@MendozayDiaz

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sábado, 30 de marzo de 2013

La señora Eustasia.

Mujer anciana, muy mayor. No sabría calcular cuántos años tenía, pero muchos. 

Mi suegro decía que cuando se mudaron al barrio (en los años sesenta) la señora Eustasia y su marido, ya eran mucho más mayores que los demás matrimonios vecinos.

Salvo en los días de mal tiempo, siempre estaba en su jardín, arreglando sus plantas o sentada en una mecedora, tejiendo o simplemente mirando.

No solía entretenerse hablando con los transeúntes, no era muy sociable, más bien algo seca; pero al paso de cada uno, siempre recitaba algún refrán. 

Recuerdo muchas anécdotas pero hay dos que me gustan especialmente, quizá porque retratan mejor la finura de su estilo de decir.

Mi hijo Enrique (y después por su influencia todos sus hermanos…) era aficionado al fútbol, como se suele decir, desde su más tierna infancia. 

Cuando visitábamos a mis suegros solía salirse a la puerta a jugar a la pelota. 

A la señora Eustasia no le gustaba nada su afición; supongo que porque las voces y los pelotazos perturbaban la tranquilidad a la que estaba acostumbrada. 

Nunca nos decía nada pero con su rostro era suficiente; y cuando la pelota caía en su jardín, a veces, no respondía cuando mis hijos tocaban el timbre para pedirle permiso para pasar a recuperarla. 

En una ocasión, jugando, mi hijo Enrique se cayó y se lesionó una pierna. En el hospital se la escayolaron. 

Regresando a casa iba haciendo sus primeros intentos con las muletas y al pasar por delante de ella, sentada en la mecedora, desde su jardín, suspiró: “tanto va el cántaro a la fuente que, al final, se termina rompiendo”. 

Varios familiares se molestaron por el comentario, a mí -la verdad- me pareció ingenioso. Todavía hoy sonrío al recordarlo. 

Su sentido del humor era  popular, castizo, fino, con una gran carga de “mala onda” como dirían mis amigos mexicanos o de “mala follá” como dicen mis paisanos de Granada. Pero sentido del humor al fin y al cabo.

La segunda anécdota tuvo lugar con motivo de la boda de un buen amigo. Mi mujer y mis siete hijos vinimos desde Monterrey (México) donde entonces vivíamos. 

El día de la ceremonia salimos todos de casa de mis suegros con nuestras mejores galas. Mi mujer y mi hija, guapísimas (como siempre), con elegantes vestidos, complementos y peinados para la ocasión. Nosotros, todos con traje y corbata. 

Pasamos por delante de su casa. Ella estaba podando sus rosales y sin apenas levantar la cabeza dijo: “dentro de cien años, todos calvos…” Jajaja. Qué gracia me hizo y todavía me hace. Jajaja…

Quizá  (como dice alguno de mis hijos) tenga algo idealizada a la señora Eustasia, quizá; pero, para mí, entronca con lo mejor de la sabiduría popular expresada a través de refranes. Con su punto de retranca, sí, pero con mucha enjundia. 

De ella son los dichos que tantas ideas me inspiran cuando tengo que hablar o escribir sobre la educación de los hijos: "niños chicos problemas chicos, niños grandes problemas grandes" o "cuando eran pequeños daban ganas de comérselos y ahora me pregunto por qué no me los habré comido..." Jajaja.

Considero una suerte haberla conocido y lamento no haberla tratado más, pues era un auténtico pozo de sabiduría. Muchas gracias y descanse en paz, señora Eustasia.



jueves, 28 de marzo de 2013

Detrás está la gente.

Durante muchos años, la mayoría de los sistemas de mejora de las organizaciones se basaron principalmente en el estudio formal de sus procesos más que en el análisis del comportamiento de las personas que participaban en esos procesos. 

Hoy la tendencia es proponer programas de mejora a partir del estudio detallado del desempeño de las responsabilidades del colaborador, de su preparación, de su trabajo en equipo.

Una vez más se concluye que lo más importante para que una organización mejore es contar con gente formada para desarrollar la tarea que se le encomiende y, también, con una distinguida habilidad para relacionarse adecuadamente con otras personas: compañeros, clientes y directivos.

