aventura humana y, primordialmente, de su magna peripecia, que es la cultura: la ciencia, las artes, las instituciones, las formas de vida…

La vida puede vivirse como tránsito; pero si se vive como destino, sólo hay tres grandes modos de soportarla: la evasión, la desesperación existencial o el racionalismo senequista. El sabio llega a convencerse de que la felicidad intramundana reside en la medida y en la virtud, lo cual remite el problema a la razón. Pero la mayoría de los mortales cree comprobar a diario que su dicha consiste en el placer. El deleite les llega por los sentidos y se traduce en emociones. De ahí que la conducta del hombre medio sea predominantemente hedonística y se oriente hacia el área de la emotividad. La relajación de ideas y el materialismo que provoca en los hombres un único afán de poseer y de disfrutar.

Los tiempos se suceden, la edad varía, las circunstancias cambian. Y, si cambian las circunstancias, ¿cómo no ha de cambiar, al unísono, el pensamiento de los hombres? En determinadas ocasiones tenemos que cambiar de opinión para ser sinceros con nosotros mismos. No se trata de pintar como querer, sino del ser de las cosas. Desearíamos que la realidad se ajustara a nuestros proyectos, querríamos que no fuese un obstáculo. El mito idealista de Jauja está detrás de cada sueño del hombre. Muchas gentes elementales suelen censurar a los ciudadanos sus cambios ideológicos. Yo creo, por el contrario, que modificar honradamente un pensamiento político puede ser, la mayoría de las veces, una muestra de talento y probidad. En nuestro país, tan socialmente dominado por el hábito de confundir la dignidad con el monolitismo, aquélla, sin la menor mengua de su fortaleza, es perfectamente compatible con un leal ejercicio de la palinodia. El diccionario existe para que los ciudadanos conozcan el significado de las palabras y de los conceptos. Si todos lo conocieran, el diccionario no tendría razón de ser.
El hombre, cuanto más evolucionado, se interesa más por lo real y se desinteresa de la fábula. Pero la experiencia lo desmiente a diario, puesto que las modernas ideologías han sido propugnadas con un dogmatismo casi religioso. Renuncian a la libertad de pensar y, consecuentemente, no impulsan. Son ejes de transmisión y no muelles reales. Son voceros del espíritu del tiempo, no sus forjadores.

La serenidad es otro rasgo, signo de la madurez individual y colectiva que a los hombres y a las sociedades proporciona el hecho de considerar las cosas con visión superior a la meramente natural. Debemos ser objetivos y lógicos, a la vez que muy humanos. No hay que intentar contentar a los que no se van a contentar. Las verdades están ahí; nosotros debemos andar por el camino de estas verdades entendiéndolas cada vez mejor, poniéndonos al día, presentándolas de forma adecuada a los nuevos tiempos. Poner en palabras la verdad, para que esta dure más que su mentira. Se ha instalado la desorientación. ¿Durará siempre?

Publicado en "Diario de León" el viernes 3 de mayo del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/persona-uno-es_1332585.html

jueves, 25 de abril de 2019

¿Por qué huye la oveja del lobo?





La opinión pública es un elemento esencial de cualquier sistema político. Su libre conformación, es uno de los pilares sobre los que se debe asentar un orden democrático. La existencia de instrumentos exteriores de configuración de la opinión ha terminado por modificar el alcance de la soberanía. Los fabricantes de opinión. En ningún lugar una sociedad se gobierna a sí misma; siempre la gobiernan unos pocos. La voluntad general no existe, y la opinión pública es cambiante, sujeta a manipulación, y no puede ser representada de manera estable.

Es relevante el nuevo contexto tecnológico. No sólo supone que se multiplican los instrumentos de participación. Implica, también, una transformación cualitativa de los mismos. Por la simplicidad y universalidad de acceso. Algunas de las barreras más significativas que se habían erigido alrededor de la democracia directa, desaparecen. Junto a esto, la inmediatez. La tecnología hace posible que se pueda participar de forma inmediata sobre cualquier acontecimiento. El tiempo real es una realidad política.

La representación política, que nació para establecer relación entre ámbitos, esferas y personas distantes entre sí -hacer presente es representar-, y para aportar datos y aspiraciones donde correspondiera, sigue, en esencia, bajo la concepción anterior a los nuevos fenómenos de comunicación. En pocas palabras: mientras la ciencia ha revolucionado montones de cosas directamente afectantes al hecho político, las formas políticas han permanecido invariables, nadie se ha dado por aludido. No es éste un alegato contra la representación política. Nada más necesario que su existencia. La vida social es conflicto, y requiere la ortopedia de las instituciones. Pero cabe pensar que el cambio tecnológico la ha de afectar de alguna manera en cuanto a su concepción, fines y formas.

Hace años presencié un experimento significativo. Se trataba de que, en una clase, los alumnos comparasen entre sí varias líneas trazadas en la pizarra. En un determinado momento, la mayoría de los alumnos, menos uno, dijeron que la línea A era igual a la C. Esta discordancia no se basaba en que el disidente de la opinión mayoritaria estuviese equivocado, sino en que la mayoría estaba de acuerdo con el profesor en “afirmar el error” para poder observar la reacción del discordante: éste era, en efecto, el fin del experimento. La reacción del discordante variaba; nacía una cierta angustia al disentir de la opinión de la mayoría en algo que a él parecía evidente, apoyado en la comprobación de los sentidos. Por una parte, no podía dudar de lo que veía claro, clarísimo; por otra, cabía pensar que los demás también veían bien. Cuando al final del experimento el profesor explicaba al sujeto el “truco”, aprovechaba para hacerle ver la posibilidad de que uno esté en la verdad, aunque la mayoría esté en el error.

¿Por qué huye la oveja del lobo? La estimativa no sólo conoce lo sensible externo, sino también ciertas realidades que no se perciben por los sentidos, por ejemplo, la amigabilidad, la enemistad, la utilidad, la nocividad, que el sentido externo es incapaz de percibir. La oveja huye del lobo no por su color o figura -cosas sensibles a los sentidos externos-, sino porque-es-su-enemigo. La vida humana es constitutivamente deseo. El problema no se reduce a querer o no querer, sino a querer esto o lo otro, a preferir. A veces, los términos de una opción no se suelen excluir mutuamente; hay que tomar los dos, y poner el acento sobre uno de ellos. La vida es cuestión de énfasis. La prudencia, en cambio, descubre los medios acertados, la verdad operable por el hombre en cada circunstancia para llegar a ese fin. El objeto de la prudencia consiste en descubrir en cada caso cuál es la verdad particular operable. Ya San Isidoro, en sus famosas “Etimologías”, definía al prudente como “porro videns”, como sujeto perspicaz, que-ve-de-lejos.

Publicado en "Diario de León" el miércoles 24 de abril del 2019: https://www.diariodeleon.es/noticias/afondo/por-huye-oveja-lobo_1330317.html