Aquí está la explicación de por qué fracasan muchos intentos de mejora: porque se enfocan únicamente en los procesos formales, en las estructuras, en los organigramas sin caer en la cuenta que detrás de cada uno de esos procesos siempre hay una o varias personas de quien depende el éxito o el fracaso. 





El reto de los directivos es conseguir que esas personas quieran y hagan lo que la empresa quiere, y lo hagan cuándo y cómo la empresa quiere. 

Libremente, pues, si no, no se lograrán buenos resultados. 

Antropología en estado puro, mi querido Beto.

martes, 26 de marzo de 2013

No es lo mismo.

Punta Arenas se encuentra en el extremo sur de la República de Chile. Dos veces tuve la suerte de visitarla por motivos de trabajo.


Aunque tiene un clima inhóspito, sin embargo la ciudad tiene su encanto y una historia novelable. 

Hasta la apertura del Canal de Panamá fue el principal puerto de comunicación entre los océanos Pacífico y Atlántico, a través del Estrecho de Magallanes. Hoy es el centro comercial y turístico más importante del extremo austral de Sudamérica. 

Imágenes como ésta de grandes transatlánticos que navegan junto a los pingüinos son habituales.


La segunda vez que fui a Punta Arenas viajé acompañando a Bernardo, buen jefe y mejor amigo. Él era el Director general y yo el Director de Operaciones de la empresa para la que trabajábamos. 

El Gerente de la XII Región…En Chile son muy prácticos y no se complican la vida con el nombre de sus regiones; las denominan con números de norte a sur siendo la primera la que linda con Perú y la duodécima y última, ésta, la más austral. Bien, decía que el Gerente de esta región nos llevó a visitar un parque nacional impresionante. Gigantescos icerbergs, aguas de colores oscuros, pingüinos. 

En este entorno les compartí la siguiente historia:

Treinta pingüinos están sobre ese iceberg que flota en medio del océano.

Uno decide tirarse al agua.

¿Cuántos quedan?

¿Veintinueve?... Te equivocaste.

Quedan los mismos treinta porque no es lo mismo decidir hacer algo que hacerlo.





Durante varios días nos divertimos repitiendo la historia y las nuevas versiones que improvisaba Bernardo. Es un tipo muy divertido. Recordándolo (y han pasado más de diez años) todavía me río a carcajadas evocando sus ocurrencias.

Y, siempre, me sirve para tener presente la importancia de actuar, de hacer, de emprender, de no caer en la parálisis por un excesivo análisis.

lunes, 25 de marzo de 2013

Proyectos.


A veces, nuestros sueños, nuestras ilusiones, se quedan sólo en proyectos. 

Esperamos que se cumplan pero no nos esforzamos lo suficiente para hacerlos realidad. Como si el simple paso del tiempo nos los fuera a regalar.

La vida no funciona así. 

El tiempo es el recurso más valioso y escaso con el que contamos. 

Y, en ocasiones, nos comportamos como si ignoráramos esta verdad fundamental. 

Aprovechar el tiempo es básico. 

Y se puede aprender, hay experiencia documentada -buenas prácticas- y técnicas probadas. 

Lograr que nuestros sueños dejen de ser proyectos y se transformen en realidades, pasa por administrar nuestro tiempo con inteligencia y con intensidad.

Ya lo decía la señora Eustasia, parafraseando a no recuerdo quién: El único lugar donde el éxito va antes que el trabajo es en el diccionario…

domingo, 24 de marzo de 2013

Educación e investigación, claves del desarrollo sostenible.

El proceso de conocimiento económico es complejo porque en él confluyen los efectos, en distintas direcciones, de una gran cantidad de variables. 

La inversión constituye uno de los factores claves, de aquí la necesidad de favorecer la formación de capital privado y público. Pero también es otro factor clave la formación del capital humano que un país requiere para sostener su economía. En una doble dimensión: el mayor capital humano estimulará un aumento en la productividad; al mismo tiempo, se igualan oportunidades y se permite que el crecimiento ejerza un efecto positivo -y sostenible- en la distribución de los recursos.

Los programas destinados al mejoramiento en la calidad de la educación -en un país con malos indicadores- son totalmente necesarios y deben seguirse sistemáticamente. Los efectos de estos esfuerzos se observarán sólo en el largo plazo pero redundarán en un desarrollo sostenible.

En este contexto, no hay que olvidar la importancia de la investigación pura y aplicada. Un país no progresa ni mantiene la delantera si está sometido a copiar o imitar el adelanto técnico importado. Además, si los propios profesionales de un país son formados sólo por medio de la repetición del conocimiento existente, se está inhibiendo la capacidad que tendrán posteriormente para convertirse en líderes de cambio, un factor esencial para el progreso y el desarrollo.

Julio Anguita tenía razón.


Aunque discrepo de algunas ideas de Julio Anguita siempre he tenido una gran simpatía y admiración por su particular estilo de hacer política, muy cercano a las personas, siempre reflexivo y analítico.

Este fin de semana he estado releyendo algunos capítulos del libro que publicó en el año 2011 (“Combates de este tiempo”), una selección de artículos y discursos en los que nos invita a pensar sobre el pasado y presente de España.


Muchos de los problemas que hoy tenemos en la Unión Europea tienen su origen en cuestiones que quedaron sin resolver en el Tratado de Maastricht. Leyendo la posición de Anguita, durante los años 1992 y siguientes, me sorprende lo visionario de sus análisis.

Anguita no se opuso al proceso de la Unión Europea sino a esa concreta redacción del tratado. Propuso una renegociación que fue tildada de “antieuropea” que, en el contexto de la época, era la peor descalificación, casi un insulto. 

Una renegociación que superara el alarmante déficit democrático pues el tratado cedía demasiada soberanía a poderes no sometidos al control político (como, por ejemplo, el Banco Central Europeo), y una renegociación que contemplara una convergencia real. 

Ese tratado ponía el énfasis en criterios de convergencia muy del gusto de los ya famosos “mercados” como el tipo de interés, la inflación y, sobre todo, el déficit público; y no prestaba tanta atención a la protección social, a las desigualdades personales y territoriales, criterios esenciales para una verdadera convergencia.

Nunca mejor dicho: de aquellos polvos, estos lodos.

Julio Anguita defendió que, previamente a la ratificación de los acuerdos de Maastricht por las Cortes Generales, el pueblo español fuera consultado en referéndum. 

Argumentaba que lo más consecuente con una escrupulosa lógica democrática y constitucional era pedir parecer y opinión al pueblo español sobre una cesión tan importante de soberanía nacional.

Fue tan valiente como incomprendido. No se amedrentó ante un apoyo prácticamente unánime y defendió un debate público intenso y extenso.

Advirtió que no habría construcción europea sin una auténtica unión económica y ello exigía un presupuesto común, una hacienda que organizara la convergencia de las economías, y una política fiscal común. Y también advirtió, hace veinte años, que cuando el tipo de cambio fuera único e inamovible los ajustes económicos repercutirían casi exclusivamente en la pérdida de puestos de trabajo.

Es de justicia reconocer que Julio Anguita tenía razón.

jueves, 21 de marzo de 2013

Aprender de las contrariedades.


Sufrir, dicen, sólo gusta a los masoquistas, y la gran mayoría de las personas procuramos evitarlo.

Sin embargo, se lee y se oye que quienes tienen logros importantes en sus vidas han sufrido muchas dificultades. No necesariamente, pero si se conocen bastantes casos.

No propongo la elección del sufrimiento como vía para el éxito, eso sería una barbaridad. Lo que digo es que cuando lleguen las dificultades, las contrariedades, las aprovechemos para adquirir virtudes que se aprenden mejor en estas circunstancias que en libros o en aulas.


Afortunadamente, la vida nos demuestra que las dificultades son pasajeras. Después del día viene la noche, después de la tempestad viene la calma. 

Aprovechemos las contrariedades para robustecer nuestro carácter, para mejorar en vez de, tremenda tentación, para abatirnos, resentirnos o derrumbarnos.